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Full text of "Pedro Figari Arte Estetica Ideal. Tomo 1"

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ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



Ministerio de Instrucción Pública y Previsión Social 



BIBLIOTECA ARTIGAS 

Art 14 de la Ley de 10 de agosto de 1950 



COMISION EDITORA 

Dr. Eduardo A. Pons Etcheverry 
Ministro de Instrucción Pública 

Juan E Pivel Devoto 
Director del Museo Histórico Nacional 

Dionisio Trillo Pays 
Director de la Biblioteca Nacional 

Juan C. Gómez Alzóla 
Director del Archivo General de la Nación 



Colección de Clásicos Uruguayos 
VoL 31 

Pedro Figari 
ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 
Tomo I 

Preparación del texto a cargo de 
Angel Rama 



PEDRO FIGARI 



ARTE, ESTÉTICA, 
IDEAL 

Prólogo de 
ARTURO ARDAO 



Tomo I 

Instituto Mr.'iional del Libro 

33 o asr~A? cT i o xsr 



MONTEVIDEO 
1960 



PRÓLOGO 



Por el título de esta obra, y, sobre todo, por la ce- 
lebridad que Figari alcanzo como pintor, se ha ten- 
dido a verla como un tratado o ensayo de estética. 
Esa misma celebridad de Figari artista ha llevado, 
por otra parte, a que la consideración de sus ideas 
estéticas, las raras veces en que se ha hecho, lo haya 
sido con expresa referencia a su creación pictórica. 
Sin perjuicio de la correlación que exista entre esta 
creación y las doctrinas de Figari, y por lo tanto de 
la legitimidad de tales enfoques, corresponde, sin 
embargo, un enjuiciamiento de su libro desde el 
ángulo estricto de la filosofía. La doble dificultad 
mental de separar al pintor del estético y al estético 
del filósofo, debe ser vencida de una buena vez para 
alcanzar la justa valoración del pensador que coexis- 
tió con el artista. 

La autonomía de lo filosófico puro en el libro de 
Figari, resulta en primer lugar, con respecto a su pin- 
tura, de la circunstancia histórica de que fue escrito 
y publicado, por una preocupación exclusivamente 
especulativa, años antes de que la obra artística fuera 
concebida y realizada; y en segundo lugar, con res- 
pecto a su estética, de la circunstancia doctrinaria de 



[V] 



PRÓLOGO 



que la reflexión sobre el arte y la belleza, no sólo no 
es allí lo único sino que tampoco es lo fundamental. 
Lo fundamental es la metafísica y la antropología 
filosófica; la estética — con ser tan importante — , 
como la ética, la gnoseología, la filosofía de la re- 
ligión, la filosofía social, manifiestas con profunda 
unidad a lo largo de sus páginas, es a partir de cier- 
tas esenciales intuiciones y concepciones de filosofía 
primera que cobran todo su sentido. 

El contenido del libro desborda así, con amplitud, 
al título. Esa desarmonía es resultado de la espon- 
taneidad y autenticidad filosóficas de Figari. Como 
él mismo lo ha explicado en el prefacio, fue condu- 
cido a pensarlo y escribirlo por el deseo de ver claro 
a propósito del arte, la estética y el ideal. Pero puesto 
a la tarea, la reflexión lo llevó mucho más lejos. 
La universalidad de su inquietud, más todavía que 
la necesidad de encontrar fundamentos sólidos para 
sus ideas estéticas, lo fue desplazando insensiblemente 
de un dominio a otro de la realidad, que, en buena 
ley, es tanto como decir de la filosofía. Al margen 
de la tradición académica, hacia los cincuenta años 
de edad, sintió de pronto la imperiosa exigencia 
vital de poner en paz su conciencia filosófica. Y fue 
así como en torno al centro de interés de aquellos 
tres conceptos iniciales, toda una filosofía vino a 
surgir y expresarse en lo que en verdad constituyó 
un acto único de pensamiento. Fue sobre la marcha, 
que lo que iba a ser un opúsculo se convirtió en un 
grueso volumen, y lo que iba a ser un ensayo de es- 
tética se transformó en un ensayo filosófico general. 
Comprendiendo el autor la insuficiencia del título, 
lo reemplazó en la segunda edición francesa por el 



[VI] 



PRÓLOGO 



de Essai de Philosophie Biologique. Expresaba mejor 
la generalidad a la vez que la orientación de la obra. 
Pero siguió siendo insuficiente. 

Mirado desde cierto punto de vista, el libro es, 
por encima de todo, un ensayo de lo que ha venido 
a constituir la moderna antropología filosófica. Su 
tema¡ esencial es el hombre» El propio Figari lo es- 
tablece en el prefacio cuando dice que en la primera 
parte — "El Arte" — estudia los arbitrios y formas 
de acción del hombre; en la segunda — "La Estéti- 
ca ' — sus formas de relacionamiento con la reali- 
dad; y en la tercera — ,4 E1 Ideal" — la individualidad 
humana en sí y como entidad capaz de mejorar sus 
formas de acción. El libro responde de ese modo, ca- 
balmente, a una de las mayores preocupaciones fi- 
losóficas de nuestro tiempo, aquella que apunta a 
la investigación y reflexión sobre el hombre y la 
cultura. 

En El Puesto del Hombre en el Cosmos, título 
que por más de un motivo pudo ser el de Figari, 
distingue Max Scheler los tres grandes círculos de 
ideas antropológicas que coexisten en el seno de la 
cultura occidental de hoy: el teológico, de ascenden- 
cia judeo-cristiana; el filosófico clásico, procedente 
del racionalismo griego; el naturalista, derivado 
de la ciencia moderna. Considerado el libro de Figari 
como una' obra de antropología filosófica, es al ter- 
cero de esos círculos de ideas que hay que referirlo. 
Su pertenencia a él tiene, aún, un sentido polémico 
frente a los otros dos, en especial al teológico. For- 
mado su autor en el positivismo spenceriano que 
dominó en la Universidad de Montevideo a fines del 
siglo XIX, permaneció fiel al radical naturalismo de 



[VII] 



PRÓLOGO 



dicha escuela. Trascendió, sin embargo, las fronteras 
del positivismo clásico, su cautela agnóstica, para in- 
ternarse en una especulación teórica que, sin dejar 
de ser naturalista, lo situó en plena metafísica. A 
esta metafísica hay que acudir para encontrar la ver- 
dadera definición de su personalidad filosófica, al 
mismo tiempo que el criterio básico de interpretación 
de su antropología, tanto como de su estética y demás 
aspectos parciales de su pensamiento. 

Los elementos metafísicos de la obra se hallan dis- 
persos. Es posible, no obstante, determinar una serie 
de capítulos y subcapítulos donde principalmente esos 
elementos aparecen, referidos a problemas capitales 
de la filosofía primera. Así, en la primera parte, el 
subcapítulo titulado ''El temor a la muerte", en la 
segunda, el titulado ''Realidad, ilusión'*; en la terce- 
ra, el titulado "La individualidad" (con sus distintos 
apartados: "Instinto", u Conciencia 41 Voluntad", 
"Opción"), y el capítulo final titulado "La Vida". 
Los problemas del ser, de la nada, de la substancia, 
de la materia, de la vida, del espíritu, de la inmor- 
talidad del alma, del mundo exterior, del espacio y 
el tiempo, de la ley natural, de la libertad, entre 
otros, desfilan traídos a la punta de la pluma con 
toda naturalidad por el desarrollo del discurso. 

Si hemos de atenernos a la terminología tradicio- 
nal, forzoso es vincular el pensamiento de Fjgari a 
la corriente materialista, de cuya modalidad cientí- 
fica de fines del siglo pasado y principios del actual 
fue un característico producto. Se movió nuestro 
autor en una de las dos grandes direcciones que se ma- 
nifestaron en el país, después del 900, al disolverse 
el positivismo de escuela, y que fueron, por un lado, 



[VIII] 



PRÓLOGO 



el empirismo idealista, presidido por los nombres de 
Bergson y James, y por otro, el materialismo cien- 
tífico, que derivaba de los Haeckel, Ostwald, Le 
Dantec. 1 La existencia de Dios y la inmortalidad 
del alma han sido las dos piezas clásicas del viejo 
espiritualismo. Respecto a ellas Figari no fue siquie- 
ra agnóstico. Negó derechamente a una y a otra. No 
admitió otra realidad que la de la naturaleza, y a 
ésta la redujo, conforme a la fórmula sacramental 
del materialismo de la época, a materia y energía. 
Pero, si en ese sentido fue materialista, lo fue a tra- 
vés de conceptos y puntos de vista que lo distinguen 
nítidamente de aquel estrecho materialismo de su 
tiempo que ha recibido la denominación de "cienti- 
ficismo". Cuando se ahonda en su pensamiento, sur- 
ge de modo espontáneo su relación con ciertas formas 
clásicas del esplritualismo Y sin embargo, no con 
lo que esas formas tuvieron, precisamente, de espiri- 
tualistas. Este no es, después de todo, más que uno 
de los tantos casos en que se muestra caduca, por 
simplista, la vieja antítesis de esplritualismo-materia- 
lismo. 

El propio Figati sintió esa insuficiencia al escribir: 
"Las dos escuelas filosóficas — la idealista y la ma- 
terialista — pretendiendo ser comprensivas de la rea- 
lidad integral, cuando la realidad es inabarcable", 
pretenderían que la humanidad se rindiera a sus de- 
mostraciones mas bien que a las evidencias que palpa 
en todo momento antes de que se presente una con- 
clusión positiva". 2 Pero muy a menudo hace la de- 



1 Véase nuestro La Filosofía en el Uruguay en el siglo 
XX, México, 1956, que incluye un capítulo dedicado a Figan. 

2 T. III, pág. 86. 



[IX] 



PRÓLOGO 



fensa del materialismo y de los materialistas, y es a 
éstos a quienes en última instancia hay que referirlo. 
Sólo que su materialismo — ya que es forzoso deno- 
minarlo así — inspirándose como se inspira en el 
conocimiento científico, está lejos de confundirse con 
el físico-químico y mecanicista que se difundió en 
su época. 

Contra este materialismo se alzó Figari con vigor. 
De sus diversos desarrollos en este terreno, destaca- 
remos dos aspectos* su concepción estructural del 
organismo biopsíquico, coronada por una excelente 
crítica del epifenomenismo, y su concepción, también 
estructural, dinamista y aún vitalista del mundo fí- 
sico» En otros términos, sus concepciones antimeca- 
nicistas de la vida y de la materia. 

En el primero de esos aspectos impugnó la hipó- 
tesis mecanicista del organismo, concebido como una 
simple suma de unidades celulares: "El culto a la 
hipótesis integral, que parece ser un sucedáneo del 
idealismo místico, en el afán de explicarlo todo de 
una vez, va echando mano de la histología, de la 
bioquímica, de la mecánica, para dar una conclusión 
total, sin advertir que todavía el misterio que se va 
penetrando poco a poco, está muy lejos de haberse 
disipado por completo, y que, en consecuencia, puede 
haber muchos otros elementos ignorados que, al con- 
cretarse, permitan dar una solución más acorde, por 
lo menos, con la evidencia. . . Sí no hay más que un 
agregado celular, no hay individualidad integral, 
sino más bien un conjunto de unidades, sin plan 
unitario . Estos elementos 'más simples' * a que se 
acude para explicar el "compuesto" tan complejo y 
armónico como es, dejan de lado las manifestaciones 



[X] 



PRÓLOGO 



más claras de la unidad individual: la conciencia 
entre otras. Si esas células se han reunido como se 
reúnen los granos de arena para formar las dunas, 
¿cómo explicarse esos fenómenos congruentes, acor- 
des, inteligentes y unitarios, si bien complejos y po- 
líformes, que revela toda individualidad?" 1 

La actividad de la conciencia constituyó para 
Figari la más poderosa razón en contra del mecani- 
cismo físico-químico en el orden de la vida. Y no 
sólo la actividad de la conciencia humana» "Dentro 
de la hipótesis mecanista — escribe — tampoco se 
encuentra el modo de conciliar los fenómenos de 
conciencia o de conocimiento, que se manifiestan en 
el hombre, por lo menos, con tantas evidencias. Esta 
teoría, en resumen, no hace mas que sustituir un 
misterio por otro misterio; un misterio más simple 
y más llano por otro más abstruso, más inextricable 
y abrumador. No hablemos del hombre, cuya con- 
ciencia (conocimiento) no podría ser puesta en duda 
sin caer de nuevo en el más radical y estéril de los 
escepticismos Entre los propios insectos hay detalles 
que no pueden ser lógicamente explicados sin acudir 
a lo prodigioso, a lo contranatural, acaso como su- 
cedáneo "científico" de lo sobrenatural". 2 

Sobre esta critica de la hipótesis mecanista monta 
la de "la hipótesis de la conciencia-epifenómeno, que 
concibió Maudsley y adoptó Huxley", y que, "por 
más que cuente con tantos y tan esclarecidos parti- 
darios, no ha podido, que sepamos, explicar la con- 
ciencia orgánica, unitaria, individual, que por todas 



1 T. III, pags 83-89 

2 T. III, pág 114 



[XI] 



PRÓLOGO 



panes se manifiesta, de una u otra manera, en los 
dominios biológicos". 1 Imposible seguir aquí, punto 
por punto, el enjuiciamiento que a continuación 
lleva a cabo del epifenomenismo, desde posiciones 
filosóficas bien ajenas a las neoespiritualistas que, 
Bergson al centro, concurrían contemporáneamente, 
con argumentaciones distintas, a la misma crítica. 

La oposición de Figari a la versión mecanicista del 
materialismo, dominante en su época, se manifiesta 
luego a propósito no ya de la vida sino de la materia. 
Después de haberse resistido a la explicación físico- 
química de la vida, se resistió a la explicación fisico- 
química de la propia materia inorgánica, o anórgana, 
como es de su preferencia decir. De la materia sus- 
tenta una concepción dinamista. Su dinamismo de la 
materia es aún un vitalismo. La fuerza íntima que da 
razón del dinamismo físico no es otra que la fuerza 
de la vida. Resulta entonces que no solo no se expli- 
ca la vida por lo físico-químico, smo que, a la inversa, 
es lo físico-químico lo que se explica por la vida. 

"Antes de aceptar — dice — la tesis del deterni- 
nismo químico-mecánico, optamos por admitir que 
en toda substancia existen, virtualmente, los mismos 
elementos que exhiben las formas vitales superiores 
más complejas, elementos que, al evolucionar, han 
llegado a acentuarse dentro de una identidad esen- 
cial, como arborescencias de ese principio matri2, y 
que sólo se trata, pues, de diversos grados de desarro- 
llo de una misma substancia. . . Buscar un elemento 
particular dentro de una realidad esencialmente idén- 
tica, que solo se modifica "formalmente", es buscar 



i T. III, pág. 120 



[XII] 



PRÓLOGO 



lo imposible, y es así que la investigación ha ido 
encontrando "formas" y "grados" de organización 
vital, sin poder concretar ninguna diferencia esencial 
entre el reino mineral, el vegetal y el animal, sino 
tan sólo grados y variedades de organización, y pecu- 
liaridades propias a cada grado y variedad de las 
formas de la substancia-energía, dentro de una iden- 
tidad fundamental". 1 

Hemos llegado con esto al monismo metafísico de 
Figari. Es el suyo un monismo o unicismo biológico, 
en el que la Vida constituye el principio que da 
forma a la materia y la energía; o, para emplear sus 
términos habituales, a la substancia y la energía; o 
todavía, diciéndolo con la expresión a que acudió a 
menudo para acentuar la nota monista, a la "subs- 
tancia-energía". He aquí un párrafo representativo: 
"La vida debe encararse, pues, como un fenómeno 
morfogenético de la substancia- energía integral, desde 
que "la vida" es todo lo que existe, por más que se 
acuse de un modo particular en las organizaciones 
complejas, y por más que pueda entenderse que vida 
es el mantenimiento de algunas individualidades es- 
tructurales únicamente" 2 

El monismo de Figari, sin embargo, evoca, antes 
que el tipo clásico de monismo materialista, ciertas 
formas, también clásicas, de monismo espiritualista. 
Ya Roustan, en el ensayo que sjrvió de prólogo a la 
segunda edición francesa de la obra, lo relacionaba 
con Spinoza, por lo que entendía ser el panteísmo de 
Figari. La particular concepción inmanentista de éste, 
lo lleva a llamarlo un "panteísta de temperamento", 



1 T III, págs. 100 3 206, 

2 T. III, pág 205. 



LXIII] 



PRÓLOGO 



pese a su reiterada profesión de ateísmo. Después de 
acotar algunos aspectos de la doctrina, escribía: 
"Todo esto no autoriza, sin duda, a sostener que ha 
elaborado un sistema panteísta, pero esto define una 
tendencia, testimonio de una preferencia instintiva y 
de una forma de sensibilidad que no pueden dejar de 
revelarse también de alguna manera, en la obra del 
artista". 1 Muchos años después de publicada su obra, 
en el extenso poema filosófico "Cosmos", tan notable 
como poco conocido, que figura en El Arquitecto , 
Figari confirmaba expresamente esa tendencia apun- 
tada por Roustan, al decir del cosmos que "es Dios". 2 

Por nuestra parte consideramos que, llevados a la 
metafísica del siglo XVII, más todavía que con el 
monismo de Spinoza, del que lo separan tan grandes 
diferencias, el pensamiento de Figari se emparenta 
con el monismo, también espiritualista, de Leibniz. 
Demás está anticipar que las diferencias serán aquí 
igualmente grandes. Pero hay un concepto central de 
Figari que lo aproxima más a Leibniz que lo que su 
panteísmo "temperamental" lo aproxima a Spinoza. 
Ese concepto es el de individualidad. Desempeña en 
su doctrina un papel por muchos motivos similar al 
que en la de Leibniz desempeña el de mónada Mer- 
ced a él, en efecto, su monismo, por la cualidad de 
la substancia, resulta ser, como el leibniziano, un 
pluralismo por la cantidad de las unidades de subs- 
tancia; un pluralismo regido también por un funda- 
mental, aunque tácito, principio de individuación. 

Claro que la particular forma de "monadología" 
que es la doctrina de Figari, carece de las notas teo- 
lógicas de la de Leibniz, en cuanto excluye tanto la 

1 Lus. cíe, pág XXIII 

2 Lug cit, p&g 20. 



[XIV] 



PRÓLOGO 



idea de un Dios personal, trascendente y creador, 
como la de un alma inmortal. Es, si así puede de- 
cirse, una monadología naturalista e ínmanentista, en 
la que cada mónada, o sea cada "individualidad", se 
forma y transforma incesantemente en el seno de la 
naturaleza por obra de la vida, Pero habida cuenta 
de esto, esas individualidades, como las mónadas de 
Leibniz, abarcan la realidad entera en una jerarquía 
determinada por el grado de su desarrollo, y se ma- 
nifiestan como principios activos que tienen en sí 
mismos la razón y la conciencia de sus cambios. Son 
dinámicas y al mismo tiempo conscientes, aunque en 
el mundo inorgánico, en el reino vegetal y en los 
tramos más bajos de la animalidad, esa conciencia se 
reduzca a sensaciones elementales y confusas, como 
las "pequeñas percepciones" que Leibniz atribuía a 
las mónadas inferiores. 
Todo es individualidad: 

"Desde luego, todo elemento, por más ínfimo y 
primario que se le juzgue, cuenta ya con una fracción 
de energía, puesto que la energía es inseparable de la 
substancia. Sería preciso poder determinar qué signi- 
fica esa energía en las minúsculas partículas de la 
substancia, es decir, qué propiedades tiene, además 
de las que han podido constatarse. Si bien ha lle- 
gado a creerse que ni el hombre tiene acción propia 
alguna en el concierto de energías integrales, nos 
parece- -más lógico pensar que todo corpúsculo exis- 
tente desempeña una acción proporcionada a su haz 
de energía, como que cada organismo actúa en rela- 
ción a su fuerza. Llámese átomo, en el supuesto rei- 
no inorgánico, o célula, metazoario, plastida o átomo 
creador en los dominios orgánicos, ese elemento ín- 
fimo hubo de actuar también con arreglo a su poder, 



[XV] 



PRÓLOGO 



a su caudal de energía, y, en ei desarrollo del proceso 
multisecular, cuyas extensiones escapan a nuestra 
imaginación, aun cuando nos parezca que no es así, 
cada cual siente los efectos de los esfuerzos de toda 
su propia ascendencia, en los que, de una u otra 
manera, no son por completo ajenos los de los demás, 
y en todo lo cual es siempre la realidad plena la que 
pudo determinarlos, tanto a los unos como a los 
otros. Llegaríamos así a la conclusión de que todo 
es individualidad"} 

La individualidad concreta la vida, de igual modo 
que Ja forma concreta la substancia: 

"Lo demás, fuera de la individualidad, es un 
no-valor, no es, mejor dicho aún, si no se prefiere 
decir que es la muerte, o sea, una pura abstracción psí- 
quica, sin objetividad alguna. Toda vez que se ha 
querido definir ese elemento que llamamos "la vida", 
se ha encontrado la individualidad que vive, y fuera 
de esta individualidad biológica, no se encuentra más 
que una identidad fundamental en toda la substancia. 
Es de este modo que, cuando se indaga acerca de la 
vida, como entidad substantiva, giramos en un círculo 
vicioso, puesto que intentamos descubrir en la subs- 
tancia un elemento que está implícito en la substan- 
cia misma, y que soló ofrece diferenciaciones, como 
puras modalidades morfogeneticas". 2 

La individualidad supone siempre la conciencia: 

"Desde la mónera y la plastida hasta las asocia- 
ciones pluricelulares, desde las formas simples de or- 
ganización vital hasta el hombre, que se supone el 
organismo más perfecto y más inteligente, se trataría 
así tan sólo de modalidades y aspectos morfológicos 

1 T III, págs 144-145 

2 T III, págs. 205-206. 



[XVI] 



PRÓLOGO 



de la individualidad dentro de una identidad subs- 
tancial que sólo pudo diversificarse merced a su ins- 
tinto, o sea a la causa, a la razón de ser de la indi- 
vidualidad, y a su poder de actuar en la línea del 
instinto (voluntad), lo cual presupone conciencia, ne- 
cesariamente. Quizá la propia afinidad que se observa 
en la substancia más anórgana, implique un principio 
instintivo". Si se considera a la conciencia y al 
conocimiento "en sus aspectos iniciales, como una 
sensación solamente, y muy rudimental, no ha de 
asombrarnos el que pueda un día constatarse que toda 
la substancia posee, en algún grado, por mínimo que 
fuere, conciencia de sí misma". 1 

La aparición y desaparición de esas individuali- 
dades, no se produce por creación y aniquilación, 
como en el caso de las mónadas de Leibniz, sino por 
transformaciones de una substancia siempre la misma 
en su cantidad y en su naturaleza, en la que nada se 
crea ni nada se destruye, aunque esté siempre cam- 
biando en sus modalidades morfológicas. Tampoco 
esas individualidades son indivisibles, como las mó- 
nadas: "Se habrá visto que nosotros consideramos la 
individualidad, no del punto de vista de la indivisi- 
bilidad, sino más bien del punto de vista de la do- 
minante de su estructura, o de la forma de la orga- 
nización, o de la congruencia de la acción, y siempre 
dentro de un concepto de completa relatividad, 
puesto que no hay en la substancia nada indivisible, 
fuera de lo que suponemos así por una simple abstrac- 
ción. . Desde la realidad integral hasta el átomo, 
todo revela individualidad, a la vez que unitaria, di- 
visible, por más que, mediante un mero convencio- 
nalismo, se pretenda considerar al átomo como 

1 T. III, 100, 134 



[XVII] 



PRÓLOGO 



absolutamente indivisible' 1 . 1 En fin, no hay tam- 
poco entre esas individualidades una armonía pre- 
establecida como en la doctrina leibnhiana: del 
conjunto de las actividades individuales, infinitas e 
infinitamente variadas, surgen el orden y el desorden 
que se advierten por todas partes, debiéndose "des- 
cartar toda suposición de que algo se halle preesta- 
blecido ni previsto". 2 

Sobre esos conceptos básicos se desenvuelven los 
restantes elementos de la metafísica de Figari Por 
vía de ejemplo, y apelando a una división tradicio- 
nal de la metafísica: en el orden de la cosmología 
racional, la negación de la objetividad del tiempo y 
el espacio, del infinito, del absoluto, del no ser y 
de la nada, con la afirmación de la realidad o el ser 
como un permanente presente de la substancia- 
energía en trasmutación perpetua de formas vitales; 
en el orden de la psicología racional, la negación 
del determinismo de los actos humanos a la vez 
que del libre albedrío clásico y de la inmortalidad 
del alma, con la afirmación de la libertad de la vo- 
luntad en el sentido de "opción": libertad restringida 
de "elegir* en el uso de la propia energía, hasta la 
definitiva disolución personal traída por la muerte; 
en el orden de la teología racional, negación de la 
existencia de Dios y de lo sobrenatural, con la afir- 
mación de la naturaleza como única y suprema reali- 
dad. Queden aquí esos elementos simplemente apun- 
tados, como insinuación apenas de temas al mismo 
tiempo que de soluciones o tendencias. 

La antropología filosófica de Figari se halla con- 
dicionada de cerca por su metafísica, aunque meto- 

1 T III, págs. 207-208. 

2 T III, pág. 157. 



[ XVIII ] 



PRÓLOGO 



dológicamente no parta de ésta para llegar a aquélla, 
sino a la inversa» El autor lo adelanta en el prefacio: 
"Desde el punto en que me he colocado para enca- 
rrilar este intento investigatorio, considero al hom- 
bre como una de las infinitas modalidades de la 
substancia y de la energía integrales, esto es, como 
individualidad orgánica, como un valor u morf o ló- 
gico'* simplemente". Su concepción de las relaciones 
del hombre con el cosmos, prefigura, por otro lado, 
su concepción de las relaciones del hombre con el 
valor y la cultura. 

Uno de los tres conceptos cuyo esclarecimiento y 
confrontación se propuso Figari, y que dan título al 
libro, fue el de ideal. Imcialmente lo que le interesa 
es el ideal considerado desde el ángulo del arte y 
la belleza. Destruir la que entiende falsa equivalen- 
cia entre el arte, la belleza y el ideal, se convierte 
en uno de sus objetivos principales. Pero, en defini- 
tiva, es una teoría del ideal en general la que viene 
a sustentar. El problema filosófico del ideal consti- 
tuye un tema favorito del pensamiento uruguayo del 
siglo XX, al punto de que aparece como una de sus 
notas más características, merecedora por sí misma 
de un estudio. Aparece tratado o aludido, con uno u 
otro criterio, por autores como Rodó, Vaz Ferreira, 
Massera, Reyles, Figari, Frugoni, Gil Salguero. En 
cuanto a Figan, es quien le dedica el análisis más sis- 
temático, para explicarlo conforme a sus convicciones 
naturalistas, biologistas y evolucionistas de la reali- 
dad cósmica y de la vida humana. 

Una axiología empirista y relativista se desprende 
por fuerza de ese análisis. Figari no aborda, desde 
luego, el problema del valor en los términos en que 
lo iba a poner en boga la filosofía siguiente. Pero el 



[XIX] 

7 



PRÓLOGO 



problema del valor estaba implícito en el del ideal, 
desde que el ideal no expresa otra cosa, al fin de 
cuentas, que el valor mismo ejercitándose sobre la 
conciencia y la voluntad del hombre. 

El punto de partida lo constituye la condición del 
ser humano como "individualidad orgánica", que 
lucha incesantemente en el seno de la naturaleza, no 
sólo para sobrevivir sino también para mejorar su 
existencia vital. En esa lucha, nada hay de "finali- 
dad" a perseguir o de 'misión" a cumplir, determi- 
nadas o impuestas por razones exteriores al hombre 
mismo. Todo teleologismo queda excluido. "El hom- 
bre vive, y, al vivir, se siente compeüdo instintiva- 
mente a procurar su mejoramiento". Pues bien: 
"Este segundo término, esta incitación orgánica que 
nos hace anhelar más y más, incesantemente; este 
acicate que nos inquieta y nos espolea; esta aspira- 
ción insaciable a mejorar, es el ideal". 1 

El ideal, entonces, no es establecido o preestable- 
cido por un orden independiente de la experiencia, 
desde donde haga sentir su imperio con valor abso- 
luto sobre el espíritu humano. El ideal lo crea el 
hombre a impulso del anhelo orgánico que lo agui- 
jonea constantemente, y cambia tanto como cambian 
las solicitaciones de ese mismo impulso, a la vez que 
el propio hombre y sus medios y arbitrios de acción: 

"¿Qué es el ideal, pues? Es la aspiración a me- 
jorar, determinada por el instinto orgánico en su 
empeño de adaptarse al ambiente natural. En ese es- 
fuerzo de adaptación que se manifiesta de tan distin- 
tas maneras, el propósito es uniformemente el mismo: 
mejorar. Todos por igual tratan de conservarse, de 
perdurar, de prevalecer, de triunfar; los mismos que 

i T. III, pág. 9 



[XXj 



PRÓLOGO 



se aplican disciplinas, aquellos que se mutilan, o de 
cualquier otro modo se sacrifican, todos quieren me- 
jorar su condición orgánica, puesto que están regidos 
por la ley de su propia estructura. Para quienquiera 
que sea, y en cualquier orden de asuntos, hay una 
meta de oportunidad más o menos instable. Lo 
único que tiene persistencia, lo único que se man 
úene invariable, es la relación del hombre con el 
ideal, lo demás evoluciona; el hombre, el ideal, así 
como los procedimientos y recursos de que se vale 
aquél para conseguir su mejoramiento. Lo que per- 
manece constante, pues, es la ley que incita a reali- 
zar esa obra". 1 

Esos "procedimientos y recursos" de que se vale el 
hombre "para conseguir su mejoramiento", es lo que 
constituye, precisamente, el arte. Con esto hemos lle- 
gado a los dominios del arte y la belleza, o sea, a 
lo que con cierto convencionalismo puede llamarse 
la estética de Figari, aquel sector de su pensamiento 
a través del cual habitualmente se le considera. 

Los sucesivos prologuistas de las dos ediciones 
francesas de la obra de Figari, Henri Delacroix y 
Desiré Roustan, han coincidido en destacar su con- 
cepción del arte. Roustan, por su parte, ha señalado 
lo que esa concepción tiene de complemento o aporte 
a la teoría biológica de la ciencia y el conocimiento: 
"Me parece que la contribución personal de Figari a 
la teoría biológica del conocimiento, es su esfuerzo 
por ampliarla a punto de transformarla en una teo- 
ría biológica del arte tanto como de la ciencia". 2 

Se impone puntualizar en primer término que una 
de las mayores preocupaciones de Figari es llevar a 

1 T. III, pá tí 15 

2 Lug cu, pág XIV. 



[XXI] 



PRÓLOGO 



cabo un riguroso deslinde entre los respectivos do- 
minios del arte y de la estética. Su concepto del arte 
es muy amplio. No sólo porque no lo reduce al arte 
bella, o a las bellas artes, estableciendo, por el con- 
trario, la identidad de éstas con las que habitualmen- 
te se llaman artes útiles, sino aún porque, concibién- 
dolo como "un medio universal de acción", incluye 
en él a la propia ciencia. Su concepto de la estética 
es también muy amplio, en razón de la amplitud 
con que entiende el goce estético, ligado no sólo a 
determinadas formas de contemplación, sino también 
al ejercicio de las más diversas actividades. Pero, am- 
plios como son el arte y la estética, no se superpo- 
nen ni se confunden: 

"El arte y la estética, si pudieran considerarse como 
entidades, son dos entidades independientes, aun 
cuando en algún caso mantengan una relación de 
medio a finalidad. El arte subsiste sin la modalidad 
estética, de igual modo que ésta subsiste sin el arte; 
y puede decirse aún que la mayor actividad artística 
se manifiesta fuera del campo estético — el emocio- 
nal sobre todo — , como ocurre principalmente con 
las artes industriales y la investigación científica. 
Cuando el salvaje prepara su flecha y cuando el bac- 
teriólogo investiga, se valen igualmente del arte, y 
ni una ni otra cosa las hacen, por lo general, para 
servir una modalidad estética — si bien ésta puede 
florecer por igual en ambos casos — , sino en vista 
de la satisfacción de una necesidad vital, o de un in- 
terés. Del mismo modo, el que se deleita estética- 
mente contemplando un paisaje dentro de una auro- 
ra o de un ocaso, no invade por eso el dominio 
artístico. Sólo podría decirse que al ordenar subjeti- 
vamente sus ideas y evocaciones, lo hace con arte, es 



i XXII ] 



PRÓLOGO 



decir con ingenio, con inteligencia. De ese punto de 
vista, llegaríamos a establecer que el hombre no pue- 
de dejar de valerse de sus tecursos artísticos, para 
todo, como no puede dejar de valerse de sus sentidos 
y facultades; pero, tomando como arte tan sólo la 
exteriorizaáón de tales recursos, en su faz objetiva, 
que es la evaluable y la que nos interesa, resulta que 
pueden percibirse destacados ambos dominios, el del 
arte y el de la estética, claramente definidos". 1 

Veamos en primer lugar su concepto del arte. 

Arte es para Figari todo arbitrio o recurso de la 
inteligencia aplicado a mejor relacionar el organis- 
mo con el mundo exterior, a fin de satisfacer tanto 
sus necesidades como sus aspiraciones. La distinción 
entre necesidades y aspiraciones es, por otra parte, 
para él, convencional; no hay una línea demarcato- 
ria entre unas y otras; a medida que la especie evo- 
luciona las aspiraciones están incesantemente con- 
virtiéndose en necesidades. El arte, pues, es siempre 
útil aun las llamadas bellas artes, por cuanto ellas 
también son instrumentales, o sea, medios de acción 
para satisfacer necesidades o subnecesidades. Pero no 
toda acción útil es arte. Las hay simplemente orgá- 
nicas. Para que haya arte es fundamental la inter- 
vención del arbitrio o recurso deliberado e inteligen- 
te en la satisfacción de una necesidad. Así considerado, 
el arte se manifiesta ya, no sólo en las formas más 
primitivas de la humanidad, sino aun en muchas 
actividades de los animales inferiores, en los que 
también un rudimento de inteligencia es puesto en 
acción al servicio del organismo. 

Después de subrayar la universalidad del arte así 
concebido, dice Figari: l Xo único que parece ya con- 

i T II, págs 178-179. 



[XXIII] 



PRÓLOGO 



sagrado, es que todo lo que se refiere a la ciencia 
está fuera del campo artístico, y si lográramos de- 
mostrar que no es así, quedaría comprobado lo que 
hemos dicho antes, o sea que el arte es un medio 
universal de acción y que se ofrece como un mismo 
recurso esencial, en todas las formas deliberadas de 
la misma". 1 Esta afirmación de la identidad entre 
el arte y la ciencia constituye uno de los aspectos más 
originales de su pensamiento. Se comparta o no su 
punto de vista, justo es reconocer la osadía filosófica 
con, que atacó el asunto, así como el vigor y la clari- 
dad de los conceptos que aventuró en este campo. 

La identidad, para él, existe entre el arte como 
actividad productora o creadora, y la investigación 
científica en cuanto actividad dirigida a la obtención 
del conocimiento. En ambos casos hay acción, o me- 
dios o recursos de acción para la satisfacción de ne- 
cesidades La llamada obra artística, luego de logra- 
da, es un fruto o producto del arte; la ciencia 
establecida, a su vez, es también un fruto o producto 
del arte: en ambos casos se está ante el resultado 
de un recurso artístico puesto en acción. Después de 
aludir a la concepción corriente que separa como 
antagónicos al arte y la ciencia, dice: 

'Todo esto es un verdadero desconocimiento de 
la realidad. No hay ni puede haber rivalidad entre 
los diversos medios de que nos valemos para atender 
a nuestras necesidades y aspiraciones, como no puede 
haberla entre la vista, v. gr., y el oído. La investiga- 
ción científica, como la actividad artística, se enca- 
minan igualmente a servir al hombre y a la especie. 
Debemos creer que el hombre es el ser que aplica 
mayor caudal de energías en el sentido de conocer, 

i T. I, pág. 27. 



[XXIV] 



PRÓLOGO 



mas no hay por eso rasón alguna para pensar que 
el esfuerzo de su ingenio aplicado a ese propósito 
superior, no sea artístico, es decir, inteligente. Al 
contrario. El mismo hecho de que el hombre cuenta 
entre sus formas ordinarias de acción la superior del 
conocimiento para determinar las orientaciones más 
positivas de su esfuerzo artístico, lejos de excluir la 
investigación científica de entre las formas artísticas 
de su acción, la incluye, como la mas típica de su 
arte. ¿Acaso no tiende, como las demás, a satisfacer 
sus necesidades r ' 1 

La investigación científica es un recurso artístico 
y la verdad científica es arte evolucionado. En el 
habitual dualismo, y hasta antagonismo, de arte y 
ciencia "lejos de tratarse, pues, de entidades indepen- 
dientes, no ya rivales, se trata de un mismo recurso 
esencial", 2 El concepto de ciencia queda así subsu- 
mido en el concepto de arte. Fijado éste, vayamos 
ahora al concepto de estética. 

El criterio biologista lo guiará también aquí. En 
un capítulo dedicado a una demoledora crítica de las 
teorías tradicionales sobre el arte, la belleza y la es- 
tética, dice: "En los dominios de la biología podría 
encontrarse tal vez la clave del fenómeno estético, 
más bien que en las teorías de apriorismo metafísico 
y sentimental, que han resultado tan infecundas". 3 
Y expresa más adelante: "En los mismos confines 
de la satisfacción de la necesidad o del apetito ani- 
mal, debe buscarse la génesis del fenómeno esté- 
tico". 4 Éste aparece en sus formas incipientes allí 

i T i, pág Sl 29-30 

3 T. I, pág 35- 

3 T. II, pág. U 

4 T II, pág 82. 



[XXV] 



PRÓLOGO 



donde la necesidad o el instinto animal premiosos 
se hallan satisfechos, y aparece como una especial 
modalidad de relaaonamíento de la conciencia con 
el mundo extenor o consigo misma. 

Reduce Figari las múltiples formas de relaciona- 
miento psico-físico y psico-psíquico, a dos fundamen- 
tales: la "idealización" y la "ideación". La primera 
es emocional e imaginativa; la segunda es racional 
y positiva. Establece luego que cuando las idealiza- 
ciones e ideaciones se llevan a cabo u en el sentido 
de nuestras tendencias y predilecciones más espontá- 
neas, determinan el esteticismo, la emoción estética 
y la belleza". 1 Esteticismo emocional en el caso de 
la idealización, esteticismo racional en el caso de la 
ideación. "Por ambas vías puede producirse el fenó- 
meno estético, ya sea dentro de esas dos modalidades 
cerebrales definidas, o 'bien en su confluencia". 2 
Y hay tantas variedades estéticas cuantas son las 
formas de idear e idealizar. Fue con relación al este- 
ticismo emocional qtie realizó Figari los magníficos 
análisis de la emoción estética, especialmente elogia- 
dos* en sus respectivos prólogos, por Delacroix y 
Roustan. 

De lo que queda dicho surge el concepto que de 
la belleza sustenta Figari y la distinción que de ella 
hace en belleza emocional y belleza racional, en un 
sentido muy diferente al que suele dársele a estas 
expresiones. Semejante distinción se halla íntima- 
mente relacionada con la anterior identidad entre el 
arte y la ciencia. Así como la ciencia es arte, hay un 
esteticismo y una belleza que le corresponden: el 
esteticismo y la belleza racionales. Véase: 

1 T. II, pág 76 

2 T II, pág 80. 



[XXVI] 



PRÓLOGO 



'Xa belleza es el grado máximo del fenómeno 
estético, tanto en el orden emocional como en el 
racional. Es preciso, pues, considerarla como una 
forma de relacionamiento psico-físico o psico-psíqui- 
co, que, como tal, requiere indispensablemente nues- 
tro concurso subjetivo, ya sea por medio de idealiza- 
ciones o de ideaciones, o por uno y otro medio a la 
vez, 

"El concepto de la belleza lo podemos obtener, 
pues, por cualquiera de estos medios. Para integrarlo 
se requieren así dos elementos relacionados de cierta 
manera: uno objetivo y otro subjetivo, y según sea 
este último de índole idealizadora o ideadora, o ya 
que prevalezca una u otra de estas dos formas inte- 
lectivas, surgirá la belleza emocional o la racional. 
El elemento objetivo, a su vez, puede ser físico o 
psíquico, como ocurre en el campo de la belleza 
ideológica, en las formas científicas, en el recuerdo, 
etc., en que objetivamos el primer extremo de rela- 
cionamiento. la abstracción, el concepto, la imagen. 

"La opinión unánime de los pensadores excluye 
las formas racionales del campo estético. Según su 
consenso, se acuerda una privativa cerrada en favor 
de las formas emocionales. Esto evidencia, más que 
otra cosa cualquiera, la babélica confusión que reina 
en todo lo que atañe a la belleza, y explica las in- 
terminables controversias que se disputan el campo 
con cualquier motivo de orden estético. Con una 
gratuidad indescriptible siempre se ha entendido que 
son bellos el poema, el cuadro, la estatua, ciertas 
cosas y aspectos de la naturaleza; pero que no son 
de igual modo estéticos el invento, el descubrimien- 
to, la obra científica y el propio gesto audaz de los 



[XXVII] 



PRÓLOGO 



que llegan ai sacrificio de sí mismos para operar una 
conquista provechosa". 1 

Se puede ver bien ahora la relación que Figari es- 
tablece entre el arte y la estética. El arte» medio de 
acción al servicio del organismo, ha sido una ma- 
nifestación primaria, anterior al fenómeno estético. 
"El esteticismo, el propio esteticismo emocional, sólo 
ha podido prosperar a medida que el hombre se ha 
ido emancipando de los apremios de la necesidad, 
pero el atte ha acompañado al hombre en todas las 
vicisitudes de su evolución y en todas sus formas de 
actividad''. 2 La relación entre el arte y la estética 
es, entonces, la de un medio general a un fin parti- 
cular. 

Con lo fundamental de todas estas ideas sobre las 
relaciones entre el arte, la ciencia, la estética y la 
belleza, tienen una asombrosa coincidencia las que 
sobre los mismos asuntos — aunque mucho más bre- 
vemente — expuso John Dewey en su obra La Ex- 
periencia y la Naturaleza, cuya primera edición in- 
glesa es de 1925. Si el libro de Figari, aparecido en 
1912, lo hubiera sido en ingles, nadie hubiera vaci- 
lado en afirmar que Dewey escribió bajo su influen- 
cia. Tan notable resulta la similitud de la orientación 
general y de las tesis particulares. La falta de funda- 
mento de una distinción esencial, entre las bellas 
artes y las artes útiles, y entre el arte y la ciencia, así 
como también lo infundado del exclusivismo estéti- 
co de las llamadas bellas artes, es precisamente el 
tema del capítulo IX de la citada obra de Dewey, 
titulado "La experiencia, la naturaleza y el arte". 

El propio Dewey, en su prefacio, presenta a dicho 

1 T II, págs 131-132 

2 T. II, pág 180. 



[XXVIII] 



PRÓLOGO 



capítulo con palabras que podrían servir cabalmen- 
te para presentar las dos primeras partes del libro 
de Figan: 

"La más alta incorporación, por ser la más com- 
pleta, de las fuerzas y operaciones naturales en la 
experiencia, se encuentra en el arte (capítulo IX). 
El arte es un proceso de producción en que se re- 
forman los materiales naturales con vistas a consu- 
mar una satisfacción mediante la regulación de las 
series de acontecimientos que ocurren en forma me- 
nos regular a más bajos niveles de la naturaleza. El 
arte es "bello'* en el grado en que resultan dominan- 
tes y ostensiblemente gozados los fines, los últimos 
términos de los procesos naturales Todo arte es ins- 
trumental en el uso que hace de técnicas y útiles. Se 
muestra cómo la experiencia artística normal impli- 
ca el dar un equilibrio mejor que el que se encuentra 
en cualquier otra parte, sea de la naturaleza o de la 
experiencia, a las fases de consumación e instrumen- 
tal de los acontecimientos. El arte representa, así, el 
acontecimiento culminante de la naturaleza, no me- 
nos que el climax de la experiencia. Dentro de este 
orden de ideas se hace la crítica de la tajante sepa- 
ración que se establece usualmente entre el arte y la 
ciencia, se arguye que la ciencia como método es 
más básica que la ciencia como tema, y que la in- 
vestigación científica es un arte a la vez instrumen- 
tal por el dominio que da y final en cuanto es un 
puro goce del espíritu". 1 

1 John Dewey, La Expenéncta y la Naturaleza, (traduc- 
ción española de José Gaos, México, 1948 ) , Prefacio, pág, 
XVII. Estas mismas ideas estarán más tarde presentes en el 
libro de Dewey El Arte como Experiencia, cuya primera edi- 
ción inglesa es de 1934, (traducción española de Samuel 
Ramos, Mtxico, 1949 í. 

[XXIX] 



PRÓLOGO 



El mismo disgusto por la situación conceptual rei- 
nante en la materia, se halla en el punto de partida 
espiritual de uno y otro autor. Figan: . .en lo que 
atañe al arte se ha reproducido la vieja historia de 
Babel. Nadie se entiende . . . Hay una vaguedad 
desesperante en todo lo que se refiere a arte y estéti- 
ca. . . la obscuridad y la confusión que reinan en 
todo lo que atañe al arte y la belleza. . 1 Dewey: 
''Hoy en día tenemos una mescolanza de conceptos 
que no son coherentes ni unos con otros, ni con el 
tenor de nuestra vida real . . La confusión conside- 
rada como un caos por algunos, que reina al pre- 
sente en las bellas artes y la crítica estética . . 2 
Confróntese ahora con lo que se ha visto de Fi- 
gari, los siguientes pasajes de Dewey. 

"Establecer una diferencia de género entre las artes 
útiles y las bellas es, por tanto, absurdo, puesto que 
el arte entraña una peculiar compenetración de me- 
dios y fines ... El pensamiento es eminentemente 
un arte; el conocimiento y las proposiciones que son 
los productos del pensamiento, son obras de arte, no 
menos que la escultura y las sinfonías . . . Del mé- 
todo científico o del arte de construir percepciones 
verdaderas se afirma en el curso de la experiencia 
que ocupa una posición privilegiada en el ejercicio 
de otras artes Pero esta posición única no hace sino 
darle con tanto mayor seguridad el puesto de un arte; 
no hace de su producto, el conocimiento, algo aparte 
de las otras obras de arte . . . Cuando se haya desarro- 
llado 1 un arte de pensar tan adecuado a los proble- 
mas humanos y sociales como el que se usa para es- 
diar las lejanas estrellas, no será necesario argüir que 

1 T I, pág 27 T II, págs. 25, 28 

2 Págs. 291, 316, Dewey 



[XXX] 



PRÓLOGO 



la ciencia es una de las artes y una más entre las 
obras de arte. Será bastante señalar situaciones obser- 
vables. La separación de la ciencia respecto del arte 
y la división de las artes en las que se ocupan con 
simples medios y las que se ocupan con fines en sí, 
es una máscara de la falta de coincidencia entre el 
poder y los bienes de la vida". 1 

Eso en cuanto a ios conceptos de arte y de ciencia. 
Pero la misma "analogía se manifiesta a propósito de 
los conceptos de belleza y de estética. Puede verse, 
a vía de ejemplo: 

Figari: "Con una gratuidad indescriptible siempre 
se ha entendido que son bellos el poema, el cuadro, 
la estatua, ciertas cosas y aspectos de la naturaleza; 
pero que no son de igual modo estéticos el invento, 
el descubrimiento, la obra científica../'" Dewey: 
"Cuando los creadores de tales obras de arte {del 
llamado arte bello}, tienen éxito, tienen también tí- 
tulos para merecer la gratitud que sentimos hacia los 
inventores de microscopios y micrófonos; a la postre, 
franquean nuevos objetos que observar y gozar. Este 
es un, verdadero servicio; pero sólo una edad de con- 
fusión y vanidad a la vez, se arrogará el derecho de 
dar a las obras que acarrean esta especial utilidad 
el nombre exclusivo de arte bello 1 '. 3 Figari: M ... has- 
ta los filósofos más eminentes han sentido ios efectos 
sugestivos del prestigio tradicional en lo que atañe 
a estos asuntos, según lo revelan sus propias disqui- 
siciones magistrales, en las que se sustenta el anti- 
guo dictamen sobre el arte y la belleza, como mani- 
festaciones sublimes, cuando no milagrosas, semi 

1 Págs 307, 308, 309, 312, Dewey. 

2 T. II, pkg. 132. 

3 Fáfis 319, 320, Dewey. 



[XXXI] 



PRÓLOGO 



divinas". 1 Dewey: ' Pues estos críticos, proclamando 
que las cualidades estéticas de las obras de arte be- 
llo son únicas, afirmando su separación no sólo de 
toda cosa que sea existencial en la naturaleza, sino 
asimismo de rodas las demás formas del bien, pro- 
clamando que artes tales como la música, la poesía 
y la pintura tienen caracteres que no comparten con 
ninguna cosa natural, sea la que sea, afirmando estas 
cosas, llevan estos críticos a su conclusión el aisla- 
miento del arte bello respecto del útil, de lo final 
respecto de lo eficiente, y prueban así que la sepa- 
ración de la consumación respecto de lo instrumental 
hace del arte algo completamente esotérico" 2 

La medida de la originalidad y significación de las 
ideas de Figari, en relación con el pensamiento uni- 
versal, la dan los términos en que el propio Dewey 
calificaba a las suyas. Por esos términos puede apre- 
ciarse la sensación que él mismo tenía de su carácter 
revolucionario en el campo de la filosofía: "Mientras 
persista tal estado de cosas, será en gran medida 
profétuca, o más o menos dialéctica, la tesis de este 
capítulo, de que la ciencia es arte, como otras mu- 
chas proposiciones de este libro. , .< Cuando alboree 
esta visión, será un lugar común el que el arte — Ja 
forma de actividad grávida de significaciones sus- 
ceptibles de que se las posea y goce directamente — 
es la acabada culminación de la naturaleza y que la 
"ciencia" es en rigor una sirviente que lleva los 
acontecimientos naturales a su feliz término. Así 
desaparecerían las separaciones que conturban al 
pensamiento actual; la división de todas las cosas en 
naturaleza y experiencia, dq la experieiaría en práo 

1 Prefacio, t. I, píg 7* 

2 Pjgs. 316, 31?, Dewey. 



[XXXII] 



PRÓLOGO 



tica y teoría, arte y ciencia, del arte en útil y bello, 
anciiar y libre". 1 

Con un tratamiento mucho más amplio y sistemá- 
tico, y por momentos más profundo, el pensador 
montevideano, en una verdadera hazaña filosófica no 
reconocida hasta ahora, había definido la misma con- 
cepción trece años antes. 

Que Figari y Dewey llegaran por separado, uno 
en el sur y otro en el norte de América, a las mismas 
radicalmente innovadoras doctrinas en esta materia, 
se explica en buena parte por la identidad de las 
bases filosóficas de que ambos partían. Es, por lo 
demás, un caso no insólito en la historia de la filo- 
sofía. A[ presentar su traducción de La Experiencia 
y la Naturaleza, dice Gaos "Ser hasta hoy la expre- 
sión más cabal quizá de una de las cardinales solu- 
ciones posibles {al problema de la unidad o dualidad 
de lo natural y lo humano], es el mérito mayor de 
Dewey, aquel por el que no parece ya incierta pre- 
visión, m previsión siquiera, la que ve en él un 
clásico de la filosofía \ Lo recomienda, por eso, a la 
atención de "los cultivadores de la filosofía en los 
países hispanoamericanos, partidarios en general del 
dualismo de lo natural y lo humano". 2 Resulta grato 
recomendar a la misma atención a un pensador como 
Figati, sostenedor ai igual que De^ey de la solución 
monista a dicho problema, con tanta dignidad, en el 
seno de la propia tradición filosófica latinoamericana 
En ella ha de quedar también como un clásico. 

Lejos estamos de haber agotado el análisis del 
libro de Figan. En las mismas materias abordadas 
hemos tenido por fuerza que permanecer en el plano 

- Lu¿; cit , p¿i; XX KV 



r xxxiii i 



PRÓLOGO 



de las directivas generales, de las ideas dominantes. 
Pero restan todavía sin considerar, aspectos tan im- 
portantes como su doctrina biologista y relativista del 
conocimiento y de la ciencia, su filosofía religiosa, 
centrada en la critica de las religiones positivas y en 
especial del cristianismo, su filosofía moral, fundada 
en el egoísmo psico-biologico instintivo, con la que 
se concilla una filosofía social solidarista para la cual 
* no es una utopia tendei a diluir los beneficios so- 
ciales, como lo hace U evolución, a pesar de las pro- 
testas reaccionarias y conservadoras''. 1 

Tomadas en conjunto, tienen las ideas de Figan 
una poderosa trabazón íntima, que hace de la tota- 
lidad una sola y bien estructurada doctrina. Su pro- 
fundidad y originalidad son frecuentes; su fuerte sa- 
bor de fruto de una experiencia humana lúcidamente 
vivida, es constante. Lo que hay en ella de enveje- 
cido pertenece más a lo formal de su léxico de época, 
que a lo sustancial del pensamiento mismo. Un pen- 
samiento viril, osado, estimulante, sin contemplacio- 
nes ni flaquezas en la interpretación de la realidad 
tal como es paia mejorarla tül como debe ser 

Arturo Ardao 



1 T III, pksr flü 

[ XXXIV 1 



CRITERIO DE LA EDICIÓN 



Arte, estítica ideal Ensayo filosófica encarado desde un 
nuevo puvto de vi ¡ta, se publica por segunda, vez en español, 
siendo la primera edición hecha en Montevideo, Imprenta 
Artística de Juan J Dornaleche, LO 12 

En la presente edición, nos hemos atenido al texto de la 
primera, purificándole de sais erratas y aplicando en cuanto a 
ortografía los critenos modernos 

Este libro ha sido publicado además en francés con pro- 
fundas modificaciones de texto bajo el titulo Att, esthetique. 
ideal París, Hachette, 1920, traducción de Charles Lesea, pro- 
logo de H Delacroix, edición de la Agrupación de Universi- 
dades y Grandes locuelas de Francia para las relaciones con 
América Latina, y con ei titulo Estai de phtlosophie btolo^ique, 
Art, esthetzque, ídea J París, 102 6 > traducción de Charles Lesea, 
f<Mk>£0 de Desiré Rous an, edición de la Revue de TAmenque 
titile 



A R 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



PEDRO F1GARI 



Nació en Montevideo el 29 de junio de 1861, hijo de Juan 
Figan de Lázaro y de Paula Salan, italianos Realiza en esta 
ciudad sus estudios v obtiene en 1886 el titulo Je Abogado, 
siendo designado Defensor de Pobres en lo Civil y en lo 
Criminal El mismo año contrae matrimonio con María de 
Castro Caravia y emprende un prolongado viaje a Europa 

Retorna al Uruguay en 1893, funda "El Deber" del cual 
es codirector, ejerce su profesión defendiendo al Alférez Al- 
meida, es electo diputado en 1896 y 1399, entra a formar 
parte del Con&ejo de Estado en 1898, y en 1903 figura como 
Promotor y Secretario de un Congreso de Notables para tratar 
Ja Reforma Constitucional Presidente del Ateneo en 1901, 
ocupa luego la presidencia de diversas comisiones v es elegido 
miembro de vanos directorios Realiza un viaje a Francia en 
1913 y en 1915 se le designa Director de la Escuela Nacional 
de Artes y Oficios y encargado de su reforma según su Pro- 
vecto de 1910 

Renuncia a su caigo en 1921, y pasa a radicarse en Buenos 
Aires entregándose de lleno a la pintura Hacia 192") viaja 
nuevamente a París desde donde organiza exposiciones de sus 
cuadros en Europa y América, allí, en 19- ~, pierde a sd hijo 
Juan Carlos Figari Castro que fue su colaborador En 1^30 
es nombrado Delegado del Uruguay a la Exposición Ibero- 
americana de Sevilla en la cual obtiene una Medalla de Oro; 
gana el mismo ano, el Gran Premio de Pintura en la Expo- 
sición del Centenario del Uruguay 

Regresa al país en 1933, es designado Asesor Artístico del 
Ministerio de Instrucción Pública, y fallece en Montevideo el 
24 de inlio de 1938. Sus obras publicadas son Ley agraria, 
Montevideo, 1885- El crimen de la calle Chana Montevideo, 
1896 Defensa del Alférez Al muida Montevideo, 1897 Un error 
judicial Montevideo, 1899 La pena de muerte Montevideo, 
1903 La pena de muerte Montevideo, 1905 Reorganización 
de la Escuela Nacional de Artes y O fictos Proyecto sobre trans- 
formación de la Escuela Nacional de A} tes y Oficios t¿n Ei cuela 
Industrial. Montevideo, 1910 El momento político Montevideo, 
1911 Arte, estítica, ideal Montevideo, 1912 Champ ou se 
dcieloppent les phenomenes esth etiques París 1913 Arte, tét,- 
mea, crítica. Montevideo, 1914 L'opimon de ['Uruguay sur la 
guerte euwpéenne París, 191Ó Plan general de la organización 
de la enseñanza industrial. Montevideo, I o - 17 Enseñanza indus- 
trial Montevideo, I o - 19 Industrialización de la América Latina 
Montevideo, 1919 Att, esthctique, ideal. París, 1920. Essai de 
phdosopbie biologique Art. tstbctique, ideal París, 192ó El 
arquitecto. Fans, 1928. Dans V auirc monde París, 1930. His- 
toria Kma París, 1930 Cuentos Montevideo, 1951. 



A LA REALIDAD 

mi más alto homenaje. 



PREFACIO 



Lo que concierne al arte, la estética y el ideal se 
nos ofrece tan brumoso y de tal modo ajeno y supe- 
rior a toda lógica positiva, que se le supone exento de 
cualquiera verificación estricta, de carácter racional. 
No podría ocurrir esto, sin embargo, cuando hubiese 
un concepto más preciso acerca de la naturaleza ín- 
tima de los fenómenos que se producen en este triple 
dominio, como no acontece en todo aquello que "se 
conoce", porque entonces se trata de propiciar, cuan- 
do menos, las vías más seguras y favorables, y se las 
encarece a fin de encaminar la actividad en ese sen- 
tido, como mas beneficioso al hombre, a la sociedad, 
a la especie» Esas tres entidades, si bien se las consi- 
dera por lo general como substantivas, y objetivas, 
en consecuencia, han quedado, no obstante, confundi- 
das entre sí, sin contornos definidos ni perceptibles, y 
puede verse todavía que todo cuanto a ellas se refie- 
re no sólo permanece, sino que tiende a permane- 
cer, en el pensamiento de sus propios cultores, dentro 
de una vaguedad fantástica, casi mirífica, que des- 
concierta al observador. La disparidad de las opinio- 
nes sobre estos asuntos se manifiesta de muchas ma- 
neras, todos los días, lo mismo en libros que en re- 
vistas y periódicos, profusamente, y hasta parece que 
se acentuara más y más a su respecto la propensión 



[5] 



PEDRO FIGARI 



a lo extravagante y lo anfibológico, como si en esas 
esferas nos halláramos exceptuados por completo.de 
toda critica racional 

Si prestamos atención cuando se discurre acerca 
de estas cuestiones, notamos, a poco andar, que se 
usan indistintamente, como si tuvieran un significado 
de peifecta equivalencia, los tres vocablos* arte, belle- 
za, ideal, así como que los interlocutores, en vez de 
tratar de colocarse en un terreno llano y firme, tien- 
den a remontarse, con frases, imágenes y perífrasis 
ampulosas, hacia regiones quiméricas, caóticas, no ya 
de lo extraordinario, sino también de lo prodigioso. 
Se diría que cuando intervienen de algún modo las 
Musas, todos se sienten máa o menos fascinados por 
sus encantos, en este reino que nos viene tan reco- 
mendado por la tradición; reino de lo inconcreto, 
nebuloso, fabuloso, donde el juicio sereno y sesudo 
parece proscripto. Así es que cada cual, según su ín- 
dole, rinde homenaje a esta otra trinidad, también 
excelsa; es así que vemos practicar su culto en todos 
los planos y en toda forma, aun dentro de lo contra- 
dictorio, ya sea en la paz de un recogimiento casi mis- 
tico, de éxtasis delicioso, o bien delirantes, agitando 
Jos brazos con fanatismo declamatorio, enfático, con- 
vulsivo, a veces, de iluminados. 

Es precisamente la singularidad de tales fenóme- 
nos, tan curiosos, lo que más me ha incitado a es- 
tudiarlos, en la inteligencia de que en la naturaleza 
sólo puede ofrecérsenos como sobrenatural y mara- 
villoso lo que no conocemos; lo demás tiene que ser 
lógico, "natural", y aun sencillo 

De tiempo atrás me halagaba la idea de tomar un 
sendero positivo, a mí entender, que apenas había 
vislumbrado, y consideré juicioso ir derechamente a 



[6] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



verificarlo en la realidad misma, antes de emprender 
lecturas, desde que, por incompletas que ellas fuesen, 
no podía ignorar que hasta los filósofos más eminen- 
tes han sentido los efectos sugestivos del prestigio 
tradicional en lo que atañe a estos asuntos, según lo 
revelan sus propias disquisiciones magistrales, en las 
que se sustenta el antiguo dictamen sobre el arte y 
la belleza, como manifestaciones sublimes, cuando 
no milagrosas, semidmnas. Me pareció entonces que 
no eran ésas las fuentes de estudio más seguras, 
porque, al fin, acatar, exaltar y describir, por bien 
que esto se haga, no es explicar. Habría sido desacer- 
tado, así, y hasta petulante, batir esas vías ya reco- 
rridas, porque no podía ilusionarme con la esperan- 
za de ver lo que en ellas no vieron las inteligencias 
culminantes que se esforzaron para dar una solución. 

Entregado, pues, a mis recursos, como un ciego a 
su báculo, para orientarme en ese nuevo rumbo por 
medio de los fenómenos más simples de la natura- 
leza, siempre fidedignos, en un ambiente que se nos 
presenta como algo muy intrincado, más que nada, 
quizá, a causa de los errores ya consagrados en nues- 
tra mentalidad, me aventuré a buscar una explica- 
ción directamente, y éste es el resultado de mi ensa- 
yo, que ofre2co al lector, no sin cierta emoción. Por 
esto mismo, resulta ocioso anticiparle que no se en- 
contrará con un libro de erudito; al contrario, hallará 
muchas deficiencias de erudición, excusables, por otra 
parte, si se toma en cuenta que he debido invadir 
muy diversos campos de investigación científica, en 
mi empeño principalmente documental a este res- 
pecto. Puedo decirle, en cambio, que este libro es de 
observación y de asimilación; en otras palabras, que, 
por escaso que sea su mérito, es "mi libro". 



[7] 



PEDRO FIGARI 



Confieso que una de las consideraciones que más 
me hacen titubear, es que sea yo, sin título alguno, 
quien afirma haber encontrado algo positivo en 
asuntos donde otros fracasaron; pero me tranquiliza 
el pensar que cualquiera circunstancia — la propia 
carencia de erudición, tal vez — puede influir para 
que el menos indicado vea lo que la naturaleza con- 
tiene y, a todos por igual, exhibe sin ambages Mi 
procedimiento me ha dejado una libertad mental de 
que no puede disfrutar el que comienza por leer de- 
masiado antes de haber observado y meditado por 
cuenta propia Superfluo será añadir que no me he 
detenido ante ninguna consideración ni autoridad 
tradicional, seguro, como estoy, de que el primer 
homenaje se debe a LA REALIDAD que a todos nos 
sustenta como tributarios, inclusos los propios soña- 
dores rezagados, que acaso condenen mi acatamiento 
reverente como una rebelión. 

Desde el punto en que me he colocado para en- 
carrilar este intento investigatorio, considero al hom- 
bre como una de las infinitas modalidades de la subs- 
tancia y de la energía integrales, esto es, como indi- 
vidualidad orgánica, como un valor "morfológico", 
simplemente En la primera parte examino sus ar- 
bitrios y formas de acción, sus recursos y orientacio- 
nes, así como los efectos generales de los mismos; 
en la segunda, sus jomas de telacionamiento con la 
realidad, y el fenómeno estético como consecuencia 
de las fases de relacionamiento; y en la tercera parte, 
"El Ideal", estudio a la individualidad humana en si, 
y como entidad capaz de mejorar sus formas de ac- 
ción. Este nuevo punto de vista, desde luego, permite 
explicar racionalmente la continua progresividad de 
las formas de actuación humana, así como la causa 



[8] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



de la variedad de las manifestaciones estéticas, de- 
jando, a la vez, diferenciar al arte de la belleza y 
del ideal. 

De cualquier modo, aun cuando yo no hubiese 
podido deducir ninguna ventaja positiva en el campo 
en que he dirigido este ensayo, aun así pienso que 
no será del todo estéril, porque respecto de la fir- 
meza de la base en que reposa no tengo duda alguna, 
por mi parte, y confío en que otros, mejor prepara- 
dos, podrán utilizarla más. 

Cuando comencé a ordenar ideas y a fijar el plan 
dentro de esta nueva orientación, — en enero del 
año próximo pasado, casi dos años ha — , fue mi 
propósito ofrecer un simple opúsculo a los más 
autorizados, a fin de que pudieran apreciar si verda- 
deramente había algo efectivo en esta senda, o si, 
al contrario, como es tan frecuente, sólo era un espe- 
jismo expuesto a desvanecerse ante el análisis obje- 
tivo; empero, el fundamento parecía afianzarse de 
punto en punto a medida que realizaba la tarea de 
investigación comprobatoria, y enardecido por la 
ambición de aportar más completa una idea útil, — 
muy útil, a mi juicio — , y atraído, además, por las 
propias proyecciones de un derrotero que permitía 
dar un sentido racional a muchas cosas que parecían 
no tenerlo antes, en mi espíritu por lo menos, dedi- 
qué todas las horas que pude restar a las ocupaciones 
indeclinables, y al hacer lecturas de compulsa, se 
mantuvieron aquellos mismos entusiasmos de neófito 
y se acentuaron mis convicciones, poco sólidas hasta 
entonces. Por lo que a mí se refiere, pues, estoy ya 
compensado de este esfuerzo, como quiera que se le 
repute, porque me deja ver con una conciencia pro- 

[9] 



PEDRO FIGAR1 



pia, de un modo satisfactorio, y aun optimista, una 
sene de fenómenos que antes me llenaban de asom- 
bro y confusión; en cuanto al lector, al presentarle 
este libro, he querido decirle cómo se produjo, a fin 
de que pueda explicarse alguna de sus deficiencias, 
por lo menos. 

Pedro Figari. 

Montevideo, 18 de setiembre de 1912 



[10] 



EL ARTE 

PARTE PRIMERA 



I 



GÉNESIS DEL ARTE 



Todo organismo vive a expensas de lo que llama- 
mos el mundo "exterior". Ni se concibe que un ser 
cualquiera pueda prescindir de los elementos y con- . 
cursos de su ambiente; al contrario, cada uno trata 
fundamentalmente de obtenerlos y aprovecharlos 
cuanto le es posible, según sus necesidades, y para 
ello se esfuerza tanto más cuanto éstas más vivas sean. 
De ahí surgen innumerables formas de acción, entre 
las cuales se caracteriza la artística, como la del in- 
genio aplicado a la consecución de lo que demanda 
cada organización vital. 

No debe confundirse, sin embargo, el arte con la 
acción. El que mira, el que se mueve y camina, no 
son artistas por esto solo, mas comenzarán a serlo 
así que se valgan de su intelecto para mejorar esos 
mismos actos vegetativos, como el que se procura un 
anteojo, o el bailarín, el gimnasta, el andarín. El 
que se abriga, por esto solo no es artista, pero em- 
pieza a serlo cuando saca un partido racional de los 
elementos que halla al alcance de su mano, y teje. 
El' que se apodera de una substancia nutritiva para 
alimentarse, no es artista por ese solo hecho, pero lo 
es al construir una flecha o una trampa para cazar, 



[13] 



PEDRO FIGARI 



o cuando idea cualquier otro recurso para procurarse 
el alimento. El que se guarece en las anfractuosidades 
de un tronco no ejecuta un acto artístico, pero cuan- 
do construye una choza, y a medida que la adapta a 
sus necesidades y se orienta, y saca provecho de las 
peculiaridades del medio para mejor servir sus ins- 
tintos, o para precaverse con actos de previsión, va 
demostrando cada vez más sus aptitudes artísticas. 
Es preciso, pues, que haya un arbitrio de inteligencia, 
más o menos consciente, para que el acto pueda con- 
siderarse artístico. Ésta es su característica esencial 

Bien se ve que es muy difícil establecer el punto 
inicial de la manifestación artística, tomándola en el 
instante mismo en que se desprende de la función 
vegetativa, por cuanto debe haber estados de con- 
ciencia que apenas se acusan, sin solución de conti- 
nuidad con los inmediatos inferiores, subconscientes 
o inconscientes; pero no hay razón alguna para ne- 
gar la condición esencialmente artística de esos mis- 
mos actos primitivos, por el hecho de que sean muy 
rudimentarios, no sólo porque esto implicaría desco- 
nocer la realidad, sino también porque tal descono- 
cimiento nos obligaría a adoptar un criterio arbitra- 
rio para definir las formas incipientes del arte, y nos 
inhabilitaría para determinar la zona de iniciación. 

Toda clasificación que tome otro antecedente, no 
puede tener por base una esencialidad típica, dado 
que las manifestaciones artísticas ulteriores son sim- 
ples desarrollos y transformaciones de aquellos mis- 
mos actos, y tendría, pues, que fundarse forzosa- 
mente en un convencionalismo artificioso, lo cual 
nos conduciría de nuevo a las confusiones que reinan 
sobre este asunto, las que, quizá, no tienen más causa 
que el desconocimiento de esa sencilla verdad. 



[14] 



ARTE» ESTÉTICA, IDEAL 



La misma actividad subhumana ofrece ya manifes- 
taciones genuinamente artísticas. EJ castor que cons- 
truye diques para proteger su vivienda; el ave que 
arma su nido; 1 la misma hormiga que escarba su 
cueva y almacena provisiones, denotan aptitudes 
artísticas. El gallo que riñe para defender su domi- 
nio, en la riña es tan artista, en el sentido estricto 
de la palabra, cuanto los más afamados campeones 
del box, y aun como el que esgrime elegantemente 
un florete en la pedana de una sala palaciega. El 
león que se asocia para cazar al búfalo, el zorro que 
se apresta cautelosa y astutamente para sorprender 
un gallinero, no ya la araña que teje su admirable 
red para aprisionar al insecto, son artistas. 

La simplicidad de estos procedimientos que obser- 
vamos al través de nuestra propia complejidad, nos 
hace pensar que esos actos son de distinta naturaleza 
esencial que la de los humanos análogos. Se dice 
que son instintivos, y al decir esto se quiere expresar 
que son puramente funcionales, mecánicos, automá- 
ticos, por completo inconscientes. La escasa variedad 
de sus recursos, comparada con la multiplicidad y 
variedad de los del hombre civilizado, nos hace creer 
que se trata de manifestaciones de distinta calidad; 
mas si descontáramos la mayor complejidad de la or- 
ganización humana y, por ende, la pluralidad de sus 
necesidades y recursos, veríamos que no por ser más 
completa la inteligencia que el hombre aplica a sus 



1 El ' junquero'* (Pbloeocryptes melanops, Vteillot) , al 
construir su nido en los bañados, sobre juncos de dos a tres 
metros de largo, siempre lo coloca fuera de la altura de las 
crecientes ordinarias, y algunos afirman que están dispuestos 
de tal modo estos nidos» que pueden correr hacia arriba, por 
la presión del agua, en caso de que ésta rebasara aquella altura. 



[15] 



PEDRO FIGARI 



formas de acción, ha Je desconocerse la identidad 
fundamental de sus manifestaciones artísticas con las 
que exhibe el mundo inferior animal. 

Hasta se niega la propia calidad artística de la ac- 
tividad rudimentaria humana. Núes tro . envaneci- 
miento nos ha llevado a considerar que sólo es una 
manifestación digna del calificativo de artística, 
cuando presenta alguna complejidad o cuando es 
suntuosa, sin advertir que esto mismo es siempre de 
un valor relativo. No puede negarse por lo menos 
que, por torpes que fueran los primeros pasos del 
hombre, respondieron, como los más audaces e 
informados de la actualidad, a un concepto típica- 
mente artístico. Dada la idea corriente respecto del 
arte, parece que sólo ciertas y determinadas formas 
son artísticas; pero si nos detuviéramos a comparar, 
venamos, no ya en Ja edad del bronce y del hierro, 
sino en la propia edad cuaternaria (época paleolí- 
tica, período magdaleniano ) , manifestaciones inequí- 
vocas de lo mismo que hoy día llamamos arte deco- 
rativo, y hasta algunos ejemplares que sorprenden 
como verdaderas 'obras de arte' 1 , en el propio sen- 
tido convencional de estas palabras En algunas ca- 
vernas prehistóricas (del Pengord, Altamira, etc.) de 
los viejos cazadores de renos, se han encontrado gra- 
bados y pinturas que asombran por la corrección de 
su dibujo. En algunas, son perfectas Jas actitudes de 
los animales en movimiento, que fue un asunto tor- 
turante e indescifrable para los artistas más eximios, 
hasta que la fotografía instantánea permitió descu- 
brir el ritmo de esos movimientos. ¿Cómo podría 
negarse, pues, el parentesco directo del arte humano, 
desde los primeros pasos y gestos del hombre primi- 
tivo hasta nuestros días, si ya en tiempos tan lejanos 



[16] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



hay manifestaciones inequívocas de lo mismo que lla- 
mamos todavía hoy, enfáticamente, arte, por antono- 
masia, o sea "bellas artes"? 

Pero a la vez que observamos estas manifestacio- 
nes sorprendentes, puede verse también que el arte 
humano, en esa edad, no aventaja, por lo común, al 
arte desplegado por algunas especies inferiores, lo 
cual nos induce a pensar que hay, asimismo, una no- 
table analogía entre las manifestaciones artísticas 
humanas y las subhumanas. No será menester que 
esperemos mayores documentaciones arqueológicas 
que las ya obtenidas, ni que extendamos más atrás 
nuestras hipótesis para comprobarlo, sobre todo si se 
tiene presente que la complexión humana, aun en 
los tiempos más remotos, debió ser superior a la de 
los demás organismos terrestres. 

Este antecedente explicará la diferencia persisten- 
te entre la variedad y multiplicidad de nuestros me- 
dios artísticos, comparadas con la inmutabilidad que, 
según Cuvier y otros naturalistas, ofrecen los medios 
de acción de las especies inferiores, acaso no fatal. 
Digo así, porque apenas se domestica o se amaestra 
a algunos animales, denotan su aptitud para adqui- 
rir nuevos recursos. Los monos, los caballos, los pe- 
rros y elefantes que se exhiben en los circos — que 
hasta llegan a demostrar aptitudes cómicas, aunque 
groseras — revelan, quká, una posibilidad evolutiva 
en sus medios de acción. 

Lo que ocurre, es que la evolución de las formas 
activas se acusa en el hombre tan ostensiblemente 
porque es un ser más complejo y experimenta, por lo 
mismo, necesidades progresivas, en tanto que los se- 
res inferiores, más simples, no sienten más necesida- 
des que las orgánicas rudimentarias, y de ahí la re- 



[173 



PEDRO FIGARI 



petición de sus formas usuales de -actuar; pero esto 
no denuncia por sí solo la imposibilidad de modifi- 
carlas, sino la mneccsidad de hacerlo. En la misma 
especie humana hay estancamientos que parecen de- 
finitivos. Hay tribus que no han modificado todavía 
sus medios de acción y su manera de vivir, en el mis- 
mo lapso de tiempo en que otros pueblos los han 
transformado tanto. 

Por lo demás, las documentaciones recogidas abar- 
can un tiempo relativamente corto para hacer una 
afirmación fundada acerca de la inmutabilidad de los 
medios de acción de las especies inferiores, la que po- 
dría así resultar tan sólo aparente. 

Cierto que no se concibe un órgano sin su corres- 
pondiente función, como no se concibe un ser dota- 
do de inteligencia que no la utilice de algún modo 
para atender a sus necesidades; pero es posible, en 
cambio, la existencia de un órgano desempeñando una 
función mínima, de igual modo que concebimos un 
ser inteligente que no aguce su intelecto cuanto le es 
dado hacerlo, para sacar el mayor partido posible de 
él, en su propio provecho En otras palabras, es po- 
sible una aptitud en estado latente, potencial Bien 
puede ser, por otra parte, que esa misma inmutabili- 
dad que observan algunos naturalistas en las formas 
activas de las especies inferiores, sea debida a que 
poseen o e| eraran un menor numero de facultades 
o modalidades psíquicas, antes que al menor grado de 
su desarrollo, así como que la evolución humana tan 
progresiva se deba, más bien que al mayor vigor de 
las facultades del hombre, al mayor númeio y varie- 
dad de sus aplicaciones, lo cual puede subsistir con la 
afirmación que se ha hecho, de que el hombre no po- 
see una sola función intelectual que le sea exclusiva. 



[18] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



Todos los procesos progresivos son tanto más rápidos 
y diferenciados cuanto más complejos y variados son 
los factores que en ellos intervienen. 

Si pudiera negarse la naturaleza artística de estas 
actividades subhumanas; si pudiera negarse que el 
nido es por lo común una forma textil o arquitectu- 
ral, 1 como sus congéneres del arte humano, y que 
el canto y el propio cloqueo o el graznido de las 
aves, por ejemplo, son formas de expresión de igual 
índole esencial que las más elevadas de nuestro len- 
guaje, no puede negarse, en cambio, que es una sim- 
ple transformación evolutiva la que se ha operado en 
los medios humanos de acción, desde los incipientes 
de la edad más pretérita a los mas deslumbrantes de 
la edad actual. 

La acumulación de conquistas científicas, así como 
la múltiple variedad de sus aplicaciones — todas es- 
tas formas notablemente progresivas — han hecho 
desconocer aquella realidad, inspirando hipótesis las 
más abigarradas y artificiosas, y por una serie de con- 
cesiones a nuestro orgullo, todas han tendido casi siem- 



1 Entre nuestros ejemplares, el nido del ''boyero" (las 
dos especies Cácteas chrysopte>us, Víg., y Amblycercus sólita- 
r.uSt Vieill ) , fuera de otros muchos, menos típicos, acusa una 
forma inequívocamente textil, y nuestro "'hornero" {Furnarius 
rufus, D Orb j , que hasta repara su admirable nido de barro 
toda vez que esto se requiere, así como el propio junquero, ya 
citado en una nota anterior, construyen arquitectónicamente, 
sm duda alguna Por lo demás, en otras especies más inferio- 
res puede verse también la aptitud arquitectural, como ocurre 
con las avispas (el "camuatí", el "camuatá" de la Polybta scu- 
tellarts y sericea, etc ) y con los admirables termítes, cuyas 
construcciones acusan mayor ingenio que otras congéneres hu- 
manas — inclusos los dólmenes y mentares — y a la vez una 
organización social más compleja e inteligente quizá de la que 
se observa en muchas agrupaciones humanas inferiores, 



[191 



PEDRO FIGARI 



pre a magnificar al hombre civilizado, a pesar de ser 
este una simple variedad, presentándole como una ex- 
cepción, aun cuando coexista con semejantes que, a la 
verdad, levantan pocos palmos por encima de otras 
especies. 

"La diferencia psíquica, dice Hzeckel, entre el más 
grosero de los hombres incultos, en el más bajo grado, 
y el hombre civilizado más completo, en el más alto 
grado de la escala, colosal, mucho más grande 
de lo que se la considera generalmente , \ 1 Esto no 
autoriza, sin embargo, a negar la identidad funda- 
mental que existe entre los hombres. Por otra parte, 
si descendemos grado a grado, comparando los diver- 
sos estados de cultura, hasta el salvaje, y si desconta- 
mos todavía la mayor complejidad de la organización 
humana, poco nos costará ver que no hay un desnivel 
tan escarpado que no permita ligarle, por lo menos, 
con las especies superiores del orden subhumano, y 
se nos ofrecerá así más fácilmente el concepto de la 
unidad esencial que rige a la actividad de los orga- 
nismos que pueblan el planeta. Se verá mejor de este 
modo que hay siempre, al lado de una necesidad, un 
recurso de inteligencia, una forma más o menos ar- 
tística de darle satisfacción: ése es el arte en su faz 
fundamental. 

Se dice que la actividad de las especies inferiores 
es puramente instintiva e inconsciente; pero esta afir- 
mación no está comprobada, y será muy difícil obte- 
ner una comprobación satisfactoria al respecto, por 
cuanto no hay una solución de continuidad entre el 
acto instintivo y el consciente, como no la hay entre 
el acto reflejo y el instintivo. 



1 E H¿eckel: Enigmas del Universo, t, I, pág 118, v. c. 



[20] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



Dice Spencer: "A medida que el instinto se des- 
arrolla, nace una especie de conciencia". 1 Si esto 
fuera exacto, como todo induce a pensarlo, resultaría 
que no hay en la realidad líneas de separación entre 
la actividad instintiva y la consciente, por más que 
nuestra inteligencia haga clasificaciones categóricas, 
para su mayor comodidad. 

La actividad humana, por lo demás, se manifiesta 
también fundamentalmente instintiva, aunque más 
variada y más compleja; y si bien contamos con el 
recurso de la introspección, nos resulta a menudo 
difícil establecer qué grado de conciencia ha asistido 
a cada acto de los que ejecutamos en la vida ordina- 
ria. Cierto que las formas típicas se reconocen más 
fácilmente, pero hay zonas de esfumación en las que 
el acto consciente, el subconsciente y el inconsciente 
se confunden. Todavía está en tela de juicio la propia 
cuestión del libre albedrío, si bien contamos con la 
auto-observación. ¿Cómo fundar, pues, un juicio só- 
lido respecto de la verdadera entidad psíquica de las 
manifestaciones que ofrecen las especies inferiores ^ 

Dice Haeckel: "Sólo de una manera cuantitativa, 
por un grado de evolución difiere la conciencia del 
hombre de la de los animales más perfectos, ocurrien- 
do lo propio en todas las otras formas de la actividad 
psíquica del hombre". 2 Esto parece incuestionable 
apenas comparamos nuestros propios actos con los de 
algunos animales inferiores, sin excluir a los más in- 
feriores. Así, por ejemplo, cuesta creer, no ya que el 
castor proceda con absoluta inconsciencia cuando 
traslada su vivienda desde la orilla al estanque, ape- 



1 H. Spencer: Principes de psycbologie, pág. 465. 

2 E. Haeckel: El monismo, pág. 143 > V. c. 



[21] 



PEDRO F1GARI 



ñas vislumbra un peligro posible, sino que el propio 
gorrión se entregue confiado al hombre así que des- 
cubre su pacifismo, y que se vuelva huraño desde que 
se le comienza a hostilizar, y que los pájaros proce- 
dan tan cautelosamente al construir sus nidos en es- 
condites, a hurtadillas, o que rehuyan tanto a veces 
la trampa, llenos de recelo, por más que los atraiga 
su cebo, sin que para nada intervenga una manifes- 
tación de conciencia. 

Debemos creer que la hay, pero aun cuando así 
no fuera; admitiendo que en las especies inferiores 
no hubiese ningún rudimento de conciencia, para de- 
terminar una analogía entre el arte humano y el sub- 
humano, es forzoso reconocer que las rnanif es taco- 
nes superiores del arte actual y las mismas inferiores 
del hombre primitivo son esencialmente idénticas, 
vale decir, que son transformaciones y variedades del 
mi^mo recurso, y esto solo es de gran importancia 
para la solución de las cuestiones que se refieren al 
arte. 

Desde que el hombre de las cavernas trepó a un 
árbol para coger un fruto, hasta los refinamientos 
de Vatel y sus colegas; desde el taparrabo hasta las 
"toilettes" mas envidiadas; desde el ánfora tosca hasta 
la cerámica de reflejos metálicos y los primores de 
Scvres, de Copenhague, de Meissen; desde la choza 
al palacio o a la catedral gótica, de esbelta ojiva; 
desde la flecha de sílex hasta los cañones más pode- 
rosos; desde la piragua al magnífico ' steamer", y de la 
canoa al 1 'dreadnougth", desde la torpe silueta, rígida, 
hasta las telas del Tiziano, de Velazquez, de Rem- 
brandt, o las audacias impresionistas, desde el ídolo 
informe hasta las esculturas egipcias sometidas a la 
ley de la frontalidad de Langes, y de ahí a la Victo- 



[22] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



fia de Samotracia y al "Penseur" de Rodin; desde las 
palabras balbuceadas para comunicar emociones gro- 
seras hasta la frase nítida, en que se vierten los con- 
ceptos más intensos y audaces del pensamiento; des- 
de las terribles trepanaciones prehistóricas, hechas 
por raspaje con escamas de sílex, hasta las más pro- 
digiosas intervenciones quirúrgicas de nuestros días, 
desde el fetiche que había de propiciar a los agentes 
naturales desconocidos, hasta la obra del genio me- 
cánico que descubre las Jeyes del movimiento y del 
equilibrio, y la inverosímil proeza del citólogo que_ 
se insinúa por vías capilares, diríase, para escudri- 
ñar los misterios de lo infinitamente pequeño, y para 
remontarse hasta las fuentes de la vida, no hay más 
que simples desarrollos de un mismo recurso esen- 
cial No hay diferencias fundamentales: son simple- 
mente grados en la evolución. 

Si no hay, pues, identidad substancial entre la obra 
del arácnido que teje su admirable red para cazar, 
y la red del cazador; entre el ingenioso nido de barro 
de nuestro "hornero'*, y la construcción arquitectó- 
nica del hombre; entre el gorjeo del pájaro, o el 
propio acto del mirlo que, como nuestro 'músico" 
(Tttrdus musteus) aprende a cantar, y el de los más 
eximios cantantes, es infundado negar la identidad 
esencial que existe entre las manifestaciones más pri- 
mitivas del arte humano y las más estupendas del 
poliforme arte moderno 



PEDRO FIGARI 



II 

EL RECURSO ARTISTICO 



I EL ARTE ES UN MEDIO UNIVERSAL DE ACCIÓN 

Si el arte es un arbitrio de la inteligencia para 
mejor relacionar al organismo con el mundo exterior, 
ya sea para satisfacer sus necesidades o sus aspiracio- 
nes, se comprende como lo más natural, que cada 
ser lo utilice a su favor. Ni se concibe que un orga- 
nismo pueda dejar de servirse de su ingenio para 
atender de la mejor manera que le sea posible sus 
propósitos, no ya sus necesidades más sentidas, y 
esto es precisamente lo que determina las formas 
artísticas de la actividad y de la producción 

Resulta así que el arte es un medio universal de 
acción. En efecto, aun cuando concibiéramos otros 
seres que los conocidos, ya sea dentro o fuera del 
planeta, no podríamos dejar de pensar que, como 
quiera que ellos sean, dejen de usar su intelecto, si 
lo tienen, para llenar sus fines naturales. Esta ley es 
común a toda organización vital. 

' El hombre, por su parte, trata de abarcar todos 
los dominios accesibles a su inteligencia. El arte es, 
pues, su medio de acción fundamental, tanto ahora 
como lo ha sido antes y lo será siempre, ya sea den- 



[24] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



tro del campo instintivo o fuera de él, si acaso es po- 
sible salir de su circuito. 

Hay una identidad fundamental en todas las ma- 
nifestaciones artísticas. El arte se aplica a todo. 
Echamos mano de ei para atender a nuestras medi- 
das de previsión o para procurarnos un solaz, para 
magnificar todo lo que nos conviene y todo lo que 
deseamos propiciarnos, y para deprimir o aniquilar 
todo lo que nos es adverso o creemos que pued& 
serlo, para defendernos, para atacar, para relacionar-, 
nos con lo que nos rodea, para observarnos nosotros 
mismos; en fin, para todo. Por más que al evolucio- 
nar las diversas manifestaciones artísticas asuman 
formas cada vez más diferenciadas y conceptuosas, 
no hay en todas ellas ninguna distinción de natura- 
leza esencial. En substancia, todo el arte tiende a 
servir al organismo. 

A pesar de que las especulaciones filosóficas pre- 
tenden definir el arte de un modo tan convencional, 
hay un consenso unánime respecto de que es un me- 
dio universal de acción, así como de que es un mismo 
recurso fundamental. Nadie discute acerca de que 
sean o no formas artísticas las que en todos los cam- 
pos de acción se aplican con cierta habilidad o inteli- 
gencia, a dar satisfacción a las necesidades generales 
del organismo, Decimos que una máquina, una pren- 
da de vestir, un utensilio, un manjar, etc., están he- 
chos con arte, si están hechos con inteligencia no 
vulgar. Esto presupone que cada cual se ha formado 
un concepto positivo del arte, prescindiendo de las 
teorías filosóficas, y que lo concibe sencillamente 
como un medio adecuado de acción, como una apli- 
cación eficaz del ingenio a los fines naturales, más 



[25] 



PEDRO FJGARI 



bien que como una entidad fantástica, según la en- 
caran los pensadores. 

Nuestra complexión mental no nos permite repie- 
sentarnos una abstracción fuera de las formas tan- 
gibles objetivas, de igual modo que no podemos con- 
cebir la materia sin la forma. Así es que, por una 
nueva forma de animismo, llegamos a personificar 
nuestras propias abstracciones: el arte, la ciencia, Li 
belleza, Dios, la fuerza, la justicia, la caridad, la 
energía, etc.; y ya tomamos en cuenta esa concre- 
ción mental, a cambio de aquello que la sugirió. 
Es asi que se ha podido consagrar una idea tan con- 
vencional respecto de este recurso, el más libre, va- 
riado y eficaz, dado que es el más ingenioso; es así 
que incurrimos en paralogismos tan corrientes como 
el decir que el arte o la ciencia avanzan, cuando en 
realidad es el hombre quien evoluciona y avanza. 
^ El gran incremento que tomó el arte suntuoso, re- 
querido principalmente por la necesidad mística de 
magnificar lo sobrenatural, y la obsecuencia incon- 
dicional a los jefes, que también se manifestó casi 
siempre por culturas de lujo y boato, ese au^e hizo 
pensar que tales manifestaciones, que se reputaban 
excepcionalmente superiores, eran la característica del 
arte, y hoy mismo, aunque han cambiado tanto las 
orientaciones, se sigue pensando que aquellas culturas 
son una excepción, entre las formas comunes de la ac- 
tividad artística, cuando no un arquetipo 

Se piensa también que es la belleza, aun dentro 
de un concepto tan vago como se tiene de la misma, 
lo que ha determinado la manifestación artística, y 
resulta así que, según la opinión consagrada tradi- 
cionalmente, sólo algunas ramas artísticas monopo- 



[26] 



ARTÉ, ESTÉTICA, IDEAL 



lizan el cuito de la belleza; y a eso se debe que las 
ramas de acción consideradas como más adiccas a la 
estética, son los más pasivas en la evolución, es de- 
cir, las artes evocatorias. Esto, sin embargo, presupon- 
dría que la belleza es una entidad retrospectiva. 

Cierto que por mas que nosotros elucubremos an- 
tojadizamente, la realidad impera siempre en un sen- 
tido positivo; pero no es menos cierto que nuestra 
propia ciencia nos confunde, y así es cómo, en lo 
que atañe al arte, se ha reproducido la vieja historia 
de Babel. Nadie se entiende. 

Lo que más caracteriza al arte es, precisamente, su 
u evolutividad'\ ¿Cómo podrían, pues, arrogarse su 
representación exclusiva las formas de índole más 
conservadora? 

Para nosotros, en cambio, todas las formas.de la 
actividad deliberada son artísticas, cualquiera sea su 
dirección, y es así que concebimos el arte como un 
recurso que se esgrime en todos los dominios de la 
acción intelectiva, sin excluir ninguno, y pensamos 
que este concepto no sólo se ajusta más a la realidad, 
sino también al propio modo de pensar general, es 
decir, al que rige a pesar de las teorizaciones filosó- 
ficas. Lo único que parece ya consagrado, es que todo 
lo que se refiere a la ciencia está fuera del campo ar- 
tístico, y si lográramos demostrar que no es así, que- 
daría comprobado lo que hemos dicho antes, o sea 
que el arte es un medio universal de acción y que se 
ofrece como un mismo recurso esencial, en todas las 
formas deliberadas de la misma. 



[27] 



PEDRO FIGARI 



II. EL ARTE Y LA CIENCIA 

Nada es más gratuito que representarse la ciencia 
y el arte como dos entidades que se perfilan separa- 
damente, independientes, casi rivales, cuando no an- 
tagónicas. Dice Le Dantec: "La science et lart sont, 
j'en suis convaincu, deux divimtés antagonistes". 1 

Por más que vemos en todo instante unidos los es- 
fuerzos artísticos y los llamados científicos actuando 
en todos los dominios: en los de la política, de las 
industrias, del comercio; en fin ? en todas las manifes- 
taciones del pensamiento y de la acción, y por más 
que está en todos los labios esta afirmación, cuando 
se trata de concretar el concepto artístico y el cientí- 
fico, desfilan por un Jado, el Partenón y las estatuas 
griegas, las pinturas del Renacimiento, la música de 
Mozart y de Beethoven, las catedrales góticas y los 
poemas épicos, y, por el otro, las retortas, los compa- 
ses, los telescopios y microscopios; no ya las plumas 
de ave, inseparables de los pergaminos amarillentos 
y polvorosos. Peor aún, se representan iconológica- 
mente la ' 'Ciencia" y el "Arte" a nuestra imaginación 
como deidades o estatuas añosas, con sus clámides y 
sus gestos arcaicos. Se encarnan estos dos conceptos 
como si fueran dos entidades concretas, corpóreas, dos 
peisonificaciones simbólicas, alegóricas, casi dos per- 
sonas. 



1 F Le Dantec Science et conscience, pág. 318. Y el 
mismo autor dice en otra parte "L'ceuvre d'art est émmem- 
ment personnelle, elle est le reflet de la nature propre de 
l'artiste, et c'est par la que l'arc difiere essentiellement de la 
soence, qui est ímpeisonnelle". — Les tnfluences ancestrales, 
pág. 228. 



[28] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



El eminente filósofo inglés Herbert Spencer llega 
hasta a lamentar que por mucho tiempo se haya re- 
legado a la ciencia a la humilde condición de una 
Cenicienta, en tanto que sus orgullosas hermanas "lu- 
cían sus oropeles"; y Guyau, al recordar esto, y otros 
juicios igualmente encaminados, de otros insignes 
pensadores, se interroga: "¿Será necesario por esto 
creer que la imaginación y el sentimiento no son tan 
vivaces como la idea, y que el arte acabará por ceder 
el puesto a la ciencia? Hay en esto un problema nue- 
vo, merecedor de atención, porque afecta, en sustan- 
cia, a la existencia misma del genio humano y a sus 
transformaciones en lo porvenir". 1 

Todo esto es un verdadero desconocimiento de la 
realidad. No hay ni puede haber rivalidad entre los 
diversos medios de que nos valemos para atender a 
nuestras necesidades y aspiraciones, como no puede 
haberla entre la vista, v. gr., y el oído. La investiga- 
ción científica, como la actividad artística, se encami- 
nan igualmente a servir al hombre y a la especie. 
Debemos creer que el hombre es el ser que aplica 
mayor caudal de energías en el sentido de coruocer; 
mas no hay por eso razón alguna para pensar que el 
esfuerzo de su ingenio aplicado a ese propósito su- 
perior, no sea artístico, es decir, inteligente. Al con- 
trario. El mismo hecho de que el hombre cuenta en- 
tre sus formas ordinarias de acción la superior del 
conocimiento para determinar las orientaciones más 
positivas de su esfuerzo artístico, lejos de excluir la 
investigación científica de entre las formas artísticas 
de su acción, la incluye, como la más típica de su 



1 Guyau: Problemas de estética contemporánea pág. 
120, v c 



[29] 



PEDRO FIGARI 



arte. ¿ Acaso no tiende, como las demás, a satisfacer 
sus necesidades? 

No porque el ingenio humano se aplique a cono- 
cer, a la vez que se aplica a procurarse un solaz u 
otras cosas más imperativas, puede decirse con fun- 
damento que hay una diferencia substancial entre es- 
tas formas de acción, no ya un antagonismo. En fin 
de cuentas, siempre que se obtiene un conocimiento, 
lo primero que se busca es su aplicación, a los fines 
generales de la vida, y el hombre-artista se esfuerza 
en aprovecharlo. 

Ciencia es la conquista operada por el esfuerzo ar- 
tístico, en el sentido de conocer. Con arreglo a la 
propia lexicología consagrada, debe entenderse así, 
puesto que ciencia es saber. Ésta es la etimología mis- 
ma de la palabra; pero debido a que también se ha 
reputado como ciencia todo esfuerzo dirigido en el 
sentido de conocer, se han cobijado bajo la misma 
denominación las verdades conquistadas por el hom- 
bre, y los tanteos, teorías e hipótesis encaminados al 
conocimiento. De esta lamentable confusión en que 
forman por igual las verdades comprobadas y com- 
probables con los ensayos más inciertos y precarios, 
no ya los más contradictorios y absurdos, a veces, na- 
ce el descrédito de la ciencia, con ser, como es, tan 
respetable. Hasta los hombres ilustrados se han per- 
mitido mofarse de la ciencia y de los sabios, y por 
encima de todo, de los más grandes filósofos, a quie- 
nes se les ha comparado, entre otras cosas, con los se- 
pultureros, encargados de enterrarse los unos a los 
otros. El eximio poeta Víctor Hugo, con frase para- 
do jal, ponía, ayer no más, muy por encima de la 
ciencia a la poesía, considerándola como el su.mnum 
de la sapiencia, la consecución misma del ideal ab- 



[30] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



soluto, no sin dejar de satirizar, de paso, a los sabios, 
que se devoran los unos a los otros. 1 

Hasta se ha preguntado en seno, por ejemplo, 
cuándo u la ciencia" hizo tal o cual promesa, como si 
la ciencia fuera una divinidad parlante. Esto acusa 
que no sólo se confunde a la investigación científica, 
sino también al sabto mismo, con la ciencia, preten- 
diendo solidarizarlos. Por causa de tales y tan la- 
mentables confusiones ha podido tomar pie la irre- 
verencia, la protesta y hasta el propio apostrofe con- 
tra lo que hay de más estimable y superior para el 
hombre, que es su propia ciencia, Si sólo se reputara 
ciencia la verdad comprobada y comprobable, como 
debiera ser, nadie osaría ser irreverente, porque de 
serlo se pondría en ridículo. 

Los propios elementos más serios de documenta- 
ción investigatoria no debieran ser confundidos con 
lo que se sabe, es decir, con la ciencia; y a veces, en 
cambio, se amparan bajo tal denominación los pro- 
pios esfuerzos más desprovistos de fundamento, a 
condición de que tiendan al conocimiento, y aun los 
propios de simple aplicación. 

No hay, en realidad, una sola rama estrictamente 
científica, vale decir, que haya sido dominada por el 
conocimiento. Lo que hay es una sene mayor o me- 
nor de verdades comprobadas, en cada orden de in- 
vestigaciones. El más erudito, como el más especia- 
lista, en las propias materias de su predilección, se 
hallan asediados por una multitud de dudas e in- 
cógnitas, Si ciencia es saber, nosotros sólo sabemos 
cuando hay una realidad conocida, la que puede com- 



l V. Hugo W Shakespeare, Liv III "L'art ct la science", 
[31] 



PEDRO FIGARI 



probarse y, por lo mismo, no puede ser contradicha 
de buena fe. 

Si puede comprenderse bajo una misma denomi- 
nación, por ejemplo, la mecánica y la psicología, por 
más que en la primera rama se hayan operado con- 
quistas positivas, en tanto que en la otra no se da, 
puede decirse, una sola contestación categórica a las 
múltiples cuestiones que interesan al investigador, no 
es juicioso denominar de igual modo la parte de la 
mecánica que se ha dominado por el saber, y lo que 
aún inquieta al investigador, por mas que a ese res- 
pecto haya acumulado antecedentes y documentacio- 
nes; y los cultores científicos deben ser los más in- 
teresados en tal ordenamiento, para poner a la cien- 
cia, como patrimonio el más honroso del hombre, al 
abrigo de los ataques de sus detractores, los cuales, por 
. infundados que sean, no dejan de causar perjuicio. 

Tanto la teoría como la hipótesis, si bien pueden 
servir para mejor encaminar las investigaciones, son 
simples ordenamientos de inducciones y presuncio- 
nes, más o menos documentadas, pero incompletas 
para ser erigidas en ciencia. De ahí, de esa confusión 
nace la ilusión tan acreditada entre el vulgo, de que 
la ciencia se contradice, sin advertir que eso es impo- 
sible, porque ella es realidad conocida, y la realidad 
no puede contradecirse, porque es. La ilusión se ge- 
nera por el error corriente de tomar por ciencia el 
tanteo, la teoua, la hipótesis científica, y hasta la 
propia palabra del sabio investigador. 

La ciencia es el íesultado final y definitivo de 
cada orden de esfuerzos intelectivos, deliberados y, 
por lo mismo, artísticos. Es arte evolucionado. Antes 
de que se haya podido llegar en cada linea de cada 
rama investigatoria a su punto terminal científico, ha 



[32 j 



r 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



sido menester acumular pacientemente observaciones 
bastantes para permitir una síntesis. La ciencia se 
presenta así como un resultado del esfuerzo artístico; 
pero es claro que mientras no se opera el conocimien- 
to de la realidad, los esfuerzos que se hagan para lo- 
grarlo no implican el conocimiento. La ciencia em- 
pieza donde termina el esfuerzo investigatorio, por 
falta de objeto. El arte aplicado al conocimiento tien- 
de a operar la evolución final en cada senda, amplian- 
do los dominios de la ciencia, mejor dicho, los del 
hombre, y se ofrece así como "arte de conocimiento" 
que ha llegado al término de su evolución. 

Se comprende de este modo que tan a menudo se 
sientan en el ambiente los inventos y descubrimientos 
que concreta el espíritu genial, pues son, por lo co- 
mún, la resultante de un lento proceso preparatorio. 
Mayer y Prescott Joule casi a un mismo tiempo lle- 
gaban a la misma solución respecto al equivalente 
mecánico del calor, y tales coincidencias se han pro- 
ducido otras veces. Esto acusa la preexistencia de ele- 
mentos acumulados, que son, precisamente, los que 
determinan la síntesis. 

Para precisar la linea de separación entre la cien- 
cia y el arte, habría que buscar los puntos en que se 
fija definitivamente el conocimiento de las causas o 
las leyes que rigen a los fenómenos del mundo físi- 
co y del psíquico. 

El campo de exploraciones artísticas no sólo es 
inagotable, sino que puede ascenderse a el por todas 
las vías imaginables. La ciencia, en cambio, sólo pue- 
de ser integrada con lo conocido. De este punto de 
vista, la ciencia puede decirse que es una media ver- 
dad, menos aun, una pequeña ava parte de la ver- 
dad, por cuanto no contiene más que la verdad com- 



[33] 



PEDRO FIGARI 



probada. Si se compara lo que sabe el hombre con lo 
que ignora, se verá que, por más sorprendentes que 
sean sus conquistas de conocimiento, es bastante re- 
ducido su dominio incuestionable. De esto echan ma- 
no los espíritus idealistas para autorizar sus hipótesis 
y teorías metafísicas y pragmatistas, en el vasto cam- 
po de lo desconocido. 

Resulta así que, si la investigación, como arte, es 
acción, la ciencia, como conocimiento, es finalidad 
El arte, medio el más vasto de que se dispone para 
investigar, así como para atender toda necesidad, to- 
da aspiración, para expresar, fijar o conseguir todo lo 
que se ve o se vislumbra, abarca extensiones ilimita- 
das para la acción. El artista no tiene que explicar 
ni comprobar dentro de su campo: a él le basta una 
intuición, una inducción, una emoción, una idea, una 
esperanza, para determinar un esfuerzo; pero si co- 
mo investigador quiere acrecer el dominio de la cien- 
cia, le es menester fijar una verdad de un modo 
concreto y apto para su comprobación. Sólo así po- 
drá incorporar sus conclusiones a la ciencia, y para 
eso mismo tiene que valerse de los recursos del arte 
recurso fundamental. 

Nosotros podemos concebir hombres y pueblos sin 
ciencia, y aun sin formas de investigación científica, 
sin industrias ni comercio; mas no podemos conce- 
birlos sin arte, por rudimentario que sea. 

Llega un instante en que la verdad científica y el 
recurso artístico se traban y confunden de tal modo, 
que es difícil determinar la línea de separación entre 
ambos dominios. En la experimentación preparatoria 
de los laboratorios, el investigador va utilizando el 
conocimiento, a la vez que el recurso artístico, y se 
vale de lo uno y lo otro para ampliar el conoci- 

[34] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



miento. Se comprende que muy poco podría hacerse 
con el propio conocimiento si no estuviera allí el re- 
curso artístico para utilizarlo, para aplicarlo. 

Lejos de tratarse, pues, de entidades independien- 
tes, no ya rivales, se trata de un mismo recurso esen- 
cial y el hombre se apoya tanto en la ciencia como 
en las variedades múltiples del recurso artístico, en 
todos los grados de su evolución, y en su marcha 
progresiva de avance no puede abandonar ese recurso, 
porque no tiene otro mejor para la acción. Dentro 
del circuito de la ciencia, nada más hay que hacer, 
como no sea utilizar, aplicar el conocimiento. 

No hay medio más seguro ni fecundo para dirigir 
la acción que el conocimiento, es decir, la ciencia, por 
más que los ilusos prefieran fundar la acción en la 
quimera; pero no está de más advertir que cuando 
los hombres increpan a la ciencia, en realidad solo 
increpan al intento científico. La ciencia no es más 
que la comprensión de la realidad, y como la reali- 
dad es soberana, la ciencia, como la realidad, están 
por encima de nuestros errores. 

Si creyéramos en un ideal absoluto, pensaríamos 
que nada nos acerca a él como el saber, es decir, la 
ciencia. 



III. EL ARTE ES FUNDAMENTALMENTE ÚTIL 

El dictamen de que el arte es una superfluidad, 
como el juego, ha arraigado en la opinión. En la in- 
teligencia de que el arte y, la estética se identifican, o 
sea de que el arte es el culto de la belleza, y que la 
belleza es una entidad puramente objetiva y mirífica, 
se ha llegado a pensar que el arte es superfluo. 



[35] 



PEDRO FJGARI 



Spencer, siguiendo la vía de Kant y de Schiller, a 
este respecto, desarrolla su teoría sobre la base de 
que el arte y el juego son formas de aplicación de 
las energías sobrantes del organismo. Según él, las 
energías que no tienen aplicación a los fines vitales 
del organismo, por estar ya satisfechos, se aplican 
indistintamente al arte o al juego. 

No he podido encontrar, por mi parte, una prue- 
ba concluyente acerca de si lo que este filósofo equi- 
para al juego es el arte o el culto de la belleza, pero 
todo hace pensar que es una y otra cosa, desde que 
se les mantiene identificados, y así lo han compren- 
dido algunos de sus críticos y comentadores, según 
hemos podido verlo. Por lo demás, esto parece resul- 
tar de sus artículos sobre la gracia, lo útil y lo bello, 
origen y función de la música, y otros que se han 
compilado en su libro Essais sur le progrés, y es de 
ese punto de vista que vamos a considerarlo. 

Si se observa con algún detenimiento la natura- 
leza del juego, se verá que éste no es un medio de 
acetan, sino un fin orgánico. Aun cuando sea exacto 
que el organismo aplique al juego las energías de 
exceso, tal cosa no presupone que sea el juego un 
medio } sino más bien una necesidad, una subnece- 
sidad, por atenuada que sea, y, en consecuencia, debe 
reputársele como una finalidad a satisfacer, más bien 
que como un recurso de acción. 

Las energías sobrantes no se pierden, sino que en- 
gendran nuevas necesidades, — lo subnecesario su- 
cesivo, progresivo — , y el arte, vale decir, el arbitrio 
de la inteligencia, acude a satisfacerlas, como antes 
satisficiera las más premiosas De modo que el juego 
debe considerarse más bien como un esparcimiento 
cada vez más requerido a medida que se intensifica 



[36] 



Arte, estética, ideal 



la vida mental, si acaso no es una manera de man- 
tener el equilibrio de la economía orgánica. En am- 
bos casos se ofrece, pues, como una necesidad, una 
finalidad, por más relativa que ella sea. 

El animal que retoza, el gato que finge una caza 
con la bola de lana, el perro que simula una lucha 
o una persecución, emplean sus medios de acción 
para regocijarse o para desentumecer sus músculos. 
El goce o provecho que emergen de estas formas de 
acción, son el fin del esfuerzo; luego, no es la fina- 
lidad el esfuerzo mismo. El que juega al billar o 
al ajedrez pone también sus medios de acción y sus 
recursos de inteligencia a contribución, para procu- 
rarse un solaz. Hasta podría decirse que el mismo 
amor propio que exhiben indefectiblemente los juga- 
dores, es una prueba de que aplican su intelecto al 
juego; y hasta en los propios juegos de azar, se trata 
también de triunfar por arbitrios intelectivos, aun 
cuando supersticiosos, de la propia fatalidad de las 
soluciones. Nada es más grato al jugador que cons- 
tatar su "buena suerte". 

La finalidad no es, pues, el juego en sí, en su faz 
objetiva, sino la excitación que de él se deriva; y es 
así que los jugadores acostumbrados a recibir tales 
excitaciones, se dan cuenta, cada ve2 más, de que para 
ellos es una necesuiad. bien que reducible, como para 
los morfinómanos la inyección estimulante. No es el 
fin del juego, repito, el esfuerzo que a él se aplica, 
sino el estado mental que procura. El hombre, al 
servirse del perro rastreador, v. gr., o del caballo de 
carrera, que se impacienta por correr y alcanzar la 
línea del triunfo, saca partido de las aptitudes pecu- 
liares de estos animales para procurarse un solaz, que 
es una variedad de lo necesario; y es tan cierto, por 



[37] 



PEDRO FIGARI 



otra parte, que aprovecha de las aficiones de estos 
animales, que, en ciertos momentos, ni podría de- 
cirse si es mayor el goce que experimenta el cazador 
o el "sportsman", que el de los propios animales cuyas 
aptitudes se explotan. Todo esto presupone que hay 
una finalidad a que se aplica el juego mismo, y es 
la satisfacción de una demanda orgánica. 

Aun admitiendo, pues, que el juego se determine 
por causa de las energías que sobran, una vez satis- 
fechas las necesidades más imperiosas, no puede afir- 
marse que el juego o el arte, indistintamente, son 
una forma de empleo de las energías de exceso, sino 
más bien que, cumplidas las necesidades mas estric- 
tas, surgen nuevas necesidades: desarrollos, prolon- 
gaciones, evoluciones de lo más premioso necesario, 
y el arte, como arbitrio de la inteligencia, procura 
un medio de ingenio, ya sea un juego u otra distrac- 
ción, para satisfacerlas, como satisfizo las más es- 
trictas. Lo útil, a su vez, tiende a convertirse en ne- 
cesario. El "confort", v. gr, es para muchos una 
necesidad tan sentida, que no podrían dejar de aten- 
derla sin menoscabo de su propia tranquilidad. 

Me parece más exacto afirmar entonces que el 
juego es arte aplicado a servir las necesidades secun- 
darias, sucesivas y progresivas del organismo, como 
es el solaz, tanto más útil cuanto concurra a deparar 
otros beneficios también, como sucede con la es- 
grima, la gimnasia y el baile, v. gr., que procuran 
agilidad, fuerza o elegancia; pero lo mismo habría 
de pensarse aun sin eso, cuando se tratara del solaz 
por el solaz, que, al fin, no deja de ser una estimable 
aplicación de las energías de exceso. Se comprenderá 
que al decir todo esto me he referido al juego des- 
interesado, de puro entretenimiento, porque sí el jue- 



[38] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



go es de interés, se halla en igual caso que las es- 
peculaciones comerciales, en las que el ingenio artís- 
tico se aplica a prestar servicios de lucro. ¿Podría du- 
darse de la utilidad fundamental del arte, que con- 
curre a servir, de la mejor manera posible, las nece- 
sidades perentorias y las subnecesidades con igual su- 
misión? 

A medida que el hombre se eleva sobie la condi- 
ción de apremio, en que la necesidad primordial con- 
sume todas las energías orgánicas, surgen las subne- 
cesidades. el solaz, el confort, el lujo, y el hombre 
aplica su ingenio para colmar todo lo que se requiere 
por igual. Luego, no son pérdidas de energías, sino 
aplicaciones de energía. Entre el arte y la necesidad 
a que se aplica, hay, pues, la relación de medio a fin. 
Es la misma relación que hay entre el árbol y la flor 
o el fruto. Así, por ejemplo, no es arte una estatua 
de Fidias, un cuadro de Rafael, o un poema o una 
sinfonía musical: estos son frutos del arte, y mejor 
dicho aún, frutos de la inteligencia humana, del 
hombre, en una palabra. 

Lo expuesto nos permite afirmar, en oposición al 
concepto corriente, que el arte es esencialmente titih 
y que no puede dejar de serlo, porque es el medio 
mejor de seleccionar nuestra acción. Ni puede des- 
conocerse la utilidad de este recurso, aun cuando haya 
sido mal aplicado, por cuanto es un recurso insusti- 
tuible. Los errores cometidos en los dominios del 
arte, por lo demás, no son imputables "al arte", sino 
al hombre que lo utiliza. Así como la vista y el oído, 
v. gr„ no dejan de ser útiles por más que nos hayan 
engañado, puesto que son irreemplazables, el arte 
tampoco deja de serlo, por igual ra2Ón. 

Cuestionar acerca de la utilidad del arte, tal como 



[39] 



PEDRO FIGARI 



lo concebimos, sería tan ocioso como hacerlo respecto 
de nuestros órganos esenciales: el corazón, el cerebro, 
ere ¿Que haría el hombre si no contara con el re- 
curso artístico? 



IV, INT£NTO DE CLASIFICACIÓN RACIONAL 

Cuando se entra a clasificar, y aun a denominar 
con adjetivaciones, — que es una manera de clasi- 
ficar — , lo más juicioso es hacer de modo que este 
"artificio" sea lo menos arbitrario posible, a fin de 
que no implique el desconocimiento de la realidad, 
de un modo fundamental por lo menos. Digo arti- 
ficio, porque no existe en la naturaleza, ni menos 
aún en el mundo psíquico, ese cuadriculado geomé- 
trico lleno de casilleros y divisiones al través del 
cual nos acostumbramos a observar los fenómenos 
externos e internos, dada nuestra inveterada costum- 
bre de dividir y subdividir categóricamente, aun las 
cosas menos apropiadas a esta forma de ordenamien- 
to Por más cómoda que sea una clasificación, de- 
bemos reconocer que siempre tiende a tronchar las 
soluciones de continuidad que presentan los fenó- 
menos naturales, lo cual ofrece el grave inconve- 
niente de hacernos ver a la realidad con separaciones 
imaginarias inexistentes, en vez de verla tal cual es. 

Aunque no parezca ser de gran importancia una 
denominación o una clasificación, es preciso que 
convengamos en que, a menudo, ellas producen 
efectos deplorables sí no se aplican con exactitud. 

Cuando se clasifica es preciso atender, principal- 
mente, a la naturaleza esencial de los hechos y fenó- 
menos que van a ser ordenados en nuestra mente, 



140] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



porque, de otro modo, en vez de facilitar su conoci- 
miento, vamos derechamente a desconocerlos 

No hay duda de que es difícil clasificar, con arre- 
glo a un criterio fundamental, especialmente lo que 
se refiere al arte humano, no sólo por cuanto este 
recurso es tan unitario como variado, sino también 
porque ofrece una movilidad tal, que las mismas 
manifestaciones se transforman por evolución y, a la 
vez, se ven transfiguradas según el punto de vista 
desde el cual se encaren, como las siluetas de un 
cuerpo irregular, así que giramos a su alrededor. Del 
punto de vista de la finalidad de los esfuerzos artís- 
ticos, no se ofrecen tampoco elementos caracterís- 
ticos estables ni esenciales La actividad artística se 
aplica a llenar necesidades y evoluciona, consiguien- 
temente. El esfuerzo, en cualquiera de los planos de 
la actividad artística, se encamina a servir al horhbre 
y a la especie. El termino normal del esfuerzo sería, 
pues, la satisfacción de lo necesario; pero, debido a 
que nuestra complexión evolutiva va modificando las 
necesidades humanas constantemente, resulta cada 
vez más difícil determinar la línea de intersección 
entre lo necesario y lo subnecesario, o sea lo útil; y 
dado, a la vez, que lo útil tiende a trocarse en nece- 
sario, se comprende que no es posible disociar estos 
conceptos definitivamente. 

;Qué es lo necesario? Si se considera necesario 
sólo aquello sin lo cual no se puede vivir, teórica- 
mente llegaríamos a la conclusión de que lo nece- 
sario es apenas alguna raíz nutritiva que permita 
llenar las funciones fisiológicas, indispensables a la 
vida. Pero si examinamos la realidad tal cual es, ve- 
remos que este concepto es inconsistente. Las mismas 
cosas que llamamos de "primera necesidad 1 ', no 



[41] 



PEDRO FIGABI 



siempre son indispensables para vivir, en el sentido 
estricto de la palabra, ni son las mismas en los di- 
versos pueblos y latitudes. Esto acusa, por si solo, 
que la palabra 'necesidad" no expresa el concepto 
concreto que parece expresar, sino tan sólo un con- 
vencionalismo ideológico, de simple relación, y re- 
sulta así que lo necesario es una entidad movible con 
relación al lugar y al tiempo, no ya con relación a 
cada pueblo y a cada ser. 

Si se intentara una clasificación tomando como ba- 
se lo necesario mas imperativo y lo que tiende a me- 
jorar nuestra condición, se vería también que no es 
muy consistente ni adecuada, por cuanto es difícil es- 
tablecer una división precisa, ni constante, al res- 
pecto. Fuera de los cambios que opera la evolución 
en el concepto de lo necesario^ veríamos que dentro 
del mismo orden de esfuerzo podemos dirigirnos a 
la vez en uno y otro sentido, esto es 3 a satisfacer lo 
imperioso necesario y lo subnecesario, vale decir, lo 
útil; y esta circunstancia hace aún más precaria una 
clasificación de tal modo encaminada. Esta división, 
si bien parece ofrecer una cierta estabilidad, y es más 
general, no responde a una esencialidad típica ni fir- 
me. No sólo el mismo orden de esfuerzos puede di- 
rigirse en ambos sentidos, sino que es una sola su 
finalidad: servir al hombre y a la especie del mejor 
modo posible. Todo el arte, lo mismo el industrial 
que el científico y hasta el que forma en las propias 
ramas denominadas "bellas artes", puede ser em- 
pleado en el sentido de dar satisfacción a una nece- 
sidad más premiosa, de igual modo que en el de 
satisfacer una menos premiosa. Una clasificación que 
no tome, pues, más que este antecedente como base, 
nos colocaría a cada paso en perplejidades. 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



Un criterio tal, si bien puede servir como punto 
de vista general para observar las proyecciones do- 
minantes del esfuerzo en el sentido de la dirección, 
no es bastante para fundar una clasificación, porque 
no hay en ese sentido nada que pueda dividirlo de 
un modo efectivo: lo que antes fue un esfuerzo en el 
sentido de mejorar, se trueca, al evolucionar, en es- 
fuerzo dirigido a la consecución de lo necesario. Todo 
lo que se refiere a la locomoción, a la higiene, al uso 
de maquinarias, etc., es cada vez más necesario, y 
viceversa, lo que antes fue de sentida necesidad, deja 
de serlo, o puede dejar de serlo al evolucionar Un 
ídolo, por ejemplo, del punto de vista de la represen- 
tación de la entidad teológica es, para el creyente, 
una obra de consecución de lo estricto necesario Para 
los que creen en la supervivencia, a pesar de la muer- 
te, ese ídolo que encarna a la divinidad con la que ha 
de congraciarse el creyente, es tanto o más necesario 
que una raíz nutritiva. Para aquel fidjiano que se dio 
muerte a fin de poder perseguir a su esposa y al 
amante fallecidos, el concepto de la otra vida era 
de una evidencia incuestionable, ¿Cómo podría, pues, 
negarse que la pintura y la escultura aplicadas a los 
fines religiosos, son para el creyente, por lo menos, 
artes necesarias, de estricta necesidad? Lo mismo pue- 
de decirse de estas artes aplicadas a los fines pedagó- 
gicos, v gr , o de la música militar, en cuanto tiende 
a estimular la bravura del soldado, y cuando se aplica 
a los fines de la disciplina; de la literatura, de la ora- 
toria, aplicadas a los fines sociales, políticos, econó- 
micos, etc. 

Se ve de este modo que todas las manifestaciones 
artísticas, si bien pueden tomar distintas orientacio- 
nes, en definitiva y esencialmente tienden a servir 



[43] 



PEDRO FÍGAR1 



al hombre y a la especie, quedando así unificadas en 
cuanto a la finalidad, a pesar de las diversificaciones 
que ofrecen como medios de acción. 

Llegamos así a la conclusión de que como lo ne- 
cesario se transforma constantemente, acompañando 
la evolución, no es posible fundar una clasificación 
tomando tan sólo ese punto de apoyo, inseguro y 
cambiante, tal cual es. Si pretendiéramos, por otra 
parte, mantener dentro de los cuadros rígidos e inmu- 
tables de una clasificación categórica la pluralidad de 
manifestaciones artísticas que se van transformando 
constantemente, no sólo intentaríamos una cosa im- 
posible, sino que ese intento deformaría el concepto 
de la realidad. Esto solo, demuestra que es inadecua- 
da una clasificación basada únicamente en la fina- 
lidad del esfuer2o, es decir, en su faz teleológica. 

Veamos ahora, aun cuando sea someramente, las 
clasificaciones más corrientes y admitidas. 

Bajo la denominación de bellas artes se compren- 
de generalmente a la arquitectura, la pintura, la es- 
cultura, la música, la literatura y la propia coreogra- 
fía. Éstas, con arreglo al criterio arbitrario usual, 
monopolizan la belleza, y no pierden su denomina- 
ción de "bellas" artes aun cuando se manifiesten — 
como ocurre con bastante frecuencia — bajo repre- 
sentaciones misérrimas. Quedan así implícitamente 
excluidas del dominio de la belleza las manifesta- 
ciones científicas y las aplicaciones científicas, lo 
mismo que lo que se ha dado en llamar anes meno- 
res: la cerámica, el cincelado, el mueblado, la orfe- 
brería, etc. 

Con arreglo a este criterio tan gratuito, el invento 
de Gutenberg, la concepción de Lamarck, la teoría 
de Darwin, la obra de Helmholtz, el descubrimiento 



[44] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



de Pasteur, el cálculo y la inducción de Leverrier, el 
vuelo de Blérior, la obra de Edison, el descubrimien- 
to de Hertz, el invento de Marconi no son bellas 
obras de arte, como las telas, los mármoles, y los 
trozos musicales, poéticos o literarios, o los mismos 
efectos coreográficos de puro relumbrón. Esta deno- 
minación, como se ve, ofrece el doble defecto de ex- 
cluir las propias obras superiores del arte humano, 
por un lado, y, por el otro, el de confundir bajo una 
denominación generosa, obras artísticas de distinta 
entidad. Parece que esta denominación hubiera sido 
inspirada en la falsa idea de que sólo merecen el ca- 
lificativo máximo las manifestaciones más frecuente- 
mente destinadas al boato y al solaz, como si esto 
acusara una preeminencia. Fuera de que tal criterio 
es arbitrario, se ofrece, además, en una forma ente- 
ramente precaria. Por lo menos, para que pudiera 
servir de base a una clasificación racional, sería pre- 
ciso que se estableciera previamente qué es la belleza, 
asunto sobre el cual nadie se ha puesto de acuerdo, 
y esto solo basta para ver que es insegura y expuesta 
a confusiones las más arbitrarias, aquella adjetivación. 

Aun cuando admitiéramos que el arte y la belleza 
son un juego, una superfluidad, un lujo, como se ha 
supuesto, no dejaría de ser deleznable la referida cla- 
sificación de bellas artes en favor de algunas ramas, 
por cuanto estas mismas artes incluidas bajo tal deno- 
minación, no siempre se aplican al lujo, ni son siem- 
pre superfluas, ni siempre superiores, desde cualquier 
punto de vista que se las considere. La arquitectura, 
por ejemplo, tiende a ser cada día más un arte apli- 
cado a llenar necesidades positivas. El esfuerzo del ar- 
quitecto no se contrae ya, como asunto primordial, al 
estudio de las fachadas, sino más bien a un ordena- 



PEDRO FIGARI 



miento racional destinado a servir las necesidades a 
que responde la obra, y lo mismo puede decirse de 
la pintura y de la escultura, que tienden a mejorar y 
a adaptar la producción general a las necesidades a 
que se aplican, cada día dentro de un plan mas ra- 
cional. 

Una crítica análoga puede hacerse, con todo fun- 
damento también, respecto de la denominación de 
artes menores, que, como la otra, viene a confundir- 
nos, porque no se ajusta a la realidad Bajo esta de- 
nominación se comprende todo aquello que no se 
ofrece con la presuntuosidad de arte superior, si bien 
puede asumir verdadera importancia artística, como 
ocurre con los vasos, camafeos y figulinas griegas, y 
con obras congeneres admirables de todos los tiem- 
pos, incluidas, naturalmente, las manifestaciones de 
arte decorativo de nuestros días, las que van acen- 
tuando las cualidades más estimables de la produc- 
ción plástica, y pueden asimismo rivalizar, a veces, 
en cuanto a intensidad, con cualquiera otra forma de 
producción artística aplicada al boato y al solaz, sea 
cual fuere el criterio con que se las juzgue. Esta cla- 
sificación, que parece atenerse al tamaño de la obra 
más que a su calidad, tendría lógicamente que ex- 
cluir hasta a Ja caricatura, por más que pueda asumir 
dentro de su mínimo "volumen" la mayor intensidad 
y eficacia, lo cual implicaría estimular las condicio- 
nes menos estimables del esfuerzo. 

En todo tiempo ha habido cultores insignes de este 
género, — acaso el más estimulante; cuando se sabe 
esgrimir — , y los más grandes artistas plásticos, 
como Leonardo da Vinci y Goya, por ejemplo, no 
han desdeñado esa arma. Hoy día se cultiva la sátira 
caricaturesca por los más hábiles dibujantes, y hasta 

L46] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



se consagran a ella, por vía de especialización, verda- 
deios maestros del dibujo, con una agudeza admi- 
rable. 

El arte es un recurso que está al alcance de todos, 
por igual Cada uno hace con el misino recurso esen- 
cial, lo que le sugiere su intelecto. El genio hará mo- 
numentos imperecederos, y el necio hará tonterías, 
cualquiera que sea la rama a que aplique sus faculta- 
des. No cambia el aspecto, ni la importancia del es- 
fuerzo, el que se aplique a la ciencia, a la industria o 
a las artes plásticas Lo único que cambia su impor- 
tancia y su carácter es la entidad del esfuerzo, no la 
manera de exhibirlo 

Las denominaciones de artes útiles y de arte apli- 
cado, son igualmente criticables. En cuanto a la pri- 
mera, hemos visto ya, en uno de los parágrafos de 
este capítulo, que el arte es esencialmente útil y, por 
lo mismo, indivisible de este pumo de vista, y res- 
pecto de la denominación de arte "aplicado", resulta 
redundante, por cuanto el arte, como medio, debe 
estar siempre aplicado a una finalidad. No se con- 
cibe una forma artística, vale decir, deliberada y 
consciente, que no se aplique a un fin. Como se ve, 
estas clasificaciones son completamente arbitrarias. 

No siendo posible, pues, clasificar en el sentido de 
la dirección simplemente, por cuanto todo el arte se 
dhige en el mismo sentido, que es servir al hombre, 
y dado ¿jue todas las ramas artísticas pueden alcan- 
zar un grado máximo de intensidad, aun dentro de 
las propias formas que se reputan de arte inferior, es 
indispensable clasificar de modo que ninguna rama 
quede excluida de cualquier adjetivación que se 
adopte, como ocurre con las de artes útiles y bellas 
artes. Este criterio ofrecerá la ventaja de no separar 



[47] 



PEDRO FIGARI 



antojadizamente ningún orden de esfuerzos de la ór- 
bita mental de lo útil y lo bello (conceptos tan con- 
trovertidos, por lo demás, el último principalmente, 
si no en cuanto a su encomiástica acepción, sí en 
cuanto a su naturaleza esencial), y ofrecerá, a la vez, 
la ventaja de no amparar bajo una misma denomi- 
nación, como lo hace hoy día, manifestaciones de 
muy distinta importancia. 

Para encontrar puntos más positivos, si no más 
firmes y constantes, que sirvan de base a una clasi- 
ficación, — cosa que no puede esperarse, desde que 
el arte evoluciona — , debe tomarse primeramente 
en cuenta que hay una unidad esencial entre todas 
las manifestaciones artísticas, es decir, que todas ellas 
son faces diversas del mismo recurso; y, en segundo 
lugar, que todas las manifestaciones artísticas pueden 
presentarse en diverso grado de desarrollo, y esto 
ñas sugiere la idea de que la clasificación racional, la 
única tal vez, sería la que se basara en los grado* de 
evolución de cada serie de esfuerzos, en cada rama 
artística. Tomando así, tranversalmente, diremos, por 
oposición a la línea que describe la actividad artís- 
tica en su dirección, tendremos una idea respecto del 
grado de desarrollo a que ha llegado o a que perte- 
nece cada manifestación Es claro que atenta la con- 
dición esencialmente evolutiva del hombre y de su 
arte, no es posible pretender que sean invariables los 
términos de cualquier clasificación íacional. Ten- 
drán siempre que referirse al lugar y al tiempo; pero 
esto, lejos de ser un inconveniente, es una ventaja, 
por cuanto toma cuenta de algo que es característico, 
vale decir, la evolutividad del arte* 

Podrían así establecerse, por ejemplo, tres grados 
en la evolución de cada orden de esfuerzos, el rudi- 



[48] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



mentmio, el técnico y el conceptuoso, sin perjuicio, 
naturalmente, de las subgradaciones que caben en 
cada una de estas designaciones generales, así como 
en la línea total desde lo más incipiente hasta lo ul- 
traconceptuoso. Bajo la denominación de arte rudi- 
mentario, podrían comprenderse todas las manifes- 
taciones artísticas inferiores, el tanteo grosero, inde- 
ciso, informe; bajo la de arte técnico, todas las for- 
mas artísticas ya ordenadas y sometidas a reglas, es 
decir, el arte más o menos mecani2ado, y bajo la de 
arte conceptuoso, estarían comprendidas las mani- 
festaciones superiores del esfuerzo artístico, en su faz 
de avance, de mejoramiento, de conquista. 

Manteniendo las designaciones corrientes, en cada 
orden de actividades escultura, pintura, poesía, ar- 
quitectura, etc., y lo mismo en cuanto ai arte cientí- 
fico: biología, física, química, mecánica, psicología, 
etc, se ofrecerían líneas de intersección, para dar 
una idea, aun cuando sea relativa, respecto del grado 
evolutivo en que se halla cada rama, y entonces se 
adjetivarían, no en cuanto a la dirección que toman 
simplemente, lo cual en sí poco o nada significa, 
sino también en cuanto a su grado de desarrollo, es 
decir, a su calidad e importancia. Esta manera de cla- 
sificar tendería, además, a impedir que se denomi- 
ne de igual modo a los más insignes poetas, dra- 
maturgos, pintores, escultores, escritores, cultores o 
aplicadores de la ciencia, que a los más ramplones. 
Hoy día se denomina de igual modo a un pintor 
adocenado que a un Rembrandt, a un autor de tri- 
vialidades teatrales, cuando no de payasadas obscenas, 
que a un Shakespeare, un Moliere o un Ibsen; a un 
burilador de frases de bajo vuelo, que a un pensador 



[49] 



PUDRO FIGARI 



profundo que concreta una síntesis fecunda en medio 
de los laberintos y nebulosidades del pensamiento 

En la parábola que recorre la obra artística, desde 
el paso inicial hasta el punto terminal científico, o 
sea el "summun", es que debemos buscar "ios grados 
de la evolución del arte", en la inteligencia de que 
todos los esfuerzos, en definitiva, tienden al mayor 
conocimiento. 

Si esta clasificación ofrece dificultades, — hay que 
reconocerlo — , por cuanto es siempre difícil califi- 
car con exactitud un esfuerzo artístico, no es por 
cierto mejor mantener las clasificaciones corrientes, 
que confunden en lo substancial, bajo una deno- 
minación común o falsamente adjetivada, los tanteos 
mas triviales con Jos del genio dominador, a la vez 
que excluye de la máxima adjetivación los científicos, 
los que, como quiera que se mire, son siempre más 
dignos de ser enaltecidos. Ningún esfuerzo puede 
superar en eficacia, al que se yergue victorioso en 
el campo del conocimiento. 

Lo mas fundamental es comprender a la realidad 
tal cual es, y no porque resulte más cómoda una 
clasificación a la cual nos hemos acostumbrado, ni 
porque pretenda ordenar geométricamente nuestros 
casilleros mentales, — los que nunca se desordenan 
tanto como al ponerse en desacuetdo con la reali- 
dad — , habrá de convenirnos. Nada es peor que lo 
arbitrario, cuando se intenta clasificar. Por lo demás, 
limitar dentro de líneas rígidas y artificiosas una 
realidad incontenible, en todo sentido, por su poder 
expansivo, soberano, vanado, libre, libérrimo, y to- 
davía de carácter evoluciona!, es guardar agua en 
un cesto. 

No han contribuido en pequeña parte, segura- 



do] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



mente, las falsas denominaciones y clasificaciones 
usuales, en el intrincado desorden en que se hallan 
hoy todavía las cuestiones que se refieren al arte hu- 
mano. Éstas han desconocido lo que es más esencial, 
vale decir, que lo necesario y lo útil cambian pro- 
gresivamente, con relación al lugar, al tiempo y a 
múltiples circunstancias y accidentes, y es así que se 
han involucrado dentro de lineas fijas las peculiari- 
dades más inconstantes de cada rama artística, ten- 
diendo a confundir los esfuerzos ínfimos, mecani- 
zados por la rutina y la técnica, con los más concep- 
tuosos, y desconociendo con soluciones de continuidad 
mentales, el carácter esencialmente unitario de las 
manifestaciones del mismo recurxo esencial Como 
quiera que se observe, se vera que, si bien ofrece el 
arte una gran variedad de modalidades, estas se pre- 
sentan, no obstante, sin solución de continuidad, en 
todos los campos, dentro de lo que podríamos lla- 
mar zonas de esfumacion, que acusan inequívoca- 
mente la indivisibilidad de este recurso siempre so- 
metido a servir al hombre. Si hay algo que no debe 
descuidarse, es precisamente esa movilidad incesante 
que ofrece este recurso, este recurso unitario, el cual 
se transforma de tan innumerables maneras cuantos 
sean los puntos de vista desde los cuales se le exami- 
ne. Ante todo hay que dar cuenta de esta gran pe- 
culiaridad de las manifestaciones artísticas. 



[51] 



PEDRO FIGARI 



III 

EVOLUCIÓN 



I. EL HOMBRE SE SIRVE DEL ARTE COMO DE UN 
MEDIO INCONDICIONAL DE ACCIÓN 

La necesidad (llamamos necesidad a todo lo que 
se demanda ), y el arte, de que nos valemos para 
darle mejor satisfacción, se correlacionan de tal 
modo, que sería imposible desligarlos. No se conci- 
be la subsistencia de una necesidad sin el órgano o 
el recurso encargado de atenderla, así como no se 
concibe a éstos sin su respectiva finalidad Se pre- 
sentan de tal moda vinculados, que a menudo es di- 
fícil determinar si precede la necesidad al recurso, o 
el recurso a la necesidad. Debemos creer que por lo 
común ocurre lo primero, si bien es cierto que cada 
nuevo recurso, como cada conquista de conocimien- 
to, determinan, a su vez, nuevas necesidades. Así 
como la telegrafía engendró la necesidad de la ra- 
pidez, sobre todo en las transacciones mercantiles y 
en las operaciones militares, la higiene engendró la 
necesidad de la asepsia y del confort; los explosivos 
la necesidad de los blindados; la mecánica, la física 
y la química la necesidad de abaratar los productos 
industriales: la radiotelegrafía la necesidad de ga- 



[52] 



ARTE, BSTÉTICA, IDEAL 



ranttzar más la segundad de la navegación, etc., etc., 
a medida que han ido evolucionando las necesida- 
des, el arte ha evolucionado también para servirlas, 
de tal modo que las manifestaciones artísticas apli- 
cadas a atender un mismo orden de necesidades, en 
muchos casos se nos presentan transfiguradas. 

Si nos representamos mentalmente la vida hu- 
mana en sus comienzos, no será menester que agu- 
cemos la imaginación para comprender que las ma- 
nifestaciones iniciales de la inteligencia debieron 
aplicarse tan torpe como exclusivamente a satisfacer 
las necesidades más premiosas: la nutrición, la de- 
fensa individual, el abrigo, etc. Esta forma de arte 
incipiente, rudimentaria como todo esfuerzo inicial, 
debió caracterizarse por su índole positiva, es decir, 
por su empeño en adaptar lo más posible cada acto 
a su fin natural 

Sería muy instructivo conocer la etapa que prece- 
dió al propio habitante de las cavernas, y seguir 
paso a paso al hombre hasta que descubrió el fuego, 
domesticó a los animales e inició la agricultura, el 
comercio y la navegación en sus propios tanteos 
primitivos más groseros. Tal conocimiento tendría 
tanto más interés cuanto más se internara en los 
tiempos Si pudiera verse en toda su extensión el es- 
fuerzo realizado en el maravilloso laboratorio de las 
formas biológicas, cuyos misterios comienzan a pe- 
netrarse; si pudiera abarcarse la paciente y pertinaz 
obra operada por la célula, en millones de años, y 
seguir el proceso hasta que se construyeron las for- 
mas complejas que conocemos, se vería que la reali- 
dad supera a las proezas de la imaginación más fan- 
tástica. ¡Quién sabe qué vías recorrió el precursor 



[53] 



PBDRO FIGARI 



del hombre, y eí hombre mismo, antes de llegar a 
la flecha y a la propia hacha amigdaloide! 

Hoy sonreímos compasivamente al ver los ejem- 
plares de las toscas obras que idearon y construyeron 
nuestros antepasados; mas, a no dudarlo, debieron 
constituir entonces un verdadero acontecimiento, co- 
mo los que más nos enorgullecen hoy día. El hacha 
debió mirarse a la sazón como un instrumento su- 
perior, de una utilidad incuestionable. Hasta parece 
haber sido objeto de un culto especial. ¿Con qué 
razón, pues, podríamos renegar de esa conquista del 
arte humano, si fue quizá tanto o más importante 
para el hombre primitivo, como lo son para nos- 
otros las más sonadas obras modernas, el propio 
aeroplano y el monornel? Sin ir tan lejos, hoy que 
nos vamos acostumbrando al automóvil y que a to- 
dos nos seduce ya la posibilidad de volar, sonreimos 
también al contemplar los primeros vehículos de- 
bidos al ingenio humano. Cierto que los avances 
progresivos del arte operan transformaciones asom- 
brosas, mas no por eso debemos desconocer la im- 
portancia, no ya la calidad artística de los pasos 
iniciales, por tímidos que sean, pues que constituyen 
la antecedencia, el basamento, la causa misma de 
nuestros progresos. 

Ahora, que hemos llegado al poema conceptuoso, 
a las variadas y primorosas manifestaciones litera- 
nas, musicales, pictóricas, escultóricas, a las deslum- 
brantes maravillas del ferrocarril, del barco y del su- 
mergible, del automóvil, del linotipo y la radiotele- 
grafía, del aeroplano, etc., hoy, que poseemos los re- 
cursos de la higiene, de la bioquímica, de la cirugía, 
y que se han operado tantos progresos en las ramas 
científicas y en sus aplicaciones a las industrias, a las 



[54] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



instituciones sociales, políticas y económicos, nos re- 
sistimos a pensar que aquellos pasos tan primitivos 
estaban admirablemente encaminados, no ya que fue- 
ron la piedra angular en que se asienta nuestra cul- 
tura; pero si consideramos que el esfuer7o realizado 
en una sola centuria es sorprendente y es cada vez 
más rápido, como toda progresión, si recordamos, 
v. gr., el correo del siglo pasado, no más, hoy que 
contamos con tan variados y eficaces medios de co- 
municación, veremos más fácilmente que todas estas 
conquistas descansan unas sobre otras, la posterior 
sobre las anteriores, hasta llegar a esos propios tan- 
teos groseros más incipientes, que sonrojan y abru- 
man al espíritu idealista, soñador, y veríamos que 
los mismos errores han contribuido a operar la 
evolución. 

Como quiera que sea, no puede negarse que la 
primera flecha, como la primer hacha, la primera 
piragua, el primer fusil, el primer cañón, el primer 
vehículo, la primera imprenta, el primer ferrocarril, 
el primer automóvil, el primer aparato para volar 
fueron acontecimientos igualmente admirables e 
igualmente destinados a provocar una sonrisa de 
desdén, después de habernos llenado de asombro y 
de orgullo, y no sin antes haber chocado a nuestra 
incredulidad, como una audaz locura Este proceso es 
invariable. 

El arte ha evolucionado y sigue evolucionando 
como una consecuencia de la evolutivtdad del hom- 
bre, a quien acompaña incondicionalmente en todas 
las formas de su actividad. Primero fue rudo, apli- 
cado a la más directa consecución de lo que era 
indispensable para la conservación del organismo» y 
luego se ha ido transformando a medida que el 



[55] 



PEDRO FIGARI 



hombre aumentó su complejidad, hasta llegar a las 
formas más trascendentales de nuestros días 

Si no fueron el utensilio, el arma, el fetiche, los 
pasos iniciales del arte humano, son, por lo menos, 
los que se nos ofrecen a nuestra imaginación en el 
terreno conjetural en que cae esta etapa; pero no ha 
tardado mucho quizá ese mismo arte embrionario 
que, trasmutándose, ha asumido la admirable mul- 
tiplicidad de formas que nos desconciertan y nos ofus- 
can, al extremo de hacernos desconocer su carácter 
más esencial; acaso, digo, no se tardó mucho en 
reservar los utensilios y armas mejor construidos, 
como ejemplares superiores a su fin inmediato, que- 
dando así segregados del uso corriente. Debió evitar- 
se lanzar, quizá, una flecha bien tallada, salvo el 
caso de imperiosa necesidad, naturalmente; y si 
fuera así, esto ya podría considerarse algo de lo propio 
que llamamos con rumbosidad "obra de arte", vale 
decir, lo que halaga nuestra vanidad y nos solaza, 

A medida que una mayor complejidad ha de- 
terminado nuevas necesidades, el ingenio humano, 
puesto a contribución, ha debido realizar un mayor 
esfuerzo, y las obras mejor construidas han quedado 
como arquetipos, separadas del fin que las subordi- 
naba a la satisfacción de una exigencia más peren- 
toria. Estas obras han debido estimarse por encima 
de su aplicación francamente utilitaria 

Apenas quedaron satisfechas las necesidades más 
vitales, debieron subseguir otras necesidades sucesi- 
vas atenuadas, cada vez más atenuadas, lo subnece- 
sario: el ornato personal, el templo, la vivienda, etc.; 
y el arte se ha utilizado como el mejor medio de 
darle satisfacción. 

Primeramente el lenguaje, que acaso fue monosi- 

C5Í3 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



lábico, como el de ciertas tribus australianas, 'con- 
sistente en gritos comparables a los de los anima- 
les", según afirma Messenger Bradley, 1 y acaso me- 
nos, en simples gruñidos, debió aplicarse a servir 
los fines más estrictos de la vida, hasta que una cul- 
tura más avanzada y conceptos más generales los 
sustrajeron en parte de esa subordinación directa a 
las necesidades premiosas, para expresar ideas más 
impersonales y más complejas. Lo mismo debió ocu- 
rrir con todas las artes* la arquitectura, la música, 
la poesía, la literatura, la oratoria, etc.; y así en esa 
vía, las artes fueron independizándose de algún 
modo, de su misión fundamental de satisfacer las 
necesidades premiosas, para satisfacer también las 
subnecqsidades. 

Si pudiera conocerse la vía recorrida, arrancan- 
do de los mismos tiempos más remotos de que te- 
nemos noticia, se vería, por un lado, que el arte fue 
un día fabulosamente rudimentario y, por el otro, 
que su desarrollo fue progresivo. Una incursión en 
aquellos tiempos, nos suministraría preciosas ense- 
ñanzas de carácter positivo. Se comprendería enton- 
ces por qué algunas artes se han desviado tanto, por 
sendas alejadas de su fin natural, y por qué tienden 
ahora, después de tantos siglos, a ajustarse otra vez 
a su verdadera misión, como antes. 

Después de tanto desvío, empieza recién a albo- 
rear un espíritu racional artístico, es decir, el mismo 
que inspiró al hombre más primitivo, y a las pro- 
pias especies inferiores. En la arquitectura, por 
ejemplo, hubo días, ^ué digo! largos siglos; en que 
el mayor esfuerzo se aplicó en un sentido puramente 



1 N. Joly Uhomme avant les métaux, pág 303. 



[57] 



PEDRO FIGARI 



fastuoso al culto de la divinidad, al de ía muerte, al 
de la autoridad, en otras palabras, a lo fantástico y al 
boato; y el hombre y el pueblo quedaron relegados. 
La arquitectura monumental requirió el concurso es- 
cultural y el pictórico, como elementos complementa- 
nos, probablemente, y de ahí, de la decoración mu- 
ral y del bajo relieve debieron nacer quiza el cuadro 
y la estatua, con el carácter que asumen desde antes 
del clasicismo griego hasta nuestros días 

La. música y la poesía tomaron un camino pa- 
ralelo. Las formas místicas puede decirse que las 
monopolizaron. 

Si no fuera por el genio de Gutenherg y sus suce- 
sores, hoy mismo la poesía y la música serían, quizá, 
un privilegio de las cortes, un incienso más en los 
templos erigidos a los más huraños y esquivos dioses. 

El arte no ha dejado de acompañar al hombre 
hasta en sus propios extravíos. Si se observa la mar- 
cha general artística, se verá que los pueblos han 
aplicado su arte para construir civilizaciones, y que 
con su arte se han determinado las decadencias. El 
hombre ha dirigido su arte en el sentido de sus ne- 
cesidades, de sus ideas, de sus aspiraciones, sean las 
que fueren, y lo mismo para la guerra que para la 
filantropía; para luchar en un sentido investigatorio, 
como para abandonarse a la fe en lo sobrenatural; 
Jo mismo para construir templos que prisiones e 
instrumentos de tortura; para consolidar la autori- 
dad, como para combatirla; para amparar, lo mismo 
que para seducir; para luchar, para solazar, para lo 
estético, para lo inestético, para lo moral, para lo 
inmoral. El arte ha glorificado a los ídolos y dioses 
más extravagantes y más contradictorios, y con igual 
unción plasmó al fetiche o al tótem más grosero, 



E58] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



que a Hércules, a Osiris, a Buda, a Cristo. Del 
mismo modo que los cazadores del período magdaíe- 
niano plasmaron al reno y al bisonte, los egipcios, 
los caldeos, los asinos y los genios del Renacimiento 
plasmaron a sus dioses. 

Es que el arte no es una entidad extraordinaria, 
sino un recurso ordinario de acción, y así es que se 
le ve acompañar al hombre en todas sus direcccio- 
nes. Si la ética y la estética, la moral y la religión 
han influido en las manií estaciones artísticas, es 
porque influyeron en el hombre, que utiliza dicho 
recurso para todo, y siempre que se han determina- 
do nuevas direcciones en la actividad, el arte se ha 
plegado a servirlas con la misma docilidad con que 
obedece el músculo, con la misma solicitud con que 
el instinto protege al organismo. Se ve así a la ar- 
quitectura, la escultura, la pintura, la música, la li- 
tei atura, la poesía, las industrias y la misma inves- 
tigación científica, seguir siempre las orientaciones 
del pensamiento, incondicionalmente, servilmente. 

Es lógico, pues, que al estudiar la evolución del 
arte se investiguen las causas y factores que lo han 
determinado. La historia del arte humano es la his- 
toria del hombre. Cuando se habla de tales o cuales 
civilizaciones, parece que se quisiera imputar a éstas, 
como entidades objetivas, los efectos favorables o 
perniciosos que se han experimentado, siendo así que 
los elementos que intervinieron son un efecto de la 
mentalidad productora Ni es tampoco el que los 
hombres sean más o menos malos o más o menos 
buenos, lo que determina sus formas de acción, sino 
su estructura mental, sus orientaciones más o menos 
apropiadas a la convivencia social y a los intereses 
de la especie, dentro de la evolución natural 



[59] 



PEDFvO HGARI 



El arte no puede ir contra el hombre, dado que 
es obra de sí mismo, de su inteligencia. Al contrario, 
ío acompaña con toda sumisión, tanto para cultivar 
sus relaciones con la tradición —que es su propia 
estructura — cuanto para rectificarse por el conoci- 
miento La evolución se opera, pues, de un modo 
necesario sobre el fondo tradicional) a la vez que ese 
fondo se va rectificando constantemente. 

Si se estudia la marcha de la actividad general en 
todas las épocas y en todos los pueblos, se verá que 
hay substancialmente dos lineas fundamentales, pro- 
minentes, como guías reguladoras, la tradicional 
(supersticiosa, religiosa, sentimental) y la racional 
(intelectiva, cognoscitiva, científica). La primera, 
que podría llamarse tamben sentimental, se carac- 
teriza por el culto al pasado, y la otra por el espíritu 
de investigación. La orientación sentimental resulta 
pasiva, por cuanto se apoya fundamentalmente en 
los prestigios del pasado, que magnifica como lo 
mejor, en tanto que la otra, la orientación racional 
como manifestación investigatoria, es combativa, por 
cuanto intenta ampliar los dominios del conocimien- 
to, libre de reatos y prejuicios. En el orden evolutivo 
ocupa un puesto de precedencia la primera, dado 
que las manifestaciones sentimentales han debido 
anteceder necesariamente a las intelectivas. Es pre- 
cisamente sobre ese fondo acumulado por la tradi- 
ción, que se evoluciona y se mejora la condición del 
hombre y de la especie. La necesidad natural de evo- 
lucionar ha ido acentuando invariablemente las for- 
mas racionales de acción, como más fecundas y pro- 
misoras, y es así que podemos ver hoy dta ya, cada 
vez más vigoroso el espíritu de investigación, cada 
vez más triunfal la aspiración al conocimiento* 



[60] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



Por más profundo que sea el apego a la tradición, 
que es nuestra esencia misma, la aspiración al mejo- 
ramiento ha inducido a investigar, y de ese modo 
es que la actividad general ha debido encaminarse 
ineludiblemente en el sentido de las aspiraciones del 
hombre, de sus necesidades y de sus anhelos. Al es- 
tudiar la evolución artística, veremos que el esfuer- 
zo se encarrila en las dos vías cardinales a que nos 
hemos referido: la sentimental y la racional. La pri- 
mera se caracteriza por la supersticiosidad y la reli- 
giosidad, — formas típicamente sentimentales, que 
se las ve guiar el esfuerzo tanto más fundamental- 
mente cuanto más nos internemos en los tiempos 
pasados — , y la segunda, por la investigación, en el 
sentido del conocimiento. A ésta, o sea la racional, 
se la ve destacarse tanto más cuanto más avanzamos 
hacia nuestros días 

Estudiaremos, pues, separadamente ambas influen- 
cias en la evolución general, con la brevedad posible. 



II. EL FONDO TRADICIONAL 
I TEMOR DE LA MUERTE 

Hay que confesar que el hombre, el rey de la 
"Creación", ha perdido esa beatitud, esa serenidad 
que campea en el reino inferior animal; y hace ya 
tiempo que la ha perdido Así que abrió su intelecto 
a la duda, apenas se formuló una interrogación so- 
bre el significado de la muerte, la paz se alejó de su, 
espíritu. 

Desde la más remota antigüedad viene preocu- 
pando el "problema' de la muerte. Hombres emi- 



[61] 



PEDRO PJGARI 



nemes, filósofos ilustres, todos han considerado este 
asunto como el más capital, y todo el que medita al 
respecto, predispuesto como está por la sugestión tra- 
dicional, se siente invadido por dudas torturantes, 
cuando no atribulado por visiones terribles. No hay 
un pensador, tal vez, a quien no haya interesado 
esta cuestión, y algunos espíritus selectos, al consta- 
tar su impotencia, hasta han llegado a culpar a la 
ciencia de no haber encontrado la solución en el 
sentido que se desea, con igual razón con que pu- 
diera culpársela de los eclipses y de las sequías 
¿Podría acaso el hombre, por su ciencia, transformar 
a la naturaleza ? Renegar de la ciencia por eso, equi- 
valdría a repudiar nuestra conciencia, nuestros sen- 
tidos, porque no nos hacen ver y palpar lo que 
anhelamos. 

Se dice que el temor a la muerte es instintivo. 
Nosotros pensamos que es una consecuencia, más 
bien, del amor a la vida. Nos parece que ese "doble 
instinto" el amor a la vida y el horror a la muerte, 
deben considerarse como uno solo, el instinto vital. 

El horror a la muerte, por lo demás, no es una 
manifestación normal del instinto fundamental que 
rige y gobierna a los organismos, sino más bien una 
psicosis, un desarreglo del instinto, que lo anorma- 
hza. Lo instintivo es amar la vida. Los animales in- 
feriores, por mas que no debamos suponerlos anima- 
dos de ese horror, aman asimismo la vida y la de- 
fienden empeñosamente. Debemos suponer, pues, que 
esa fobia de la muerte es más bien una manifesta- 
ción morbosa del instinto natural, y esa es la causa 
de la "desarmonía" del instinto. 

Si bien no puede concillarse el desdén por la muer- 
te con el instinto vital, porque son contradictorios, es 



[62] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



posible, no obstante, conciliar el amor a la vida con 
la resignación respecto de un fenómeno tan natural 
como es la muerte, es decir, con la conformidad 
normal con que deben acatarse las leyes de la natu- 
raleza. La mayor inteligencia del hombre, su con- 
ciencia más informada, no deben considerarse una 
desventaja o un mal, sino cuando nos hallemos extra- 
viados. Por otra parte, si hiciéramos un recuento de 
todo lo que contraría nuestro instinto, fuera de la 
muerte, veríamos que a cada paso se limitan nues- 
tros anhelos; y «.podría por esto decirse que la vida 
no es un. bien? 

Lo que nos perturba para encarar este fenómeno 
natural, es nuestra predisposición a la quimera La 
leyenda nos atribuye destinos inmortales y miríficos, 
que halagan nuestra vanidad, y nos cuesta apearnos 
de tan alta alcurnia, por más que todo en la natu- 
raleza nos este diciendo que la muerte es la termi- 
nación de la vida. Pasar de tan ilustre linaje a la 
condición de simple organismo terreno y mortal, 
emparentado con los demás que hemos considerado 
hasta aquí como radicalmente distintos e inferiores, 
es colocar al hombre en la triste condición de un 
dios caído. 

Aun cuando se pobló el caos de la inmortalidad 
con visiones dcmonomaníacas, acostumbrado el hom- 
bre a contar con la supervivencia, le lisonjea todavía 
la esperanza de asistir a la eclosión de un mundo 
lleno de maravillas que, a estar a la leyenda, debe 
ofrecerse en el propio instante en que cesa la vida. 
No arredran llamas ni tizones, a condición de admi- 
tir la inmortalidad, acaso confiados en que algún 
subterfugio bastara para exonerarse del tributo exi- 
gido, con todo pretexto, por la arbitrariedad baálica 



[63] 



PEDRO FIGARI 



de los dioses. Lo capital es sobrevivir. ¡Como sí ios 
fuegos infernales no pudieran encender un ciga- 
rrillo! 

En el fondo mismo de todas las formas religiosas 
tan diversas, tan arbitrarias y contradictorias, siem- 
pre puede encontrarse el temor de <T la Muerte" con 
su guadaña horrenda, que inspira el sentimiento de 
la humildad y la mansedumbre en el hombre, vani- 
doso y terrible como un cañón, y que le hace caer de 
rodillas ante los dioses más implacables, peor que 
implacables, crueles, peor qué crueles, ilusorios Se 
quiere a toda costa la inmortalidad, y se la descuenta. 

Los que, desconcertados por las conclusiones cien- 
tíficas, se despechan y piden a la ciencia que evite 
tamaña decepción, — como si se tratara de una se- 
ñora de carne y hueso — , hacen lo propio que los 
niños cuando se enconan y castigan a un objeto con 
el cual se han lastimado. Cierto que la ciencia, que 
es la verdad, hace tan poco caudal de esas protestas 
despectivas, como la luna de las trovas que le diri- 
gen los soñadores. A nuestro juicio, hay, pues, más 
sabiduría en el optimismo de Pangloss, que en la 
rebelión de los despechados contra la realidad, que 
es nuestra causa y nuestro bien máximo, o contra 
la ciencia, que es la parte de realidad conocida por 
el hombre. 

Por una ironía, el hombre, el ser superior, el más 
inteligente, y entre los hombres los más ilustrados, 
no pueden sobreponerse a las cavilosidades que en- 
gendra, por causas ancestrales, este fenómeno natu- 
ral. Es el único huésped que se permite formular 
cuestionarios, y exige una contestación categórica, sin 
contentarse con lo que le dan. No le basta saber que 
vive, y que la muerte es el término de la existencia. 



[64] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



Esto no le satisface, porque, engañado por la leyen- 
da, quisiera saber también que tiene alguna misión 
ultraterrena que llenar, y se desespera cada vez que 
fracasan sus tentativas para demostrarlo. Una vez 
que encaró su individualidad como cosa sobrenatu- 
íal, le cuesta someterse a la idea de su disolución. 
Le parece que su yo es algo indestructible, de lo 
cual no puede prescindir la naturaleza, y ante la 
duda de que esto pueda no ser así, se desconsuela al 
constatar su impotencia, y se entrega rendido al 
culto religioso o se ensoberbece y protesta, cuando 
no proclama, con visos de serena meditación filosó- 
fica, que la existencia es un mal, sólo porque no se 
ajusta a sus idealidades. Bien conocidas son las con- 
clusiones pesimistas de Schopenhauer, de Hartmann 
y otros, que sostienen que la vida humana es un 
desastre. Felizmente, hay quienes, entretanto, inves- 
tigan, luchan y producen. 

Es sintomático que todas las disquisiciones filosó- 
ficas y religiosas se hayan encarado en favor exclu- 
sivo del hombre. Todos entienden por igual que el 
hombre es el único ser de la naturaleza con dere- 
cho a la inmortalidad. En esto también se pone de 
manifiesto su egoísmo, llevado hasta la egolatría. 
No se le ha ocurrido pensar que los primates, v. gr , 
puedan aspirar también a la inmortalidad, no ya los 
vertebrados inferiores, entre otros las pobres buenas 
bestias amigas y sumisas, que tanto nos han servido 
y nos sirven. Es nuestra propia individualidad lo que 
quisiéramos poner fuera de cuestión; ni siquiera a la 
humanidad. Si extendemos mentalmente a unos cuan- 
tos más ese privilegio, entre los cuales están siempre 
los seres queridos y amigos, no nos afligen por igual 
los destinos de ultratumba de los demás ejemplares 



[65] 



PEDRO FIGARI 



de la especie, como no nos preocupan sus destinos te- 
rrestres. Apenas se trate, no ya de nuestros enemi- 
gos, sino de simples desconocidos, de otros pueblos, 
de otras ra2as, transigimos con la idea de la anula- 
ción. El anhelo de la inmortalidad es menos al- 
truista y superior de lo que parece. 

Eí temor de la muerte ha obsesionado, a veces, 
consumiendo tristemente muchas existencias en una 
esterilidad insuperable. Las leyendas religiosas, siem- 
pre espeluznantes, han acentuado ese temor. Se ha 
atribuido a los dioses nuestras propias pasiones mag- 
nificadas, y, para aplacarlos, se han adoptado todas 
las formas del rito religioso, desde el más infantil 
hasta el más cruel, sangriento. De ahí que el hom- 
bre, supuesto rey de la creación, por su propia obra 
se ha trocado en archipámpano, labrándose a me- 
nudo una mísera existencia, de tal modo mísera, 
que hasta ha llegado alguna vez a envidiar la pro- 
pia condición de los seres inferiores, lo cual supera 
todo colmo de desconocimiento y de extravío. No 
se ha pensado que si ellos ofrecen la beatitud que 
acompaña al sometimiento a la ley natural, no es 
porque sea mejor su condición, sino porque su con- 
ducta es más lógica, en tanto que el hombre está 
empeñado, desde siglos atrás, en una loca rebellón, 
que le quita su equilibrio normal. Los propios fi- 
lósofos, con ser filósofos, en su ansiedad de descu- 
brir lo que hay más allá, pierden a menudo su cuota 
de bienes efectivos, sin advertir que sí no son insus- 
tituibles, pueden serlo por lo menos. Lo normal no 
es ni puede ser tal rebelión a las leyes de la natu- 
raleza. 

Tolstoy, azorado por el horror a la muerte, con- 
fiesa las angustias y aflicciones que lo han llevado 



[66; 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



a la fe, y afirma que la médula de toda creencia 
consiste en atribuir a la vida tal significado, que no 
pueda ser suprimido por la muerte. Esto denuncia 
la fobia, la necrofobia de los creyentes, más bien 
que el razonamiento dominador. Indudablemente es 
un signo de inteligencia el poder plantear, aunque 
más no sea, problemas de alguna trascendencia, pero 
es también indudable que si tal cosa implica hacer- 
nos desconocer y malbaratar los bienes de la exis- 
tencia, hasta podría discutirse la propia superioridad 
del hombre. Ese afán de inmortalidad que hace de- 
hrar, ese anhelo desmedido de sobrenaturaltdad, es 
como la luz que seduce a las mariposas nocturnas, 
la misma que les quema las alas. 

Por lo demás, ese horror que se quisiera mitigar 
por la fe, lejos de mitigarlo, lo acentúa, y se pierde 
así el propio bien de la existencia, grande y gene- 
íoso como es. Tampoco se trata nunca de una fe 
magnánima, optimista, con arreglo a la tétrica tra- 
dición. No se piensa en una vida plena, desbordante 
de delicias, sino triste y fría, la que tan sólo brinda 
una lúgubre inmortalidad. Se capitula, pues, a la sola 
condición de sobrevivir, cediendo a la presión de 
amenazas fantásticas, hechas a nombre de divinida- 
des terribles y rencorosas, tan poderosas como taca- 
ñas, que habiendo podido suprimir sufrimientos, 
castigos y torturas, los esgrimen con fanfarronería 
para atemorizarnos, en oposición a una realidad se- 
rena que nos abruma con sus evidencias, y se llega 
de este modo a sacrificar lo propio que deseamos de- 
fender: la individualidad. 

"La conversión véritable — dice Pascal — consiste 
a s aneantir devant cet Etre souverain qu'on a irrité 
tant de fois, et qui peut nous perdre légitimement á 



[67] 



PfDRO FíGARÍ 



toute heure; á reconnaítre quon ne peut ríen sans 
luí, et qu bu na riea ménté que sa disfrace. Elle 
consiste á connaitre quil y a une opposition invin- 
cible entre Dieu et nous, et que sans un médiateur 
íi ne peut y avoír de commerce". 1 

Este orden de ideas, que caracteriza al espíritu 
religioso, es suicida y, a la vez, humillante. Sólo por- 
que la idea de la disolución atormenta a algunos es- 
píritus como un mal máximo, es que pueden some- 
terse a tanta arbitrariedad; porque, de otro modo, 
para alcanzar la inmortalidad a ese precio, valdría 
más optar por la disolución o el castigo 

Esa misma quimera que deslumhra a los soñado- 
res, es» por lo demás, bien pobre cosa. Un alma erra- 
bunda en el éter, privada del consorcio del cuerpo, 
la que, en el mejor de los casos, no podría más de 
lo que pudo, — porque sería desatinado pensar que la 
muerte habría de darnos aún mayores atributos — , 
un alma así, desnuda, ¿de qué nos serviría ? Fuera 
y lejos de lo que amamos y conocemos, ;qué ha- 
ríamos que no nos anonadara de hastío y de aburri- 
miento 1 

Por otra parte, ¿qué alma es la que logra la in- 
mortalidad: la del párvulo, la del niño, la del adul- 
to, la del anciano desengañado, regañón y pesimis- 
ta? ¿Qué hacen eternamente esos 'Vertebrados ga- 
seosos", según la feliz locución haeckehana, los mi- 
llones, los billones, los tril Iones de escuálidos resuci- 
tados? Esas almas flotantes, que vagan triste y eter- 
namente, son, a la verdad, poco envidiables para 
cualquiera que lo piense un instante con despejo. El 
que haya logrado mirar la muerte como un simple 



1 Pascal' Pernees, pág. 97. 



[68] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



punto final, no trocaría ese concepto terminal tran- 
quilizador por esta fábula macabra. 

Sólo el concepto neo-zelandés de la superviven- 
cia integral — que es, en resumen, el concepto in- 
timo de todos los inmortalistas, es decir, una nueva 
vida con todos los elementos terrenos, con nuestros 
huesos y pasiones — podría halagar, lo cual corrobo- 
ra, una vez más aún, nuestro potente instinto vital, 
y nuestra subordinación subconsciente al mundo 
efectivo, a la realidad, a la vida, a todo lo que en 
vano se pretende desdeñar, por un miraje. 

Es tan absurda esta quimera, amamantada, en ple- 
na ignorancia, por nuestros antepasados, que no re- 
siste a ninguna crítica racional. "Dónde se encuen- 
tra ese más allá — dice J-feckel — y en qué consis- 
tirá el esplendor de esa vida eterna, he aquí lo que 
ninguna * revelación 1 1 nos ha dicho todavía. Mientras 
el "cielo" era para el hombre una bóveda azul ex- 
tendida sobre el disco terrestre y alumbrada por la 
lu2 de vanos millares de estrellas, la fantasía huma- 
na podía en rigor representarse allá arriba, en aque- 
lla sala celeste, el festín de los dioses olímpicos o la 
alegre mesa de los habitantes de Walhalla. Pero 
ahora todas esas divinidades y las "almas inmorta- 
les" sentadas con ellas a la mesa, se encuentran en 
el caso manifiesto de falta de alojamiento descnpto 
por D. Strauss; pues hoy sabemos, gracias a la astro- 
física, que el espacio está lleno de éter irrespirable, 
y que los millones de cuerpos celestes se mueven en 
él con arreglo a "leyes de bronce", eternas, sin tre- 
gua, y en todos sentidos, sometidos todos al eterno 
gran ritmo de la aparición y la desaparición". 1 

l E Haeckel. * Los enigmas ¿¡el Universo, t. II, pkg 
147, v. c. 



[69] 



PEDRO FIGÁRI 



El hombre cuenta con admirables recursos intelec- 
tuales, comparados con. los de las especies inferiores, 
pero si los aplica en contra suya, es claro que no re- 
sulta envidiable esta ventaja, ni aun para ellas mis- 
mas. Nosotros sabemos que en todo instante, por 
cualquier accidente externo o interior, puede sorpren- 
dernos la muerte; empero, si este conocimiento lo 
trocamos en cavilación, si esto nos obsesiona como 
una idea fija, caemos en la insania, y perdemos nues- 
tra superioridad. 

Casi todas las investigaciones filosóficas, sin em- 
bargo, mechadas por el viejo pujo teosófico, se han 
encaminado a comprobar nuestra propia inmortali- 
dad, como si esto fuera un hecho necesario, forzoso, 
ineludible. Puede decirse que los mayores esfuerzos 
se han aplicado en el sentido de la demostración de 
la verdad objetiva de nuestros prejuicios, más bien 
que en el de conocer la realidad, tal cual es, para 
ajustamos a ella. Entre tanto imperaron las influen- 
cias tradicionales, el hombre empeñó sus energías 
investigatorias para demostrar la efectividad de sus 
sueños quiméricos, más bien que en el de buscar la 
verdad objetiva, para atenerse a la misma. 

Si nos es dado, en nuestro esfuer2o de adaptación 
a la realidad, encontrar los elementos que puedan 
resultarnos más favorables, es un contrasentido, el 
más característico, tender al desconocimiento de lo 
que es, como si quisiéramos imponerle una condi- 
ción. Un propósito investigatorio así encaminado, 
inutiliza el esfuerzo, y por eso es que han fracasado 
tantos intentos en el campo de la metafísica apno- 
rística. Los sistemas se han sucedido los unos a los 
otros, conmoviendo por la sorpresa, diríase, para 



[70] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



caer luego en el olvido, o para suministrar, si acaso, 
recursos de puro lujo de erudición a los curiosos. 

Se ve así que esa preocupación tradicional ha in- 
fluido aun en los espíritus más esclarecidos, ;y 
cómo podría negarse, pues, que influyó también de 
manera poderosa en los demás, y, consiguientemente 
en las formas de la actividad general 

Es esto, precisamente, lo que nos hace considerar 
el viejo terror a la muerte como un factor de gran- 
des consecuencias en la evolución artística. 

Según Vogt y otros, es el horror a la muerte lo 
que ha generado el espíritu religioso Aun cuando no 
compartimos enteramente esa opinión, creemos, no 
obstante, que dicho temor es uno de los elementos 
que fundamentan ese sentimiento, tan difundido en 
la humanidad. Bastaría recordar la frase de Bossuet: 
"la resurrection des morts, cette precieuse consola- 
tion des fidéles mourants", 1 para ver que es por ahí 
donde es preciso buscar la etiología de la religiosi- 
dad; pero, de esto nos ocuparemos más adelante. 

A medida que se acusaron las formas imagina- 
tivas de la inteligencia, debió nacer primero la idea 
de un cambio de situación por la muerte, sin ex- 
cluir la de la continuación del ser, es decir, de la 
propia individualidad. La idea de la disolución ra- 
dical, definitiva, si acaso pudiera concebirse, re- 
quiere un esfuerzo imaginativo intenso, aun para 
vislumbrarse, porque la idea del ser está implícita 
en la propia cerebración. Nosotros no podemos, hoy 
mismo, disociar de la materia nuestra psiquis, nues- 
tro yo; no podemos concebir nuestros propios des- 
pojos en descomposición, separados por completo de 



1 Bossuet Orauons fúnebres, pág 70. 



[71] 



PEDRO FIGARI 



nosotros mismos, como concebimos los de un ter- 
cero respecto de ellos, y a éstos también, al verlos, 
estimulados por nuestro instinto capital, los asocia- 
mos a nosotros mismos, a nuestra propia individuali- 
dad, y por eso nos imponen y nos emocionan más. 
Si por ventura pudiera algún día concebirse la ce- 
sación integral del propio ser, esto exigiría un es- 
fuerzo mental tan extraordinario que nosotros no 
acertamos a imaginarlo siquiera. Se comprende así 
que la idea de la propia disolución definitiva no 
haya podido abrirse camino. 

Es tan sugerente el temor de la muerte, que los 
mismos que ven pasar a los vivos con tanta indife- 
rencia, se descubren respetuosamente cuando pasa 
un féretro. Es indudable que no se descubren ante 
el hombre, sino ante la muerte, ante el terrible ene- 
migo. Esto acusa que el hombre, por causa de los 
espejismos tradicionales, no se ha familiarizado aún 
con la ley natural de la disolución, que se correla- 
ciona con toda aparición, hasta en las formas inor- 
gánicas. El día que se haja comprobado de un modo 
irrebatible la identidad esencial que vincula a todos 
los organismos terrestres, se habrá adquirido la cer- 
teza de que la muerte -es simplemente la cesación 
de la vida, y el hombre habrá reconquistado su equi- 
librio normal. 

Si se observa la marcha de la evolución del con- 
cepto de la muerte, se puede ver, lo mismo en la 
faz histórica o filogenética que en la evolución in- 
dividual, o sea en la faz ontogenética, — lo cual 
significa una comprobación — , que esa línea ofrece 
los aspectos siguientes: 



[72] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



19 Inconsciencia de un cambio operado por la 
muerte. (Normalidad inconsciente). 
2 Q Supervivencia integral. 

3 9 Supervivencia del alma. (Concepto abstruso, 
de supuesta conciliación con las demostraciones de 
la realidad). 

4*? Idea de la anulación que nos conturba. 

5 9 Acatamiento a la ley común, por el que la 
muerte se presenta como cualquier otro fenómeno 
natural. (Normalidad consciente). 

El espíritu científico tiende a la normalización 
del instinto, deformado por la leyenda tradicional 
que atribuía a la muerte proyecciones fantásticas. 

II EGOCENTRISMO PRIMITIVO 

El temor a la muerte, por sí solo, no habría po- 
dido determinar el espíritu supersticioso, ni el reli- 
gioso, que tan hondamente invadió al hombre primi- 
tivo. Si ese temor no se hubiera manifestado dentro 
de la ilusión de que él era el centro y el objeto del 
universo, no habría pensado, como pensó siempre, 
que podía propiciarse a los elementos naturales me- 
diante oraciones, sacrificios y otros expedientes. 

Sin esas ilusiones — la egocéntrica y la geocén- 
trica — no tendrían razón de ser los amuletos, las 
plegarias y los demás ritos y ceremonias religiosos. 
Aun cuando la primera evolucionó,, tomando como 
objeto de la "creación" a la especie, el impulso tra- 
dicional, ya impreso en la conciencia, ha seguido 
actuando bajo la forma de un antropocentrismo más 
aparente que real 

Acaso desde que el hombre abrió su intelecto al 
mundo exterior, los primeros pensamientos que pudo 



[73] 



PEDRO FIGARI 



hilvanar le indujeron, por causas instintivas, a con- 
siderarse como una excepción entre los demás or- 
ganismos que pueblan la tierra. La idea de que el 
hombre es un ser superior, se pierde en los tiempos. 
No nos referimos a ía superioridad que le depara su 
más compleja organización, la cual no podría ne- 
garse, sino a una superioridad de excepción, tal como 
se la atribuye la leyenda. 

Ser dominante como es en la naturaleza, mejor 
dicho, en la pequeña esfera en que actúa, ha debido 
más que nadie reputarse centro de la misma. La 
propia ilusión geocéntrica debió concurrir a ese re- 
sultado. Por eso es que siempre se dejó halagar por 
las leyendas que le atribuían origen sobrenatural, 
leyendas que tanto han prosperado. Todas han co- 
rrido la suerte del elogio dirigido al vanidoso. 

En el esfuerzo de adaptación, en pleno misterio 
como vivía, ignorando por completo la naturaleza 
íntima de las maravillas que exhibe el mundo exte- 
rior y las leyes que lo rigen, debió interpretarlo todo 
al través de sus vicisitudes, en la falsa inteligencia 
de que el universo se refería a él, no sólo lo que le 
rodea de más cerca, sino también los fenómenos me- 
teorológicos y los mismos astronómicos, y azuzado 
por el instinto, por el formidable instinto vital, de- 
bió tratar de que todos los agentes le fueran propi- 
cios. Esta modalidad, si bien ha tomado distintos 
aspectos en los diversos pueblos y en el tiempo, per- 
duró sobre cada orden de fenómenos, hasta que el 
conocimiento científico disipara los fantasmas crea- 
dos por la ignorancia. 

No hay pueblo que haya podido sustraerse a la 
superstición, y hoy mismo se advierte todavía una 
predisposición bastante acentuada a suponer que los 



[74] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



agentes exteriores se interesan de algún modo en 
nuestros destinos. A cada paso sorprendemos el 
aguijón supersticioso — como un residuo ancestral 
— y tenemos que aguzar el razonamiento para 
aquietarnos. 

Son pocos los que no creen todavía en la suerte, 
v. gr., como una entidad concreta» cuyas influencias 
misteriosas actúan aun en nuestros asuntos más pe- 
destres. Los hombres más eminentes confiesan ha- 
Hatee contaminados por este resabio atávico, que 
ofrece las más vanadas formas. Entre el vulgo, y 
entre los jugadores, principalmente, puede observar- 
se bajo múltiples aspectos, y el espiritismo y todas 
las variedades ocultistas cuentan con más prosélitos 
y adeptos de los que contarían si se descubriera un 
nuevo agente ponderable que las explique científica- 
mente. 

Esa predisposición a lo maravilloso sobrenatural 
que sentimos latir en nosotros mismos, a cada paso, 
aun hoy día, en que una serie de conquistas científi- 
cas ha ido invariablemente explicando los fenóme- 
nos más impresionantes y los demás como hechos na- 
turales, ha debido ser tanto más acentuada cuanto 
menos informado se halló el hombre. 

Debemos pensar que es esa ilusión egocéntrica ini- 
cial la que ha generado y fecundado el espíritu 
místico, como una modalidad típicamente instintiva. 
Si bien se pierde en un piano conjetural el origen 
de este sentimiento, tan difundido todavía, puede ad- 
mitirse como una hipótesis bastante lógica, que ha 
sido necesaria la ilusión egocéntrica para que pu- 
diera arraigar la idea de que alguien se ocupa y se 
preocupa de nosotros — fuera de nosotros mismos 
— , porque sólo así se concibe la superstición y el 



175] 



PEDRO FIGARI 



propio espíritu religioso. No tendría sentido ningu- 
na superstición, ni religión alguna, si constatáramos 
la indiferencia completa del mundo exterior a nues- 
tro respecto. Es preciso, pues, que se admita algún 
agente interesado en nuestras cuitas, para que pueda 
sustentarse la superstidosidad, lo mismo que la re- 
ligiosidad. 

El germen del espíritu religioso, por otra parte, 
hay que buscarlo en la superstición Si se indaga 
acerca del origen de las creencias, de los mitos y 
ritos religiosos, se advierte que cada uno de ellos» des- 
cansa sobre un mito o un rito anterior, y que todos 
ellos arrancan de alguna superstición anterior. Podría 
decirse que las religiones aparecen como supersticio- 
nes erigidas en sistema, es decir, reglamentadas. Si la 
religiosidad es un paso sobre la supersticiosidad, se- 
gún parece, quedaría demostrada nuestra tesis, y 
habría que buscar su raíz en el egocentrismo pri- 
mitivo. 

Las ideas religiosas acusan indefectiblemente for- 
mas sincréticas. En todas ellas, aun en las mismas 
que denuncian una revelación divina como fuen- 
te originaria, se encuentran elementos substanciales 
de las creencias precedentes, más o menos ordenados 
y refundidos, y es así que, remontándonos de una 
en otra, a su punto inicial, quizá pudiera llegarse a 
comprobar que en las más modernas prácticas y 
creencias religiosas, todavía puede hallarse una mé- 
dula supersticiosa que tiene sus raíces en los tiempos 
más alejados de la prehistoria. Por lo demás, sí no 
debiera pensarse que en la evolución, la religiosi- 
dad es un grado sobre la supersticiosidad, habría que 
creer que son dos modalidades gemelas, por cuanto 
parten de un mismo miraje: que alguien, fuera de 



[76] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



nosotros, se interesa en nuestra suerte, y sobre este 
punto hay que convenir en que son tan escasas y 
poco convincentes las pruebas, que, para admitirlas, 
es preciso creer sin examinar. Es menester convenir, 
no obstante» en que todos nos sentimos inclinados, 
por causas hereditarias, a pensar que los elementos 
exteriores no son insensibles a nuestra suerte, y es 
por esa ilusión del instinto vital hipertrofiado, si así 
puede decirse, que han podido perdurar la supersti- 
ción y la creencia religiosa, a pesar de que también, 
invariablemente, a medida que la investigación cien- 
tífica avanza, se disipan los dioses y sus milagros, 
así como todos los demás arbitrios innocuos creados 
exclusivamente con el fin de amparar nuestros des- 
tinos. 

Si no fuera porque el cerebro humano evoluciona 
sobre la base ancestral, tan honda como es; si no 
fuera porque las cerebracíones precedentes han de- 
terminado predisposiciones psíquicas que se van tras- 
mitiendo por la herencia, si no fuera porque esa 
conciencia que elaboraron nuestros antepasados con 
sus elementos de juicio, sobre su propia hijuela, cada 
vez menos documentada así que se la considere en 
un sentido regresivo, no podría explicarse el presti- 
gio que aún tienen las ideas religiosas, y algunas, so- 
bre todo Fuera de ese sedimento tradicional, sin nin- 
guna comprobación sena; fuera de ese an tropismo 
primitivo, inconciliable con la observación de la 
realidad y con las conclusiones científicas, no en- 
contrarían campo para fecundar las supersticiones, 
ni las creencias religiosas, basadas, en definitiva, en 
puras ilusiones, pero ese lastre ancestral prima de 
tal modo en ciertos espíritus, que no permite hacer 
un libre examen de las ideas y creencias trasmití- 



♦ 



PEDRO FIGARI 



das, y es así que perduran, a pesar de ser tal su in- 
consistencia a los propios ojos de los mismos adep- 
tos, que, oficialmente, se ha erigido en grave falta 
todo análisis, y es así que los soñadores se cierran 
al debate, y temiendo perder su hijuela sentimental, 
dan la derecha al prejuicio sobre la realidad, con ser 
tan optimista, generosa y confortante cuanto son 
tristes y cicateras y desolantes las promesas de la tra- 
dición. Nuestros antepasados siguen así actuando 
sobre nosotros con eficiencia, y es ésta una de las re- 
moras que la evolución encuentra a su paso. 

Las ideas religiosas presentan todas las fases ima- 
ginables de la supersticiosidad, hasta sistemarse en un 
orden de dogmas cada vez más elevado a medida que 
la cultura iba informando a la conciencia. Es preciso 
reconocer que también han evolucionado, si bien 
siempre detrás de la conciencia científica, y no sin 
sutilizar cuanto les es posible, para no perder las po- 
siciones fantásticas que le atribuyó al hombre la 
leyenda de los tiempos pretéritos» cuando era nece- 
sariamente mayor la ignorancia humana. Todavía 
hoy, después de haberse realizado tantos progresos 
en las ciencias naturales, principalmente, le halaga 
al hombre el considerarse como un ser destacado 
por completo del reino animal, si bien todo tiende 
a emparentado, y por más que solo tenga que perder 
con esa ilusión, porque nada es ni puede ser superior 
a la realidad. 

Si es difícil determinar el orden de precedencia 
en las ideas que suscitó el temor a lo desconocido, 
que, en definitiva, es el óvulo generador de la supers- 
ticiosidad y la religiosidad, como que el instintivo 
egocentrismo fecundó el temor a lo desconocido, no 
cabe dudar, en cambio, de que no hay pueblo, por 



[78] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



primitivo que sea, que haya podido substraerse a la 
preocupación supersticiosa ni religiosa Ni los pro- 
pios esquimales, que parecen ser los más inmunes 
en cuanto a esta modalidad tan generalizada en la 
especie humana, han podido excluirse por completo. 
Es realmente instructivo constatar la existencia y 
persistencia de tal preocupación, en todos los pueblos 
y a tt aves de todos los tiempos. 

Dice Max-Muller: "Podemos decir, sin riesgo de 
equivocarnos, que, a despecho de todas las investi- 
gaciones, no se ha encontrado en parte alguna ser 
humano que no esté en posesión de algo que le sirva 
de religión; o valiéndonos de la expresión más ge- 
neral, que no crea en algo más allá de lo que puede 
ver con sus ojos". 1 

Fuera del fetiche (y acaso el mismo sílex, según 
afirma Joly 2 ), que parece ser la forma primitiva 
del culto religioso, se ha temido y se ha adorado al 
ciervo y al lobo, al oso y al toro, al propio chacal ( el 
anubis egipcio), al gallo, a la serpiente, al pinto- 
resco Molcch, etc , etc. Poco hay que se haya librado 
de la teomanía humana. 

Max-Muller, refiriéndose al fetiche, establece una 
salvedad, en el sentido de que es tan sólo un "sím- 
bolo", y no el fin del culto; pero esto mismo, lejos de 
quitarle precedencia, la demuestra y la subraya, al es- 
tablecer el vínculo que une a la superstición con la 
religiosidad, puesto que sin una superstición no se 
concebiría un símbolo ni un amuleto. Cualquiera 
que sea el significado del símbolo, no puede negarse 



1 Max-Muller Origen y desarrollo de la religión, pág 
83, v c 

2 N. Joly Vhomme aiant ¡es métaux, pág 200, 



[79] 



PEDRO FIGARI 



que responde a una idea religiosa o supersticiosa en 
este caso, y hasta tiende a emparentar el sentimiento 
religioso con la superstición, acusando su sincretismo 
característico. 

La piedra angular de ambas modalidades es el 
instinto vital. Por más que las exterioridades nos 
hagan ver otra cosa, es indudable que la supersti- 
aosidad y la religiosidad se afirman en un criterio 
utilitario y personal, idéntico, en esencia, al que ins- 
piró el hacha de piedra. Todos cuelgan sus amuletos 
u oran, para preservarse. Hay que reconocer que se 
oraría mucho menos si se tuviera una patente de in- 
mortalidad bien garantida. La médula instintiva, por 
otra parte, se acusa en el propio hecho de osten- 
tarse en todas las concepciones teológicas, aun en las 
superiores, antropomorfismo y aun antropopatía. El 
propio yo, por lo menos, parece que debiera ser in- 
destructible, según nuestra lógica instintiva. Es tanto 
el apego a la vida, que se aspira a la inmortalidad 
de cualquier modo, y con tal vehemencia, que, a 
veces, el propio espejismo instintivo ha inducido a 
la aberración supina del sacrificio de la propia vida, 
para garantirla, con la misma falta de lógica con 
que algunos se la quitan para rehabilitarse. 

III LA ILUSIÓN DE FXCEP CIONA LIDAD 

No es sólo el hombre quien teme a la muerte. 
Afirma Metchnikoff que el temor a la muerte ya se 
percibe entre ciertos animales inferiores, bajo una 
forma semejante por completo a la de las demás 
manifestaciones instintivas 1 



1 Éhe Metchnikoff Étmies sur ¡a nature h amaine, pág 166. 



[SOJ 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



Darwín ha dicho que en los actos instintivos 
"siempre entra en juego una pequeña dosis de juicio 
o de razón, aun en los animales más bajos en la es- 
cala de la naturaleza'. 1 Son muchos los natura- 
listas y filósofos que niegan toda solución de con- 
tinuidad entre los diversos organismos, y sus mani- 
festaciones. A medida que se observa, se disipa esa 
barrera que pretendió separar al hombre tan radical- 
mente de los demás organismos, y se afirma, al con- 
trario, la creencia de que los organismos inferiores 
sólo ofrecen en grado menor las mismas modali- 
dades que ostenta el hombre. Nosotros mismos, 
apenas nos detenemos a observar a los animales más 
ínfimos, siempre nos sorprendemos, porque descu- 
brimos cualidades y rasgos de inteligencia de que, 
guiados por el prejuicio tradicional, los considerá- 
bamos desprovistos, 

Haeckel, por su parte, afirma que entre "los ver- 
tebrados más elevados, los pájaros y los mamíferos, 
podemos reconocer los primeros esbozos de la razón, 
los primeros trazos de las relaciones religiosas y 
morales. En ellos no sólo encontramos las virtudes 
sociales de todos los animales superiores que viven 
en sociedad (amor al prójimo, amistad, fidelidad, 
sacrificio, etc.), sino también el conocimiento, el 
sentimiento del deber y la conciencia, y, para el hom- 
bre, ser dominante, la misma obediencia, la misma 
sumisión, la misma necesidad de ser protegidos que 
manifiestan los salvajes hacia sus dioses", 2 

Todo esto nos autoriza a pensar que los seres in- 



1 Carlos Darwín. Origen de ¡as especies, t. II, pág. 
132, v c 

2 E Haeckel Fl ?nomsmo, pág. 123, v. c. 



[SI] 



PEDRO FIGARI 



fenores tienen algo de lo mismo que tanto nos en- 
vanece, algo de lo propio que nos hace creer que el 
hombre es un ser excepcional» Agrega el mismo 
biólogo "Los primeros rasgos de esas elevadas fun- 
ciones que llamamos ratón y conciencia, religión y 
moralidad, se reconocen ya en los animales domés- 
ticos más perfeccionados, sobre todo en los perros, 
los caballos, los elefantes, difieren cuantitativamente 
y no cualitativamente de las formas correspondientes 
de actividad psíquica, en las razas humanas infe- 
riores. SÍ los monos, y principalmente los antropoi- 
des, hubieran sido domesticados como el perro, 
durante varios siglos, y criados en comunión íntima 
con la civilización humana, se habrían acercado a 
las formas humanas de actividad psíquica de una 
manera ciertamente mucho más asombrosa El pro- 
fundo abismo que en apariencia separa al hombre de 
esos mamíferos tan perfeccionados, débese, principal- 
mente, a que el hombre reúne varias cualidades ca- 
pitales que existen únicamente aisladas en los demás 
animales I o , diferenciación mas desarrollada de Ja 
laringe (lenguaje), 2°, del cerebro <alma), 3 Q , de 
las extremidades; y 4 o , de la estación derecha. Es 
sencillamente la feliz combinación de un alto grado 
de desarrollo de esos órganos y de esas funciones 
importantes, lo que encumbra a la mayoría de los 
hombres por encima de los demás animales". 1 

Si las especies inferiores viven en un estado de 
serena placidez, es porque no les asalta la idea de un 
cambio radical por la muerte; que, de no ser así, si 
pudieran pensar que su propia individualidad, que 
ellas aman tanto como nosotros la nuestra, va a ser 



i E. H¿etlei, ob cit., noca 3, pág. 167 



[82] 



ARTT, ESTÉTICA, IDEAL 



aniquilada, también se empeñarían en defenderla. 
No es, pues, por desapego a la vida que se muestran 
tan conformes con la ley de su disolución* es por- 
que no tienen idea de ella Sin embargo, si se 
hicieran observaciones prolijas,, acaso resultara 
comprobado que son precisamente las modalidades 
instintivas las que acusan mayor analogía con las con- 
generes humanas, y entre ellas las que más directa- 
mente atañen a la individualidad; pero la psicología, 
fuera de la introspección, se ofrece todavía como un 
antro tenebroso. 

Algunas especies, no obstante, parece evidente 
que revelan un germen de ese mismo temor, 1 
Esto bastaría para notar una nueva identidad esen- 
cial, la que colocaría la cuestión, sobre este punto 
también, fuera del terreno de lo fundamental. 

Ya sea que el temor a la muerte debamos atri- 
buirlo a un instinto particular, o que se considere 



1 Un escultor ingles hace una observación realmente in- 
teresante ' Nada hay más emocionante — dice Imre Sinuy — 
que la muerte de un mono El pobre animal se apoya penosa- 
mente en el muro, y sus camaradas sentados frente a el en 
semicírculo, lo contemplan con mirada llena de simpatía, de- 
nunciando el temor de la muerte, que rara \ez se advierte en 
los demás animales Los monos conocen cuándo se acerca el 
último enemigo temible, y cuando un miembro del grupo 
muere, se encuentra siempre por io menos un \ aliente, de en- 
tre los que sobreviven, para cerrarle los ojos y colocarlo afuera» 
en tanto que los demás se reúnen alrededor del cuerpo y lo 
palpan, para asegurarse de que realmente la vida se ha extin- 
guido Después, lo ponen en un rincón y lo cubren con heno 
o con paja. Mientras el muerto queda entre ellos, los monos 
están tristes y desanimados; cesan sus saltos y se juntan en 
grupos silenciosos, pero apenas sacan al camarada muerto, la 
tristeza se disipa, y la vida alegre comienza de nuevo". — 
Jhe Studw, 15 de setiembre de 1908 



[83 1 



PEDRO FIGARI 



como un reflejo del instinto vital, según pensamos 
nosotros, no hay razón para que deba reputarse 
como un signo de superioridad excepcional por el 
solo hecho de que se ostente en una forma morbosa, 
de zozobra y de congoja. Esto no puede considerarse 
ni un título de excepcionahdad, ni una ventaja si- 
quiera. Sólo es una desviación o una modalidad lamen- 
table del instinto fundamental que rige a todos los 
organismos. 

No tendrían necesidad de contar con un instmto 
vital más vigoroso del que anima a los salvajes y a 
las propias especies inferiores, para que pudieran 
sentir unos y otras mayor zozobra ante la muerte. 
Sólo requerirían un mayor conocimiento de su inevi- 
tabilidad, una mayor conciencia de sus efectos, para 
que les sea dado también desasosegarse ante la pers- 
pectiva de esa fatalidad, en el mismo grado que se 
manifiesta en el hombre. 

La superioridad de éste se funda en un mayor co- 
nocimiento, pues, y no en condiciones substanciales de 
organización que lo erijan en organismo excepcional. 
No es dable negar que en lo que atañe al instinto, 
solo hay diversidad de modalidades, dentro de un 
mismo orden esencial de manifestaciones biológicas. 

La propia ilusión egocéntrica, que es un miraje 
del instinto soberano que magnifica todo lo que es 
personal, quizá la experimenten también los seres 
inferiores. Todo hace creer que es una manifestación 
orgánica, egoísta, instintiva. 

Si es el conocimiento, pues, el mayor conocimien- 
to, lo único que hace descollar al hombre por sobre 
los demás organismos, como lo creemos, es del punto 
de insta del conocimiento que debe juzgarse su pre- 
eminencia, y no de otros pumos de vista, desde los 



[84] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



cuales no tiene en realidad ventaja alguna, por cuan- 
to su estructura orgánica es esencialmente idéntica 
a la de los demás seres del planeta. 

Por lo demás, sería una ventaja poco halagadora 
para la vanidad humana, la que se basara en la 
mayor eficiencia del instinto vital, del propio 
instinto, que, precisamente, se ha acostumbrado a 
denigrar como cosa inferior, aunque en realidad no 
lo sea. 

De cualquier modo que se encare este punto, no 
se halla una base positiva para fundar el concepto 
corriente de la excepaonalidad del hombre, y en el 
caso de que la hubiera, ésta no podría sustentarse, 
ni digna, ni lógicamente, en una modalidad morbosa 
del instinto vital, es decir, del instinto común a todos 
los organismos. 

IV, TENACIDAD DEL PREJUICIO TRADICIONAL 

El 1 razonamiento" tradicional, que ha hecho flo- 
recer de tantas maneras la supersticiosídad y el espí- 
ritu religioso, si bien se examina, es decir, si se 
examina con ánimo analítico e imparcial, según debe 
hacerse, resulta un sofisma clasico, el más conocido. 
Se concretaría así: el centro y lo mejor de lo que 
existe, es lo perceptible; lo mejor del universo per- 
ceptible es mi planeta; lo mejor de mi planeta soy 
yo luego, yo soy lo mejor que existe. Soy, pues, el 
objeto primordial de lo existente y, como no puedo 
atribuirme también la causa, se la atribuyo a una en- 
tidad antropomorfa, esto es, semejante a mí. 

Este sontes, que no brilla de cierto por su mo- 
destia, es, en substancia, el razonamiento de la tra- 
dición, y a pesar de todo, a pesar de que no resiste 



[85] 



PEDRO FIGARI 



al análisis de ningún modo, es tan grato al hombre, 
que, a condición de mantenerlo, cierra los ojos a la 
evidencia misma, y hasta trata a la realidad, a la 
propia realidad, de engañosa y pérfida. Para muchos 
creyentes, el mundo externo es no sólo detestable, 
sino insidioso, por lo cual debemos precavernos de el 
como de nuestros enemigos. 

Bastaría señalar este colmo de insubordinación y 
de irreverencia hacia la realidad, para demostrar que 
la ideología tradicional acusa un desconocimiento 
desconcertante respecto de lo que es más fundamen- 
tal y más necesario para los fines del hombre y de 
la especie* esto es, respecto de su propio ambiente 
natural ¿Puede haber algo más estimable para el 
hombre que la realidad, es decir, lo que es/ 

Precisamente, si hay algo que pueda considerarse 
una ventaja para el nombre, es el conocimiento, y 
conocer es saber lo que es, para a justar a ello su 
acción. Sería un verdadero desatino preferir lo que 
no es a lo que es, lo mismo que ceñir nuestra acti- 
vidad en oposición a lo real Sin embargo, la tradi- 
ción nos induce a esto, y esa es la causa de tantos 
fracasos cuantos ha sufrido y sufre la humanidad» a 
cada paso, según intentaremos demostrarlo. 

El hombre, por causa de los errores tradicionales, 
ha llegado a preferir el propio engaño a la realidad, 
a condición de que halague su vanidad de semi- 
diós. Esto explica que hayan podido perpetuarse las 
más antiguas divinidades antropomorfas y terrible- 
mente antropopáticas, aun cuando la investigación 
científica demuestre que nuestras pasiones son, por 
lo general, comunes a los animales inferiores. 

Dado el alto concepto que ha formado el hombre 
de sí mismo, según la leyenda, todavía se resiste a 



[86] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



pensar que pueda hallarse sometido a la misma 
suerte de los demás organismos terrestres, y tiende 
aún, a pesar de las conquistas realizadas en el domi- 
nio del conocimiento, con ser tan respetables como 
son, a elucubrar del lado de su propia magnifica- 
ción, atribuyéndose destinos estupendos, sobrenatu- 
rales. Si hasta que pudo suponer que los astros gi- 
raban a su alrededor, y que la luna y las estrellas se 
encendían para servirlo, se comprende que viviera 
en tal inteligencia, hoy que sabe que somos nos- 
otros los que hacemos evoluciones dobles en derre- 
dor del sol, y que las estrellas, no ya las del tipo 
de Algol, sino las demás también, no se ocupan de 
alumbrarnos, es una insentate2 seguir pensando del 
mismo modo que pensaron nuestros antepasados, 
víctimas de aquella ilusión. 

Hoy día sabe el hombre que es posible que existan 
otros muchos sistemas como el "nuestro' 1 o inmen- 
samente superiores al nuestro, en todas las direcciones 
imaginables, mundos de que nunca nos sea dado quizá 
vislumbrar siquiera su naturaleza ni su existencia, Le 
es dado también concebir que el propio 1 universo" 
que el instinto vital pretendía adjudicarnos como 
reyes de lo existente, resulte "un grano de anís", con 
relación a lo desconocido, por más que nos asombre 
su inmensidad, pero el hombre trata, así mismo, de 
no mirar al "infinito 1 ' para no perder esa supremacía 
subjetiva, a la cual se acostumbró. Si no fuera irre- 
verente decirlo, parecería que hace como el avestruz 
cuando esconde la cabeza debajo del ala, creyendo 
agotar así sus recursos supremos de defensa. 

Acostumbrado al tratamiento de "rey de la crea- 
ción", no se resigna, ni quiere pensar en que los 
"universos" posibles trocarían al nuestro, colosal, en 



[87] 



PEDRO FIGARI 



algo secundario, ni se detiene a considerar que, 
geométricamente, el hombre es menos, con relación 
al planeta, que una hormiga sobre el lomo de un 
cerro, y que las propias inmensidades que se ofrecen 
a su imaginación, bastante estíptica, por lo demás, 
truecan en un simple apartado rincón del concierto 
"pluriversal", si se nos permite el vocablo, el mismo 
universo que nos deslumhra; así como que nuestros 
medios cognoscitivos, con relación a lo existente, 
pueden ser tan relativos como los de un molusco con 
relación al mar de que disfruta desde la orilla 

El que pudiera ver al planeta haciendo cabriolas 
en el espacio, no se imaginaría, por cierto, que ese 
minúsculo tejido celular que en él se agita, imper- 
ceptible, adherido a la corteza de la gran naranja, 
casi como una lapa al peñasco, es un facsímile de un 
ser piodigioso que en un instante de solaz creara 
todo lo existente, y que aspira a la inmortalidad. 
¡Ni cuando le viera hacer t sus más audaces excur- 
siones aéreas! Ese mínimo organismo que vive a ex- 
pensas de una perenne respiración, tan precariamente, 
asimilando y eliminando, so pena de disgregarse, pa- 
rece más cercano pariente del antropoide que de los 
dioses, si bien estos, como obra suya, no son tan 
grandes como parecen» 

Si antes de que los biólogos hubieran constatado 
Ja serie de vínculos que traban anatómica, fisiológi- 
ca y psicológicamente a todos los organismos terre- 
nos, ha podido suponerse el hombre un ser excep- 
cional, hoy es poco juicioso pensarlo, y si a los 
soñadores les resulta así mismo grato mantener ese 
concepto sentimental del hombre, permítasenos a 
nosotros creer más bien que tal cosa es una ilusión, 
una triste ilusión, mejor dicho, puesto que, si como 

[88] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



obra de elaboración paciente, multiseeular, de la cé- 
lula, el hombre es un prodigio, como creación di- 
vina, como obra de dioses, resulta una deplorable 
caricatura, y eso que los imaginamos macho más 
pequeños de lo que suponemos. 

Dentro de aquella ilusión ancestral es que pudo 
engendrarse el espíritu religioso, y, una vez arraiga- 
do, se trató de explicarlo todo a favor de dicha ilu- 
sión. Así, por ejemplo, se ha entendido que el con- 
cepto de la inmortalidad acusa un progreso radical 
en el orden de las ideas. Ese concepto, sin embargo, 
si no es mejor llamarlo "no concepto", ha debido 
imponerse al hombre tanto más cuanto más fue pri- 
mitivo- La idea de la anulación personal, definitiva, 
integral, requiere un esfuerzo mental para muchos, 
si no para todos, aun hoy mismo insuperable. Los 
pueblos más atrasados son los que acusan una fe 
más honda en su propios destinos futuros, y rinden 
culto a sus muertos, con los cuales pretenden ha- 
llarse en comunicación. No pudiendo pensarse en la 
propia disolución, es que se ha considerado a la 
muerte como el principio de una nueva vida, cuan- 
do no como la continuación de la misma. Lejos de 
ser un descubrimiento, pues, sólo es un paso en la 
evolución del sentimiento instintivo de supervivencia 
integral que exhiben hasta los pueblos más primi- 
tivos, como éste es un paso, a su vez, sobre la in- 
consciencia de todo cambio por la muerte, que se 
ostenta en la despreocupación, en la serenidad nor- 
mal que acusan los animales inferiores. No es un 
signo de excepcionahdad, sino un grado en la evo- 
lución; pero el hombre, encariñado con las viejas 
quimeras, no se resuelve a desmontarse de ellas; al 
contrario, trata de sustentarlas a pesar de todo, em- 



[89] 



PEDRO FICtARI 



peñado en la vana tarea de demostrar que lo mismo 
que delata su ilusión, es una prueba de que su ilu- 
sión no es tal. 

Aterrorizado por lo desconocido, y estimulado 
aún por el primitivo espejismo egocéntrico, pretende 
mantener un comercio con los elementos extenores, 
esperando todavía que sus viejos dioses esquivos y 
huraños intercedan a su favor. Esa es la clave del 
residuo religioso que ofrecen aún los pueblos mo- 
dernos más evolucionados. En cada organismo actúa 
esa ilusión ancestral, según sean sus elementos de 
juicio y sus recursos inhibitorios. Sólo porque no 
ha podido penetrar la idea de la anulación defini- 
tiva por la muerte, es que los espíritus buscan toda- 
vía un salvoconducto para protegerse frente a las 
divinidades implacables más que mumf icen tes» crea- 
das por su propia imaginación bajo el impelió de 
las sugestiones tradicionales. 

Es asombrosa la tenacidad de las viejas quimeras 
Aún subsiste un fondo tal de supersticiosidad en el 
hombre, que sigue creyendo en lo mismo que creían 
sus antepasados, si bien, por un lado, la ciencia ha 
desvanecido muchas de las ilusiones que engendraron 
las antiguas interpretaciones de lo desconocido y, 
por el otro, cada vez se escatiman más los milagros 
y las apariciones de los dioses y de sus enviados, 
tanto más frecuentes antes cuanto más primitivo fue 
el hombre, tanto menos amenazantes cuanto más 
informada está la conciencia humana. Entretanto 
que la ciencia ha ido aumentando sus caudales con 
verdades comprobadas y comprobables, ni la supers- 
ticiosidad ni la religiosidad han aportado un solo 
concurso efectivo al hombre, concreto, indubitable, 
pero no por eso es menos cierto que algunos espi- 



ré] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



ritus todavía proclaman como una necesidad supe- 
rior el mantener los viejos altares erigidos a los 
dioses pretéritos, que se alejan mohínos a medida 
que el hombre progresa y que la conciencia se 
emancipa. La tenacidad del prejuicio tradicional es 
realmente fabulosa. 

V. EFECTOS RETARDATARIOS DfcL TONDO 
TRADICIONAL EN LA EVOLUCIÓN 

Si la supersticiosidad, como toda ilusión, como 
todo engaño, es poco recomendable para dirigir el 
esfuerzo, cuando se la erige en sistema y ei hombre se 
organiza para constituir sobre esa base una fuerza 
colectiva de acción, puede resultar de efectos deplo- 
rables, tanto más deplorables cuanto aquélla más 
activa sea y cuanto mayor prestigio alcance. ¡Cui- 
dado con los creyentes cuando, además de salvar sus 
propias almas, se dedican a salvar las del vecindario 
también! Es entonces que la acción religiosa puede 
resultar hondamente perturbadora en el desenvolvi- 
miento de la actividad general 

Como que el sentimiento religioso se fundamenta 
en la tradicióp, de la que todos somos tributarios, 
no es extraño que sea tan sugestivo y expansivo ese 
sentimiento, cuya contagiosidad, según dice Ribot, 
tiene forma epidémica. 1 El fondo ancestral, re- 
zagado en la evolución, por sí solo explica nuestra 
predisposición a preferir lo fantástico a lo real, el 
azar al cálculo, la leyenda a las conclusiones racio- 
nales. Es sobre ese limo residual que la quimera 
halla campo tan fértil para extender sus raíces. 



1 Th Ribot La ps¡¿búlogie des sentiments, pág. 329 



[91] 



PEDRO FJGARí 



Hoy mismo, que lo sobrenatural va cediendo 
tanto a la acción firme y sesuda del investigador, se 
puede ver todavía ese fondo latente de supersticiosa 
dad que facilita la propagación de lo que halaga 
nuestras inclinaciones tradicionales antropolátricas, 
ese sentimiento de obsecuencia al pasado, ese espíritu 
de pasividad contemplativa, comparable con la iner- 
cia de la materia. Fuera de la propia supersticiosi- 
dad religiosa, que ¿e cultiva como un valor noble, 
irreemplazable, se descubren aun entre las clases más 
cultas, múltiples formas supersticiosas francas» entre 
ellas algunas realmente extravagantes. Se cree to- 
davía en maleficios, magias y hechizos, y hasta se 
piensa con más frecuencia de lo que se supone gene- 
ralmente, en que un estado psíquico cualquiera, la 
propia visión de un sueño, v. gr., puede influir con 
eficiencia en la realidad externa hasta en los asuntos 
más graves, no ya en los pequeños, como es corriente 
creerlo, para determinar las soluciones aleatorias de 
la lotería, los naipes, los dados, la ruleta, etc. Nin- 
guno de los jugadores se detiene a considerar que si 
la bolilla tuviera que atender la suma de sugestiones 
tan contradictorias que gravitan sobre ella, se habría 
operado el milagro de los milagros, y se habrían teni- 
do que trastornar todas las leyes de la naturaleza para 
complacerlos en esa aspiración tan poco trascenden- 
tal, por lo demás. Se ama ciegamente el prodigio. 

Las prácticas religiosas, aun cuando esto no esté 
en sus libros, no tan sólo permiten la proliferación 
de estas formas irracionales, sino que las fomentan 
al hacer la apología de lo sobrenatural, y es así que 
perdura la confianza en lo imprevisto y en el mila- 
gro, y se perpetúan las creencias más pretéritas, for- 
jadas por nuestros más lejanos antepasados, en vez de 



[92 ] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



rectificarlas de acuerdo con las conquistas científicas 
efectivas. Esto es típicamente contrario al progreso. 

Es inagotable la credulidad humana. Los ritos más 
añejos e ingenuos se eternizan, a pesar de su más 
patente ineficacia. Todavía hay quienes suponen que 
algunas frases balbuceadas en latín y unas asper- 
siones de agua "bendita" dirigidas con el hisopo 
hacia el testero de un féretro, han de tener efectos 
para el muerto, más allá de las nubes. Para que esto 
pueda perpetuarse, es menester que hayamos perdido 
toda noción positiva, puesto que nada nos autoriza 
a pensar seriamente en tales efectos de tan nimios 
expedientes, en el estado actual de las culturas de 
conocimiento; pero es tal nuestra predisposición a lo 
maravilloso, que optamos por admitir como posible 
algún efecto de esas ceremonias, y las perpetuamos, 
en vez de ocuparnos de mejorar la condición humana 
por medios más positivos. 

A pesar de que la realidad penetra por todos nues- 
tros sentidos y facultades, con evidencias irresistibles, 
no acabamos de darnos por .enterados, y mantene- 
mos indefinidamente nuestros pensamientos dentro 
del cuño tradicional. Todavía nos halaga pensar 
que el muerto no ha muerto, por más que la muerte 
se presente de un modo tan pertinaz, y por más que 
rija con uniformidad inquebrantable respecto de to- 
dos los organismos conocidos al través de los siglos y 
los siglos, se cree así mismo que el muerto sobre- 
vive, y aun en que le aguardan mas altos destinos, 
como si la muerte fuera un simple simulacro, una 
broma de los dioses 

Pero si es inconsulto pensar que el hecho de la 
muerte sea tan sólo una farsa de la naturaleza, es 
realmente incomprensible que pueda considerarse 



[93] 



PEDRO FIGARI 



eficaz para propiciar los despojos corporales, o los 
mismos "espirituales", cualquiera de esas ceremonias 
litúrgicas, por aparatosas que sean, y tanto mas cuan- 
to que no hay un solo indicio fidedigno, en los siglos 
transcurridos, que pueda hacernos creer en sus efectos. 
El espíritu religioso, no obstante, hace cuestión capital 
de todo esto, y ni admite de buen grado siquiera, que 
alguien se detenga a investigar libremente sobre estas 
cosas, por más que haya tan buenas razones para des- 
confiar de la eficacia de tales arbitrios. 

La religiosidad, como fuerza organizada para la ac- 
ción, resulta, pues, una verdadera remora al progreso. 
Fuera de actuar como factor determinante, fundamen- 
tal, íntimo, incita al doble desconocimiento de la rea- 
lidad y de la razón humana, elementos tan respetables 
y tan dignos de ser acatados y enaltecidos 

El comercio sistemado con los dioses ha subvertido 
la noción de lo que es real y positivo, engendrando 
las insanias más absurdas e inhumanas — fuera de 
no haber aportado una sola verdad tangible y apro- 
vechable — , llegando a veces h^sta a determinar las 
propias formas de la teomanía salvaje, que llevo al 
hombre al sacrificio, a la imposición y a la matanza, 
a tales desmanes, desbordes y excesos, que dejan corto 
el famoso aforismo "Homo homini lupus''. 

Si el esfuerzo invertido en salvar almas del infier- 
no se ha perdido estérilmente, el esfuerzo reden toris- 
ta, empeñado por todos los medios en formar creyen- 
tes, es peor que perdido: es fuerza empleada en re- 
tardar la evolución humana A pretexto de garantirse 
para después de la muerte, el hombre ha malogrado a 
menudo su existencia efectiva, minándola con la in- 
quietud que apareja esa sed de lo imposible, ese afán 
de inmortalidad. 



[94 j 



arte, estética, ideal 



Eso que se supone un rasgo de superioridad, sin 
embargo, es una fobia simplemente. Si los creyentes 
más fervorosos pudieran convencerse de que la muer- 
te les exime de toda ulteriondad, o que les depara un 
sitial grato en los supuestos dominios de ultratumba, 
cesaría de inmediato su afán de hacer méritos para 
granjearse a los dioses. Bastaría, para aplacar sus an- 
sias devoradoras, que pudieran persuadirse de que to- 
das las cuentas se liquidan aquí, o bien de que su 
dios es simplemente bondadoso, más bien que ven 
gativo. 

Para ver que el prurito redentonsta no obedece a 
un extremado amor al prójimo, ni a un espíritu de 
solidaridad siquiera, basta observar cómo se tratan y 
se destratan entre sí, desde antaño, los fieles de cada 
secta religiosa. Es que para cada grupo de creyentes 
es una "herejía" el no comulgar en sus propios alta- 
res, y es preciso ver cómo suena entre ellos este vo- 
cablo. Todos son ateos y aun anti teístas con respecto 
a los dioses ajenos, y esto es un colmo de atentados. 
Asidos a su respectiva tabla de salvación, los creyen- 
tes temen perder el talismán de su fe salvadora, que 
sienten vacilar perpetuamente dentro de ellos mismos 
y, por lo tanto, huyen del examen, de la oposición o 
de la crítica como del demonio. 

La creencia religiosa es siempre poco o nada con- 
vincente, y no puede, por lo mismo, engendrar la 
confianza ni la tranquilidad que apareja una con- 
vicción racional. No contando, pues, los fieles con 
la seguridad moral de su fe ni con recursos de con- 
vicción, tratan de robustecer aquélla por la conver- 
sión de los demás. Resulta de este expediente que lo 
que es asunto de fe y de incondicional acatamiento 
para unos, es para los demás una malsana supers- 



195] 



PEDRO FIGARI 



tición, cuando no un crimen, la herejía. Esto es lo 
que más caracteriza a la religiosidad. De ahí esa ri- 
validad que llega a exhibirse ferozmente a veces, no 
sóJo para con ios prosélitos de otros cultos, sino tam- 
bién para con los propios racionalistas ateos. Ni se to- 
lera la indiferencia religiosa, Puede haber un mayor 
colmo de intolerancia? El ateísmo, el propio ateísmo 
racionalista se ha considerado y se considera aun por 
los creyentes fideístas, como una falta inexcusable. 
El más elemental buen sentido nos dice, sin embar- 
go, que en medio de tan contradictorias creencias — 
todas incapaces de una sola demostración — hay 
menos razones para ser teísta que para ser ateo, aun 
cuando se involucren bajo esta denominación a los 
que niegan la existencia de dios y a los que no creen, 
simplemente. Para ser teísta es menester que se for- 
mule una afirmación sobre lo desconocido; para ser 
ateo, basta ser incrédulo, basta tener un criterio po- 
sitivo, basta ser todo lo prudente que se requiere ser, 
para no atreverse a afirmar lo que no se ha visto m 
comprobado. Basta esa honorable reserva, pues, para 
incurrir en reprobaciones; pero la intolerancia reli- 
giosa, basada en el amor de sí mismos, más bien 
que en el amor al prójimo, ha conducido a todas las 
variedades de la persecución. 

Si se advirtiera, sin embargo, que todas las creen- 
cias tienen igual título para imponer la fe, y que 
todas ellas son a Ja vez contradictorias, no podría 
con sensatez pretenderse que se tuviera que admitir 
mejor una que otra, ni tampoco una cualquiera de 
entre ellas. Es verdad que lo que caracteriza al espí- 
ritu religioso es precisamente su horror al razona- 
miento. Así es que se perpetúan al través de los siglos 
los mitos y los ritos más irracionales, y así es tam- 



[96] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



bién que se los trasmiten sin modificación las gene- 
raciones, con un conservatismo insuperable. 

Pero no son éstos solamente los efectos perturba- 
dores del espíritu supersticioso y religioso. 

Asociadas la supersticiosidad y la religiosidad co- 
mo guías de la acción, se mantiene al hombre en un 
continuo desconocimiento de la realidad, que es el 
peor de los desconocimientos, atribuyendo a las 
cosas del mundo exterior un alcance que no tienen 
sobre nosotros, y haciéndole entender que su finali- 
dad está por fuera de lo real, desviándolo de su me- 
jor senda y enervándolo para la lucha eficaz. A 
pretexto de darle un consuelo contra la muerte — 
consuelo ilusorio e mnnecesario, por cuanto cada 
cual tiene dentro de la realidad todo lo más que 
pudo tener, que es la existencia — se le hace me- 
nospreciar un bien insustituible y efectivo como es 
la vida terrena. No sólo se le escamotea, pues, el 
bien de la existencia, sino que se le quita bríos para 
luchar en el campo más fecundo: el del conoci- 
miento. 

Se comprende que si se supone eficaz una simple 
ceremonia, un rito, un amuleto o una plegaria para 
procurarse una vida mejor, y aun para obtener cu- 
raciones y otros beneficios en esta propia vida, no 
habrá de empeñarse el hombre en mejorar su suerte 
terrena por medio de una investigación fatigosa. La 
supersticiosidad y la religiosidad, al predisponer al 
culto de lo supranatural, determina por eso solo la 
pasividad científica, cuando no su oposición. No pu- 
diendo coexistir el dogma religioso ni la superstición 
con la conclusión racional, opta el creyente por el 
dogma, y no pudiendo concillarse el dogma con la 
realidad, se relega a ésta como cosa secundaria, 



[97] 



I 



PEDRO FIGARÍ 



cuando no se la repudia como falaz y peligrosa, 
manteniéndose obstinadamente el dogma, es decir, 
el "espejismo egocéntrico" tradicional. ¡Pasma el 
conserva tismo religioso y supersticioso! Para darse 
cuenta del estancamiento que reina al respecto, basta 
considerar que los mismos ritos y las mismas super- 
cherías de actualidad no lian evolucionado, si bien 
arrancan de más atrás de nuestra era. Todo se ha 
transformado, puede decirse, mientras que las ideas 
y las practicas supersticiosas y religiosas permanecen 
casi inmutables. 



III. ORIENTACIÓN SENTIMENTAL 

Para mejor apreciar, de nuestro punto de vista, la 
influencia sentimental en la evolución, conviene 
examinar la acción religiosa, que es lo que la carac- 
teriza de un modo más típico. A ese efecto podría 
considerarse cualquier sistema de creencias fideístas, 
desde que todos tienen esencialmente el mismo li- 
naje ancestral y responden por igual a las mismas 
causas tradicionales, pero nos parece más conducente 
referirnos al cristianismo, dado que, como obra sen- 
timental, es un verdadero arquetipo, y atento ram- 
bién a que es la religión cuyas influencias podemos 
aquilatar con mayor exactitud, por ser las que más 
hemos sentido. Por otra parte, ninguna religión ca- 
racteriza, a la vez, y de un modo tan fundamental, 
el espíritu místico, en su índole más íntima, y nin- 
guna puede ser tan aparente para este examen, 
porque, sin duda alguna, es dentro del cristianismo, 
- mejor dicho, dentro de los pueblos cristianos, donde 
más ha florecido el progreso. Esto nos habilitará 



[98] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



para apreciar la acción sentimental en sus manifes- 
taciones típicas superiores El cristianismo es un mo- 
delo de sentimentalidad. 

Se podrá ver así cuan arbitraria es la orientación 
sentimental, aun en sus manifestaciones más selectas. 

EL CRISTIANISMO 

a) íirdole de la etica cristiana 

El cristianismo ubica a la suprema finalidad del 
esfuerzo en la vida de ultratumba. Esto, por sí solo, 
explica por qué no hay arte cristiano, según se ha 
dicho, lo cual constituye el más grave cargo que 
pueda hacerse, a nuestro juicio, respecto de una 
orientación mental Basta, por lo demás, que la ac- 
ción se dirija a otro mundo, para que no pueda verse 
en éste el resultado. 

El cristianismo ha desdeñado la vida terrena, mag- 
nificando la de un empíreo ilusorio. Si investigamos 
la causa de esta opción, la encontraremos en la su- 
puesta palabra "divina" revelada, lo cual por sí solo 
explica el que haya podido íncurrirse en tamaño des- 
vío Se creyó, en medio de la excitación de los áni- 
mos, que el anunciado reino de Dios era inminente, 
y en esa inteligencia, se comprende que los creyentes 
se aprestaran a disfrutar de el Pero ese reino, espe- 
rado instante por instante, no se produjo aún, y con 
todo, quedó en pie la esperanza de verlo y de disfru- 
tarlo. Así como aquéllo fue la clave de la ética pro- 
clamada por Jesús, esta esperanza, este miraje es la 
causa de la perpetuación del culto a la gracia divina. 

Sólo un suceso tan anormal como el que se espe- 
raba por momentos, pudo determinar una moral tan 



[99] 



PEDRO FIGARI 



inapr opiada para el gobierno de los hombres, una 
ética que únicamente podía servir para actuar en los 
dominios de lo sobrenatural. Es así que las virtu- 
des que se proclaman como superiores, resultan por 
lo menos anodinas en lo que atañe a la vida terrena. 
Lo que se predica como base fundamental de acción: 
el amor, el amor incondicional, es inaccesible como 
una utopía, y lo que se aconseja como más eficaz 
para propiciarnos la gracia divina: la renuncia de los 
bienes terrenos, es un elemento negativo, disolvente, 
demoledor. 

Los preceptos morales del cristianismo, por lo 
demás, son irrealizables Amarse los unos a ios otros; 
no disfrutar de lo terreno; humillarse, resignarse, 
optar por la pobreza; sacrificar los vínculos de la 
familia por la fe, y amar por sobre todo esto a Dios, 
que nos ha impuesto — él omnipotente — tanto sa- 
crificio, y amarlo todavía por su bondad y misericor- 
dia he ahí el mandato cristiano. Fuera de que es 
imposible amar lo impalpable, lo desconocido, re- 
sulta más imposible aun cuando se le presenta bajo 
un aspecto tan cruel, imponiéndonos restricciones, 
vejámenes y sufrimientos, desde su alto sitial. No 
hay fe que pueda operar este prodigio. Se podrá 
temer mas no amarle. Resulta así inexpugnable el 
reino de Dios para el hombre, según su más íntima 
estructura. Los mismos fieles más decididos sienten 
que no pueden realizar esa condición indispensable 
para gozar del reino de Dios, y viven en perenne 
zozobra, acongojados. ¿Cómo amar a un ser que, pu- 
diendo darnos bienes sin tasa, nos somete a peniten- 
cias y a suplicios tantalescos, de un refinamiento 
endiablado? A la vez que nos crea con apetitos y 
anhelos terrenales, nos impone una renuncia, o una 



[ 100 ] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



inhibición perenne que violenta, y todavía nos da 
el instinto y la razón para que la realidad nos tiente 
más con sus halagos, para desviarnos más fácilmente 
de sus mandatos Sólo cuando hayamos resistido a 
tanta tentación — imposible de resistir, por otra par- 
te — se nos da entrada en su mansión etérea, y eso 
después de muertos 

Se dice, sin ironía, que la fe cristiana es conso- 
ladora, y que, en medio de nuestras aflicciones, 
nos sirve de estímulo, como lo haría un oasis en el 
desierto, pero, dada la ferocidad con que se pinta la 
justicia de Dios, resulta más bien una amenaza. AI 
paraíso se entra por el ojo de una cerradura, si acaso, 
y es así que los más fervorosos creyentes se brindan 
una vida angustiosa: ése es el "consuelo" para los 
creyentes, y es el "freno", a la vez, con que se pre- 
tende contener a los malvados. 

Toda adversidad es un bien, porque es un título 
para la otra vida, y todo bien es una adversidad, por- 
que un bien que disfrutamos con arreglo a nuestra 
estructura, a nuestros anhelos instintivos, espontá- 
neos, imperiosos a veces, como es el acto reflejo de 
cerrar los ojos cuando la luz nos ofende, puede de- 
pararnos castigos desmedidos, como una mala ac- 
ción. Tan revesada lógica subvierte todo Según el 
espíritu cristiano, nada hay de más eficaz que implo- 
rar a Dios, y pensar en la muerte. 

Este mundo es un sitio de prueba y de penitencia, 
una gran penitenciaría en la que debemos vivir atri- 
bulados para redimir el pecado que allá, en la noche 
de los siglos, cometió Adán. Todos saben que el pe- 
cado de Adán no era digno de tan encarnizado cas- 
tigo, ni menos para mantenerlo sobre sus deseen - 



[ion 



PEDRO FIGARI 



dientes por los siglos. 1 No obstante, el cristiano debe 
amar a Dios como bueno, infinitamente bueno, y 
aun como misericordioso. En esta penitenciaría, debe 
pensarse fijamente en la muerte, como el reo que 
está en capilla En todo instante puede aparecer el 
verdugo, y sorprendernos. Es preciso, pues, estar pre- 
parados a comparecer ante el alto juez, sabiendo que 
por un "quítame allá esas pajas", lo manda a uno 
quemar, después de muerto, felizmente. Y todavía 
hay que admirar y agradecer la "magnanimidad" de 
Dios, y amarlo sinceramente por su generosidad so- 
berana. 

La fe es el único talismán salvador; la duda, la 
incredulidad sincera, el examen de buena fe, el de- 
bate, son los recursos de acción mas reprobables. La 
lógica de este absurdo es, sin embargo, rigurosa El 
libre examen es la muerte de los dioses; sin la fe 
ciega, muere la leyenda secular. 

Tan triste manera de encarar la misión humana, 
produce necesariamente efectos terribles Dice Renán 
al respecto* "L'idéal c'est Tantinaturel, c'est le cada- 
vre dun Dieu mort, c'est V Addolorata pile et voilée, 
c'est Madeleine torturant sa chair". 2 Éste es el 



1 Hablando Pascal del horror a la muerte, dice "Cette 
horreur était naturelle et juste dans Adán innocent, parce que 
sa vie etant tres agréable a Dieu, elle devaic etre améabie á 
rhomme. et la mort eüt été horrible, parce qu elle eút lini 
une vie conforme á la volonté de Dieu Depuis, Thomme ayant 
peche, sa vie est devenue corrompue, son corps et son ame 
ennemis 1 un de l'autre, et tous deux de Dieu Ce changement 
ayant infecte une si sainte vie, l'amour de la vie est neanmoins 
demeure, et l'horreur de la mort étant restée pare Ule, ce qui 
était juste en Adan r est inmste en nous". — Petheei, pág. 290 

2 E. Renán. Études J'htstotre rehgteuse, 8 9 ed , pág. 412. 



[102] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



ideal cristiano. Así es que entre los espíritus más se- 
lectos, esta fe ha producido también resultados com- 
pasibles, de tal modo, que consterna ver la aflicción 
de cristianos ilustres, prototipos de esa fe. 1 



1 Dice Pascal "L'ame est jetee dans le corps pour y 
faire un serour de peu de durée. Elle sait que ce nest qu'un 
passage á un voyage eternel, et quelle na que le peu de 
temps que dure la vie pour s'y préparer Les nécessités de la 
nature luí en ravissent une tres grande partie II ne luí en reste 
que tres peu dont elle puisse dLSposer. Mais ce peu qui luí 
reste l'mcommode si fort et l'embarrasse si étrangement, quelle 
ne son^e qua le perdre" — Pensées, pág 211 

Más adelante agrega- "On charge les hommes des i'enfance 
du som de leur honneur, de leurs biens, et méme du bien et 
de Thonneur de leurs parcnts et de leurs amis On les accable 
de 1 etude des langues, des sciences» des exercices et des arts 
On les charge d'aff aires: on leur fait entendre quils ne sau- 
raient ctre heureux s'ils ne font en sorte* par leur industrie 
et par leur soin, que leur fortune, leur honneur, et méme la 
iortune et Thonneur de leurs amis, soient en bon état, et qu* 
une seule de ees choses qui manque les rend malheureux Ainsi 
on leur donne des charges et des aff aires qui Ies font tracasser 
des la pointe du jour. Voilá» direz-vous, une étrange maniere 
de les rendre heureux Que pourraít-on faire de mieux pour 
les rendre malheureux? Demandez - vous ce qu on pourrait fai- 
re? II ne faudrait que leur óter tous ees soins Car alors lis se 
verraient, et íls penseraient á eux-mémes, et c'est ce qui leur 
est insupportable Aussi, aprés sétre chargés de tant d'af faites, 
s'ils ont quelque temps de reláche, ils tachent encoré de la 
perdre á quelque divertissement qui les oceupe tout entiers, 
et les dérobe á eux-mémes,. " Y más adelante agrega: "Tout 
le malheur des hommes Yient de ne savoír pas se teñir en re- 
pos dans une chambre" — Pensées, págs. 212 y 213. 

Dice también: M Considerons done la vie comme un saenfíce, 
et que les accidents de la vie ne fassent d'impressíon dans 
l'espnt des Chrétiens qu'á proportion quils interrompent ou 
qu'ils accomplissent ce sacnfice. N'appelons mal que ce qui 
rend la victime de Dteu victime du diable, mais appelons bien 



[103] 



PEDRO FIGARI 



La doctrina de Cristo es lógica. Admitida la exis- 
tencia de un dios implacable, que se complace con 
nuestras humillaciones y dolores, con los ruegos su- 
plicantes y las adulaciones, como los tiranos clási- 
cos, admitido que esta existencia es una prueba a 
que se nos somete para pulsar nuestra sumisión in- 
condicional, ¿qué otro remedio nos queda que no 
sea el exhibirla? Es así que al mismo tiempo que 
Dios castiga, el creyente, como un esclavo, besa la 
propia mano que lo azota y agradece el castigo como 
una bendición, cuando no como un rasgo de genero- 
sidad; es así que los fieles lo suponen misericordioso 
más que nunca, en el propio instante en que ejercita 
su crueldad. Para los cristianos, los ' golpes" divinos 
son obra de pura misericordia y caridad. Con arreglo 
a tan extraña lógica, hay que bendecirlo especial- 
mente cuando destroza un hogar, cuando mata, cuan- 
do saquea. Entonces los fieles están de parabienes, 
porque queda demostrado que él no se ha olvidado 



ce qui retid la victime du diable en Adam victime de Dieu, 
et sur certe regle examinons la nature de la mort", y añade: 
"Nous ne trouvons en nous que de véritables malheurs, ou 
des plaisirs abominables 

' Considérons done la mort en Jésus-Christ, et non pas sans 
Jesus-Christ Sans Jtsus-Christ elle est horrible, elle est détes- 
table, et l'horreur de la nature En Jésus-Chnst elle est toute 
autre* elle est aimable, samte, et Ja joie du fidéle. Tout est 
doux en Jésus-Christ, jusqu'á la mort, et c'est pourquoi il a 
souffert et esc mort pour sanctiher la mort et les soufrances; 
et comme Dieu et comme homme íl a été tout ce qu'il y a de 
grand et tout ce qu'il y a d'abject, afín de sanctifier en soí 
toutes choses, excepté le peché, et pour étre le modele de 
toutes les conditions" — Pensées, pág. 284. 

Aquí se puede ver íntimamente caracterizada la esencia mis- 
ma del sentimiento cristiano. 



[104] 



ARTE, ESTÉTICA. IDEAL 



de su rebaña 1 El cristiano auténtico, ni debería 
defenderse, y cuando lo azotasen tendría que repu- 
tarse feliz, si el dolor le permite orar por sus ver- 
dugos: todo esto por egoísmo, es decir, para poder 
disfrutar de las recompensas celestiales. 

Para el cristiano la vida es una carga tanto más 



1 Decía Bossuet "Mais íl vient, diMl, "comme un vo- 
leur'\ toujours surprenant, et impenetrable dans ses démarches 
Cest lui-méme qui sen giorifie dans toute son Ecntute. Com- 
me un voleur, direz-vous, indigne comparaison! N'jmpotte 
qu'elle soit indigne de luí, pourvu qu'elle nous effraíe, et 
qu'en nous efirayant elle nous sauve. Tremblons done, Chre- 
tiens tremblons devant luí á chaqué moment car qui pourrait, 
ou leviter quand il édate ou le découvnr, quand il se cache* 
"*Ils mangeaíent, dit-il, ils buvaient, íl-s achetaient, lis vendaient, 
its plantaient, ils bácissaienr, ils faisaient des mariages aux 
jours de Noe et aux jours de LqüV', et une subite xuine les 
vínt accabler lis mangeaíent, ils buvaient, lis se maríaient. 
Cétaient des occupatíons innocentes que seta-ce quand, en 
contentant nos impudiques désírs, en assouvissant nos vengean- 
ces et nos secretes jalousies, en accumulant dans nos coffres 
des trésors d'iniquité, sans jamáis vouloir séparer les biens 
d'autrui d'avec le nótre, trompes par nos plaisirs, par nos jeux, 
par notre saneé, par notre jeunesse, par l'heureux succés de 
nos affaires, par nos flatteurs, parmi lesquels il faudraít 
peut-érre compter des directeurs infideles que nous avons 
choisis peur nous séduire, et enfin par nos fausses pénitences, 
qui ne sont sumes daucun changement de nos mceurs, nous 
viendrons tout a coup au demier jour* La sentence parara d'en 
haut; "La fin est venue, la fin est venue". Ftms ventt, vemt 
jinn "La fin est venue sur vous" Nunc ftms super te- tout 
va finic pour vous en ce moment Tranchez, concluez". Fac 
conclusionem. "Frappez Tarbre infructueux qui n'est plus bon 
que pour le feu". "Coupez Tarbre, arrachez ses branches, se- 
couez ses feuilles, abattez ses fruits": périsse par un seul coup 
tout ce qu'il avait avec lui-méme' Alors s'éléveront des fra- 
yeurs mortelles et des gnneements de dents, préíudes de ceux 
de l'enfer. Ah 1 mes f reres, n'attendons pas ce coup terrible!". 
— Oratsons fúnebres, pág. 114. 



[105] 



PEDRO FIGARI 



molesta cuanto que lo expone a peligros de todo ge- 
nero, 1 y dado que nuestros sentidos nos traicionan, 
no sabemos cuándo ni por que se incurre en las 
iras divinas. Se pone así al creyente en oposición 
consigo mismo. El cristiano, pues, debería ser lo que 
no es, desde que nace, por el propio hecho de haber 
nacido. Se aplica una perpetua tortura: ¿para que' 
Para redimirse, a fuerza de humillaciones, de faltas 
que no ha cometido. Resulta de este modo el ser más 
triste, sombrío e infortunado; es un hombre a quien 
le devora una aspiración irrealizable, porque esta en 
pugna con su propia estructura natural, y es por eso 
que no hay cristianos auténticos hace ya tiempo, si 
los hubo alguna vez. 

b) Inadaptabilidad del hombre a la ética cristiana 

Es tan inadecuada a la evolución natural la nor- 
ma de conducta aconsejada por el sentimentalismo 
cristiano, que no ha podido asimilarse aún, por más 
que se han hecho esfuerzos inauditos para lograrlo. 
En casi veinte siglos como van corridos desde que se 
proclamaron las enseñanzas de Cristo, la actividad 
humana no ha podido ajustarse a sus mandatos, ni 
entre sus propios prosélitos. Esto acusa su impracti- 
cabilidad del modo más palmario: con el hecho. 



i Decía el mismo Bossuer, con motivo cíe la muerte de 
la Duquesa de Orleáns: "Comme Dieu ne voulait plus 
exposer aux íllusions du monde les senuments d'une piété si 
sincere, íl a fait ce que dit le Sage, "il s'est háté" En effet, 
quelle dihgence 1 En neuf heures i'ouvrage est accompli. "II s'est 
haré de la tirer du milieu des miquités". Voilá, dit le grand 
Saint Ambroise, la merveille de la mort dans Ies chrétiens. 
Elle ne finit pas leur vie, elle ne finit que^ leurs peches et les 
penis oú lis sont exposés". — Ob- cit., págs. 70-71. 



[106] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



El hombre verdaderamente cristiano, si Jo hay, es 
un iluso. Es que resulta imposible, por ejemplo, 
amar tanto al prójimo como a sí mismo, no ya al 
enemigo o al émulo. Ésta es una idealidad irrealizable, 
por fortuna. El egoísmo instintivo es necesario y es 
fecundo en la lucha. Si pudiera trocarse el egoísmo 
en altruismo, o siquiera equipararse; si pudiera su- 
primirse el amor a la vida y a la propia individua- 
lidad; si esta fuerza que regula y estimula al hombre, 
como a los demás organismos, cesara de actuar, pron- 
to se advertirían síntomas de relajamiento, de disolu- 
ción. Si el egoísmo puede ser educado dentro de un 
criterio racional que lo contiene, sin desconocerlo, no 
puede ser excluido, sin atentar en lo más íntimo con- 
tra la naturaleza humana. 

No bastan las intenciones. Por promisoras que 
ellas sean, si no son realizables, nada cuentan. Es así 
que por la misma presión de la ley natural, irredu- 
cible como es, se ha visto a los propios cristianos mas 
entusiastas faltar a los preceptos esenciales de su cre- 
do, y fracasar al cristianismo, en sus propósitos más 
fundamentales. El generoso anhelo de la igualdad, 
verbigracia, no podía consumarse dentro de rumbos de 
un sentimentalismo rebosante, tan reñido con las le- 
yes de la naturaleza Por más prestigio que alcanzaran 
aquellos propósitos, no pudieron salir del dominio 
ideológico, donde viven — pretenden vivir, mejor 
dicho — los soñadores. Es de tal modo inaccesible 
ese programa ético, que, a pesar de las simpatías con 
que contó y de las sugestiones que ejerció sobre los 
espíritus, no pudieron prosperar las virtudes cristia- 
nas, las más cristianas, ni entre los mismos adeptos. 
Se ha perpetuado así esta anomalía: los hombres y 
los pueblos creyentes, como los demás, han tenido 



Cío' ] 



PEDRO FIGAR1 



que falcar a sus preceptos fundamentales; y han sido 
de tal modo omitidos entre los propios fieles, que 
Haeckel, al referirse a la debatida cuestión de la exis- 
tencia de Dios, decía. "Los filósofos incrédulos que 
han reunido pruebas contra la existencia de Dios,, han 
olvidado una de las más contundentes: el hecho de 
que los representantes de Cristo, en Roma, hayan po- 
dido impunemente, durante doce siglos, realizar los 
crimenes peores y cometer las peores infamias en 
nombre de Dios". 1 

Esta monumental y persistente anomalía sólo pue- 
de explicarse porque los preceptos cristianos están en 
completa contradicción con las exigencias de la na- 
turaleza humana. 

Si uno se abstrae por un instante de los prejuicios 
y convencionalismos corrientes, comienza por sor- 
prenderse de que las propias naciones cristianas, os- 
tenten, por ejemplo, a la par de catedrales lujosas 
destinadas al culto de un tan manso y humilde Sal- 
vador, un montaje bélico más lujoso aún, y una po- 
lítica calculista y fría, inhumana y voraz, que tan 
poco se aviene con la abnegación, la humildad, la re* 
sigilación y el amor, es decir, con las virtudes cris- 
tianas más fundamentales. No hablemos de la pobre- 
za, de la castidad, de la mansedumbre. De un lado, 
pues, la apología de virtudes ausentes, y del otro, la 
consagración real, efectiva, de la ley que rige al or- 
ganismo, recrudecida por causa de estos propios idea- 
lismos. 

Hasta la mansión papal se ha sustraído a la de- 
cantada humildad cristiana. El Vaticano puede com- 
petir, en cuanto a fausto y boato, con las residencias 



1 E. Hseckel Los enigmas del Universo, t II, pág. 120, v. c. 



[108] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



de los autócratas del orden civil, por soberbias que 
sean. En esa corte en que reside el padre de la Igle- 
sia seudo cristiana, abundan las suntuosas colecciones 
artísticas, los decorados de los maestros de mayor re- 
nombre, los jardines opulentos, un casino, y la "fami- 
lia" pontifical con sus caballeros de capa y espada, 
la guardia nobíe y otros cuerpos de guardia armada; 
en fin, todo lo que caracteriza el lujo monárquico. 

A fuerza de fingir las virtudes proclamadas por 
Jesús, todas ellas de un sentimentalismo impractica- 
ble, ha concluido el cristiano por engañarse a sí mis- 
mo, al punto de hablar, sin sonrojarse, de humildad 
y de amor a la pobreza, desde pulpitos que ofuscan 
por su riqueza; o de confraternidad, de amor y de 
perdón, en tanto que se lucha abiertamente, acerba- 
mente, cruelmente, para dominar. 

El sueño cristiano prescindió por completo de la 
naturaleza humana, en la errónea inteligencia de que 
por un acto de voluntad podría transformarse radi- 
calmente la estructura del hombre, y como al fin es 
hombre el cristiano, como los demás, ha tenido que 
someterse al imperio de la ley natural. Tan cierto es 
que no puede ser desconocido ni excluido por com- 
pleto el egoísmo congénito, característico de toda or- 
ganización vital conocida, que la propia moral cris- 
tiana, que parece haberlo proscripto, también se 
somete a cL Por debajo de la exterioridad altruista, 
puede así verse la hilacha instintiva, que en vano se 
querría desechar como algo inferior, y que sólo se 
disimula, se deforma, se desnaturaliza. Por algo es 
que promete a los fieles grandes recompensas en la 
otra vida. 

En la actitud cristiana, pues, hay tan sólo una op- 
ción, a base francamente utilitaria y egoísta: se opta 



U09 J 



PEDRO FIGAEJ 



por los bienes de ultratumba a cambio de los bienes 
presentes, los que, por otra parte, son muy poco esti- 
mables dentro del terror que inspira esa fe, y es tan 
vigoroso el instinto, que el propio Jesús, que se repu- 
taba enviado celeste, sufre asimismo crisis terrenas, 
genuinamente orgánicas En el huerto de Getsemaní, 
' postrada la faz contra la tierra, se puso en oración 
y su alma contristada experimentó angustias de 
muerte, pero al fin triunfo en él la resignación a 
la voluntad divina". ] Ese saludable egoísmo esen- 
cial lo ha sentido también Jesús, como sus discípulos, 
a pesar de la honda fe en lo sobrenatural que los 
animaba. 

Según Renán, 'Jesús amaba los honores porque 
ellos contribuían a sus propósitos, y afirmaban su 
título de hijo de David". 3 Parece también cierto 
que prometió a sus discípulos, para muy pronto, un 
banquete celestial, en el cual se hallarían sentados 
en tronos cerca de él 3 Tanto él, como sus discí- 
pulos, estaban persuadidos de que habría de produ- 
cirse el reino de Dios de un modo inminente, y se 
prometían con ello alcanzar bienes y honores envi- 
diables. Se comprende que con tal convicción y ante 
la perspectiva de perder los bienes celestes, eternos, 
no era gran cosa sacrificar los escasos bienes de una 
existencia conturbada por el terror. Hasta el propio 
avaro y el usurero suelen sacrificar bienes presentes 
para aumentar su caudal 

Los discípulos de Jesús, esperando en Jerusalén 



1 E. Renán Vida de Jesús, pig 232, de acuerdo con los 
Evangelios de S Mateo, S Marcos y S Lucas 
- E Renán, ob. cit , pág 230 
3 E. Renán, ob. cir., pág. 239 



[110] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



que se manifestara por instantes el anunciado reino 
de Dios, en tan solemne hora, todavía "disputaban 
acerca de la preeminencia que cada cual habría de 
tener en el futuro remo" 1 

Ante la seguridad moral que dominaba a los pri- 
meros cristianos, de que el reino de Dios había de 
manifestarse, no como una ventura, sino como esta- 
lla una catástrofe, se comprende que los elegidos, se- 
gún su fe, se aprestaran con mayor mansedumbre 
aún de la que exhibieron, a departir con su Dios y a 
disfrutar de promesas para ellos tan halagadoras cuan- 
to cercanas No se requería un desprendimiento per- 
sonal para eso. En esos días apocalípticos, en medio 
de una ignorancia completa respecto de las leyes na- 
turales, nada era más humano que sentirse inclina- 
dos a echarse en brazos de una fe que parecíales 
salvadora. Y así mismo, en los instantes críticos del 
peligro que amenazaba a todos, incluso el Maestro, 
manifestaban sus rivalidades entre si, reproduciendo 
anteriores disputas sobre preeminencia, en esos mis- 
mos postreros instantes en que él los exhortaba a 
amarse y a subordinarse. 2 Ya pretendían ejercer el 
derecho de conquista en el propio reino de Dios. 

El mismo Jesús, que hace la apología del amor in- 
condicional, es actor en una escena de violencia con 
unos mercaderes, él mismo, como apologista de la 
humildad, no sólo amaba los honores, como casi todos 
los mortales, sino que prefería ser llamado hijo de 
David antes que de José, carpintero de Nazareth; y 
hasta parece averiguado que también aspiró al go- 
bierno de la tierra antes de soñar con el reino celeste. 



1 E Renán, ob. cit , pág 228 — San Lucas cap. XX, 2». 

2 E. Renán, ob cít, pág 23^. 



[111 ] 



PEDRO FIGARI 



La humildad, por otra parte, es inconciliable con la 
altísima investidura y el divino linaje que se atribu- 
yó Jesús. Debemos creer que algunos actos que se 
reputan como probatorios de la humildad predicada, 
como ese de lavar los pies a los discípulos, fueran 
simples ceremonias litúrgicas, de igual modo que lo 
han sido después. Felizmente no pudo propagarse 
como cosa usual 

Jesús, a condición de ser reconocido como enviado 
de Dios, acudía a expedientes, como los personajes 
políticos de nuestros días. Así, por ejemplo, usaba 
dos lenguajes: uno llano y claro para con sus pri- 
vados, amigos y discípulos, y otro parabólico, abs- 
truso, para con los demás, 1 seguro de que le era 
más fácil así afirmar su autoridad en medio de los 
oyentes ignorantes y supersticiosos que le escucha- 
ban. Cualquier otra interpretación sería menos fa- 
vorable para Jesús. 

En cuanto a la riqueza, no había mayor razón 
para ambicionarla, en un estado de ánimo, como el 
de Jesús, que esperaba por momentos el reino de 
Dios. 

Así como no hizo camino aquel ejemplo de man- 
sedumbre a que nos hemos referido, el amor a la 
pobreza tampoco lo hizo, y si bien dijo Jesús que 



1 "Y les enseñaba por parábolas muchas cosas. . y les 
dijo. El que nene oídos para oír, oiga Y cuando estuvo solo, 
le preguntaron los que estaban cerca de él, con los doce, sobre 
la parábola. Y les dijo: A vosotros es dado saber el misterio 
del reino de Dios, mas a los que están fuera, por parábolas 
todas las cosas, para que viendo, vean y no echen de ver, y 
oyendo, oigan y no entiendan, porque no se conviertan y les 
sean perdonados sus pecados". — San Marcos, cap IV, ?, 9j 
10, 11 y 12, — San Lucas, cap VII, 9 y 10. 



i 112] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



sería más fácil que pasara un camello por el ojo de 
una aguja que entrar al reino de Dios un hombre 
rico, son muy pocos los que no aman la riqueza, 
entre los mismos creyentes, y a medida que la inves- 
tigación ha ido serenando los ánimos, se ha acen- 
tuado más la ineficacia de anhelos tan sentimentales 
en la vida práctica; pero lo más demostrativo es que 
aquella orientación no pudiera prosperar ni entre 
los más férvidos creyentes, en los propios instantes 
en que ofrecía tan pocos halagos la vida terrena, a 
causa de las visiones terroríficas que entonces afli- 
gían. 

Si todo lo que se refiere a Jesús es demasiado 
vago e incierto, y está contradicho, así como lo que 
atañe a sus tiempos, no puede dudarse de que se ha 
desarrollado un constante esfuerzo, formidable, para 
ajustar la vida a los preceptos cristianos trasmitidos 
por la tradición, así como que a pesar de ser tan 
tenaz esa aspiración, no han podido ni los hombres 
ni los pueblos ajustarse a ellos, aun cuando pudo 
contarse con una predisposición mental inmejorable 
para tales fines. Se ha producido así un singularísi- 
mo e interminable conflicto entre la aspiración del 
cristiano y la naturaleza del mismo. 

El hombre, amante del viejo relato que todo lo 
magnifica en el sesgo tradicional, soñador y crédulo 
como la leyenda con la cual está identificado, sigue 
proclamando como lo mejor lo que le halaga como 
posible elegido de Dios, no sin someterse a los man- 
datos del instinto orgánico, afortunadamente. Al 
mismo tiempo que proclama y pregona las virtudes 
cristianas: el amor, la resignación, la humildad, etc., 
actúa como los incrédulos, porque antes que nada es 
organismo. Se le ve, pues, sometido a la ley común, 



[113] 



PEDRO FIGARI 



a la vez que predica la rebelión a la ley natural como 
lo mejor, y es así que, tanto en el acto propio como 
en el ajeno, si se escarba, se advierte siempre el 
acicate medular instintivo como guia. Él sabe, ín- 
timamente, que no es por humildad ni por amor 
que bendice las iras divinas, sino por temor a los 
castigos; que no es por gratitud que ora, sino para 
congraciarse con el dispensador de recompensas y 
distribuidor de castigos, y que no es por mansedum- 
bre que se resigna a las penalidades y vejámenes 
que le impone su fe, sino por impotencia, que, de 
no ser así, también él, el más manso, habría de er- 
guiise y vengarse, como lo hacen los pescadores na- 
politanos al tocar tierra, cuando su santo se ha con- 
ducido mal. 

Es, pues, en substancia, una perpetua ficción ese 
amor desbordante, esa humildad, esa resignación, 
ese sometimiento, ese desapego a lo terrenal; no es 
una realidad, ni puede ser, en consecuencia, una re- 
gla de conducta positiva ni necesaria en la vida so- 
cial. Ella sería disolvente. Esas supuestas virtudes 
no son más que holocaustos al cruel Moloch de la 
vieja leyenda, que el cristianismo, aterrorizado, no 
pudo descornar. 

El cristianismo tenía que fracasar forzosamente en 
Ja obra imposible de amoldar al hombre a sus de- 
vaneos sentimentales, y a medida que la ciencia se 
amplia, se perfila más ese fracaso irremediable. En 
la historia de los pueblos no se registra un solo caso 
de amor desinteresado, de amor cristiano; al contra- 
rio, acusan todavía hoy una ferocidad fría, reflexiva, 
que es la más anticristiana; en la psicología huma- 
na, si pudiera verse" en todas sus intimidades, no ha- 
bría de comprobarse la existencia de un solo espíritu 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



puramente cristiano, genuinamente cristiano Y no 
puede negarse que son inauditos los esfuerzos que 
se han hecho para adaptar, desde la imposición feroz 
hasta la sugestión dulce que arrulla al oído, al oído 
de los soñadores, de los amantes más impenitentes 
de la quimera. No ha podido contarse con un te- 
rreno mas feraz para la siembra sentimental 

Bien se ve que la moral cristiana es ínadaptable 
a la realidad. Los hombres y las naciones más fieles, 
después de haber intentado asimilar por dos mil 
años las enseñanzas del Maestro, proceden lo mismo, 
instintivamente, y adoran a la vez a Jesús y a 
Mammón, mejor dicho, a Mammón y a Jesús, en 
abierta oposición con su mandato. ]Y a pesar de 
todo se progresa! 

c) Aceto n del cristianismo 

Aun cuando se erigió en modelo etico la crisis 
sentimental-supersticiosa que engendró al cristianis- 
mo, no pudo ejercer una acción efectiva, porque, por 
un lado, el ideal ctistiano se fijó fuera del mundo 
real, y, por el otro, porque el propio cnstiano se co- 
locó así en oposición consigo mismo* con sus ten- 
dencias naturales más íntimas e irrefrenables. 

Consagrado el cristiano a la penitencia y a la pro- 
paganda para encender la gran fe salvadora, que, en 
resumidas cuentas, reputa obra del más alto mérito 
el reclutar adeptos, lo que a nadie habrá de servir 
tanto como al pastor de almas en el acto de discer- 
nirse las recompensas ultraterrenas, según el número 
y calidad de los infieles que entran al rebaño, toda 
la acción superior del cristianismo ha consistido en 
hacer prosélitos para echarlos al tonel de lo desco- 



1115] 



PEDRO FIGARI 



nocido, en aras de la fe, sin dejar otras huellas de su 
paso sobre la caparazón terráquea. 

Dice Strauss. "La vida de familia pasa al último 
término en un Maestro que apenas la conocía; res- 
pecto del Estado se muestra completamente pasivo: 
el comercio y la industria no sólo están excluidos, 
sino que le son visiblemente antipáticos, y todo lo 
que toca al arte y a los serenos goces de la vida, está 
fuera de su horizonte"; y al ocuparse de las lagunas 
y deficiencias del cristianismo, agrega: "Principal- 
mente, en lo tocante al Estado, a la industria y al 
arce, el verdadero punto de vista y la noción justa 
faltan por completo; de modo que, conforme a los 
preceptos del ejemplo de Jesús, es vano intentar la 
ordenación de los deberes ciudadanos y del trabajo 
que tiende a enriquecer y a embellecer la vida por la 
industria y por el arte" 1 

Ha dicho Remy de Gourmont: "Hay un arte ca- 
tólico; no hay arte cristiano"- 2 Esto presupone que 
ni son cristianos los católicos, lo cual es verdad, por 
otra parte, y corrobora, una vez más, la esterilidad 
del cristianismo, 

¿Y cómo se concilla esta innocuidad del cristia- 
nismo, se argüirá, con el auge de las ideas cristianas? 
Ya lo hemos dicho. Esto sólo puede explicarse te- 
niendo presente, por un lado, que el cristianismo di- 
rige su anhelo al supuesto otro mundo y, por el otro, 
que si bien el hombre ama ideológicamente la le- 
yenda que lo magnifica como un semidiós, lo cual 
explica el prestigio de esas fantasías en el campo de 
sus ideologías tan solo, no deja por eso de sentirse 



1 D F Strauss : Nueva vida de Jesús, t. II, pkg. 344, v. c. 

2 Remy de Gourmont: La culture des idees, pág. 147. 



[1161 



ARTÉ, ESTÉTICA, IDEAL 



hombre, y actúa como tal. Resulta así que el hom- 
bre, como cristiano, dirige sus pensamientos al cielo, 
en tanto que, como organismo terreno, encamina su 
acción de un modo más positivo. 

Toda moral que tienda a desconocer la naturaleza 
humana, coloca al hombre ante esta disyuntiva: la 
deformación o la simulación» Este es el dilema que 
fundamentalmente plantea al creyente la moral de 
Jesús. El cristiano, se diría que es un lobo que as- 
pira a ser oveja, y como no hay creencia que pueda 
consumar la hazaña, bien triste, por cierto, de tras- 
tornar la naturaleza en lo que es esencial por lo 
menos, se advierte siempre por debajo del hábito 
del budista, del cristiano, del católico, del mahome- 
tano, de quienquiera que sea, al hombre, como en- 
tidad superior, precisamente porque es de carne y 
hueso. Es preciso constatar esta evidencia. Por eso 
es que, a medida que analizamos, puede verse entre 
los más idealistas cristianos — incluso Jesús — un 
sometimiento indefectible al instinto vital, orgánico, 
y fuera de eso, una deformación. 

Al hacerse el sacrificio de la razón, se sacrifica 
la entereza de la personalidad humana. De ahí el 
aire de víctimas que ostentan los creyentes, aterro- 
rizados por el tradicional fantasma de la fe en lo so- 
brenatural. Nada es menos aprovechable como fuer- 
za de avance, que esos seres que viven balbuceando 
oraciones y persignándose, bajo la presión de un te- 
rror absurdo. Ni la misma condición de los que "no 
saben soportar las vicisitudes de la vida sin enviar 
de tanto en tanto plegarias al cielo, para obtener su 
ayuda'*, según dice Jacobsen, puede ser fecunda ni 
provechosa. Ese suplicio tantalesco a que se ha so- 
metido el hombre, el rey que se dice hecho a imagen 



[117] 



PEDRO FIGARi 



y semejanza de Dios para acentuar la ironía de su 
humillación, no es ni puede ser un elemento progre- 
sista, sino estéril y enervante. 

Por otra parte, el propio buen sentido más ele- 
mental nos está diciendo que, aun cuando hubieran 
de esperarse mayores bienes en otra vida, tan difícil 
de demostrar, por otra parte, es absurdo pensar que 
sea indispensable que perdamos aquí nuestro equili- 
brio y nos deformemos con sacrificio, para mere- 
cerlos. Esto implicaría la más grave ofensa que 
pueda dirigirse a la magnanimidad de cualquier dios 
que sea. No obstante, el cristianismo hace sobre este 
punto cuestión capital, y entiende que no hay mejor 
camino para ganar el cielo que el de la humillación, 
llevada hasta el menosprecio de los propios bienes 
de la existencia: el sacrificio máximo, en dos pala- 
bras. Se piensa que a Dios nada le ha de aplacar 
como la humillación, el martirio voluntario, la mi- 
seria, el sufrimiento, la propia auto-mutilación. Tie- 
ne que ser misérrima la concepción teísta que exija 
tal monstruosidad. 

Fuera de entenebrecer al hombre, este influjo 
tiene que ser funesto para el, dado que le hace ol- 
vidar sus deberes primordiales, trocando lo necesa- 
rio efectivo por lo fantástico Hablando de los tem- 
plos, dice Taine Xos hombres que vienen aquí 
tienen el alma triste, y las ideas que aquí vienen a 
buscar, son dolorosas". 1 <Qué puede esperarse de 
esos espíritus perpetuamente acongojados, para la 
realidad de la vida, que es lucha, que es trabajo, que 
es investigación ? Todavía está por verse el efecto de 
esas interminables plegarias aflictivas de que están 



1 H Taíne Filosofía del arte } pá#. 78, v. c. 



L US ] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



saturados los muros de los templos. Todavía no se 
ha obtenido por tanto rezo y sacrificio un solo suero, 
una vacuna, un específico cualquiera. 

Es, sin embargo, tan exigente la fe, que los fieles 
querrían convertir a todos los hombres, sin dejar a 
uno solo para que investigue libremente, temorosos 
¿le que pueda resultar una comprobación contraria 
a ella Se prefiere la simulación de la fe, un someti- 
miento fingido a una religión, y se toma por re- 
belión todo intento libre investigatorio. ;Qué sería 
de la humanidad si hubiera podido prevalecer este 
anhelo fideísta, liberticida? 

Afortunadamente nunca tomó ni podía tomar 
cuerpo la utopía cristiana y, al contrario, sirvió tal 
vez de acicate a los espíritus combativos Si se hu- 
biera tenido que confiar tan sólo en los efectos de 
la plegaria y del sacrificio religioso, la humanidad 
estaría aún en la tristísima condición en que se ha- 
llaba cuando apareció Jesús. Afortunadamente, son 
muy pocos los que no han tratado de procurarse un 
lote terrenal aun entre los propios elegidos; que, de 
no ser así, si hubiera podido anularse el instinto 
que incita a la lucha, al mejoramiento, a la inves- 
tigación científica, lejos de haber evolucionado tanto 
la humanidad desde entonces, nos hallaríamos aco- 
metidos aún por aquellas visiones terribles de an- 
taño, y entregados a los exorcismos, conjuros y ple- 
garias, tan infructuosos como son. 

Los más grandes pensadores, aun después de 
haber reunido prolijas y pacientes documentaciones, 
sólo se atreven a formular hipótesis, sin pretender 
que por ellas se comprometan intereses valiosos; los 
iluminados, en cambio, excluyen y reprueban toda 
investigación tendiente a esclarecer, y no sólo se 



[119] 



PEDRO FIGARI 



entregan mcondicionalmente a su fe, sino que pre- 
tenden convertir y someter a los demás, cueste lo 
que cueste. 

El cristianismo se destaca por su fiebre redento- 
nsta. ¿Qué hay, sin embargo, como base substancial 
para afirmar su fe? La palabra revelada. Fuera de la 
palabra revelada, que no nos informa sobre nmgújp 
hecho positivo, no hay nada, ningún hecho, ni ley 
comprobable, ni cosa aprovechable en las vías posi- 
tivas, y lo poco que ha dicho la revelación, no se 
tiene en pie si se le confronta con las conquistas 
efectivas de la investigación científica Desde luego, 
hace dos mil años que estamos esperando el anun- 
ciado reino de Dios, que según los mismos que 
captaron la palabra divina en su fuente, debía es- 
tallar por instantes. Por lo contrario, el remo de 
Dios se ha ido alejando a medida que la ciencia ha 
prosperado, y, lo que es más instructivo aún, para- 
lelamente, los hombres y las sociedades han meto- 
rodo. Hay que convenir en que si Dios no tenía más 
que decirnos, no valía la pena de que enviara una 
embajada. 

Es también sintomático que la panacea cristiana 
del amor fraternal y desinteresado no haya tomado 
participación alguna en la obra evolutiva de mejo- 
ramiento, y que si alguna vez se exhibió, haya de- 
jado de hacerlo a medida que los hombres y las 
sociedades se encaminan a su mejoramiento. Cada 
vez menos el amor gobierna el mundo, y así mismo 
se progresa. 

Si Jesús agregó la utopía sentimental del amor 
a las ideas de su tiempo, no por eso aportó un con- 
curso efectivo m favorable a la evolución, porque 
su aspiración ultrasentimental es impracticable, fe- 



[120] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



húmente. La propia caridad y la asistencia han to- 
mado mayor cuerpo a medida que la investigación 
científica ha informado la conciencia. En vez de 
consolar platónicamente a los- desgraciados y opri- 
midos, bajo otras orientaciones más positivas, se 
tiende a emanciparlos, poniéndolos en condiciones 
de luchar por su mejoramiento, y para esto mismo 
ni se requiere humanidad: basta razonar. La razón es 
la que más ha influido en el sentido práctico de 
prevenir el dolor, la miseria, la ignorancia y las 
demás causas de perturbación y de malestar social, 
que en vano querrían reducirse por la compasión y 
el efímero consuelo, cuando no por el freno del te- 
rror demonomaníaco. 

El cristianismo es un vaho sentimental enervante, 
saturado de melancolía, en medio de los hombres y 
los pueblos que luchan compelidos por la ley na- 
tural. Jesús, más bien que un filósofo, resulta ser un 
vate lírico, triste, amargamente inspirado Ni es po- 
sible definir el significado de la obra de Jesús en la 
evolución, porque fijada la finalidad fuera de este 
mundo, su esfuerzo se ha dirigido a la muerte, a 
Dios, todo él de tejas arriba. En lo que atañe a la 
existencia terrena, esa aspiración es negativa. Sería 
menester que nos hablaran los muertos para saber 
qué efectos tuvo el cristianismo fuera del mundo, 
pues aquí sólo es una abstracción, una visión tétrica, 
sin más efectos tangibles que los holocaustos de los 
iluminados. Por fortuna, su reino no fue de este 
mundo. Decimos esto, porque si hubiéramos tenido 
que esperar el progreso humano de la acción cris- 
tiana, la humanidad se hallaría aún en la aflictiva 
condición de los tiempos en que se engendraron los 
delirios ingenuos de que nos ocupamos. 



[121] 



PEDRO FIGARI 



Pijada la mirada en la muerte y en el cielo, ha- 
bría debido repudiarse como una tentación malsana, 
una ofensa a "Dios, un delito, todo lo que, con 
arreglo a nuestra íntima estructura, se nos ofrece 
como natural, espontáneo y legítimo. El mundo, 
con el cual nos sentimos identificados, habríamos 
de rechazarlo como a enemigo, para optar por 
'otro mundo", del cual no tenemos una sola noti- 
cia fidedigna. Tan circunscrita está a la etica la 
obra de Jesús, y su ética está tan subordinada a la 
supuesta finalidad ultraterrena, que, como se ha 
dicho» ni ha dejado huellas de su paso en Lt tierra 
Esta colosal realidad, no obstante, no se ve, y el 
prestigio del cristianismo — igualmente colosal — 
se conserva, como si se tratara de algo definitivo, in- 
mejorable. Es verdad que en la vida práctica el espí- 
ritu cristiano no influye para nada. Se conserva, 
pues, como un sueño grato en el fondo del alma, 
de igual modo que se custodia una reliquia de fami- 
lia en el fondo de un baúl 

La acción cristiana, genumamentc cristiana, hace 
ya tiempo que no se manifiesta más que por el em- 
peñoso esfuerzo desarrollado para hacerla efectiva, y 
los mismos que se consagran a esa obra imposible, 
porque va contra la naturaleza, sean las que fueren 
sus intenciones, que no tenemos para qué conside- 
rar, tienen forzosamente que violar los preceptos y 
enseñanzas del Maestro. Ni se ha omitido la propia 
deformación de la palabra divina, para ajustaría a 
las exigencias de la evolución. Las distintas varie- 
dades de la ''familia" cristiana han realizado, a veces, 
verdaderas proezas para dirimir la flagrante oposi- 
ción que se plantea entre la fe y la realidad. 

A cada instante surge un conflicto que impide a 



[122] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



los fieles marcar el paso en la evolución, y es pre- 
ciso optar entre las conclusiones de la ciencia y las 
afirmaciones de la palabra revelada; en tales emer- 
gencias, hasta ha llegado a repudiarse la ciencia, que 
es la verdad, que es lo mejor y más respetable del 
haber humano El catolicismo, secta más inclinada 
a la lacha, suministra comprobaciones irrefragables 
al respecto. Todavía al finalizar el segundo tercio 
del siglo pasado, tronaba la voz papal condenando 
en una encíclica y el Syllabus, las más preciosas con- 
quistas del esfuerzo humano, y poco después se lle- 
gaba a proclamar la infalibilidad del Papa. ✓ Puede 
haber una prueba más concluyente de la oposición 
religiosa al espíritu científico y, por lo tanto, a U 
evolución"' 

Lo que se ha hecho para mantener en pie las ener- 
vantes leyendas sentimentales es inaudito, inenarra- 
ble, y así mismo ellas van fatalmente a la banca- 
rrota, por obra del progreso. 

Si dada la idea tan convencional que se tiene del 
arte, ha podido decirse que es negativa la acción del 
cristianismo, según nuestro concepto artístico, que 
reputamos más positivo, resulta contraproducente. 
Esa fe tétrica, desesperante, desconcertante, desolante 
como una letanía, no pudo engendrar ningún anhelo 
activo, ni despertar ninguna de las iniciativas a que 
más debe la humanidad. Un día sorprenderá que se 
haya hecho tanto para dar cuerpo a esta perfecta qui- 
mera que, afortunadamente, no pudo arraigar, por 
hallarse en abierta pugna con la realidad. Así es 
que, a despecho de tantos y tan ilustres cultores de 
esa fe ingenua, vemos cómo se desvanece su inmenso 
prestigio a medida que se progresa en el cono* 
cimiento. 



[123 j 



PEDRO FIGARI 



El cristianismo es una aspiración a lo imposible. 
Su acción, pues, resulta estéril, y aun contraria a los 
intereses humanos, tanto más cuanto más empeñosa. 



IV. TRADICIÓN SENTIMENTAL. — CONCLUSIONES 

En los tiempos antiguos apenas se advierte el es- 
fuerzo intelectivo, dirigido al conocimiento. La tra- 
dición es casi toda sentimental. A medida que retro- 
cedemos, el anhelo cognoscitivo cede a la religiosidad, 
y ésta, a su vez, a la supersticiosidad, que debió apa- 
recer como la primera modalidad especulativa. Al 
punto a que hemos llegado en la evolución, nadie to- 
ma ya en serio las formas francas supersticiosas, y se 
puede ver también que triunfa resueltamente el espí- 
ritu científico en la contienda planteada entre "la re- 
ligión" y M la ciencia' 1 . 

Todavía se sienten, sm embargo, las sugestiones re- 
ligiosas en las propias filas intelectuales, como se pal- 
pan los últimos residuos supersticiosos hasta entre las 
propias clases cultas; pero la convicción cada vez más 
sólida y más generalizada acerca de las ventajas del 
conocimiento, consolida el auge del espíritu científi- 
co, el cual, hoy día, se nos presenta de tal modo fun- 
damentado, que nos parece imposible que haya podi- 
do ser motivo de escarnio, y hasta de persecución. 
Después de todo, por algo fue la ciencia el único 
árbol vedado. 1 Es precisamente la investigación cien- 
tífica lo único que puede disipar los prestigios de la 



1 "Mas del árbol de h ciencia del bien y del mal no 
comerás de él, porque el día que de ¿1 comieres, morirás". — 
Génesis, cap II, 17 



[124] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



leyenda. De esto arranca el apego al misterio que 
alimenta las quimeras, sobre todo las terribles quime- 
ras que engendraron el prurito teocrático e intoleran- 
te, causa de casi todos los males y perturbaciones que 
forman la historia del hombre, como una excepción 
poco honrosa, a menudo, entre la de los demás orga- 
nismos del planeta Ese terror al conocimiento es el 
"pecado original" del espíritu religioso. 
A pesar de esa fobia científica, es instructivo ob- 
» servar cómo se esfuerzan los creyentes para a justar 
los propios dogmas o "verdades" de los dioses a las 
nuevas necesidades que consagra el conocimiento y 
a las nuevas documentaciones, y cómo se empeñan 
los exégetas en conciliar la leyenda con las conclu- 
siones científicas, es decir, con eso mismo que se 
reprueba y se moteja. Es de este modo que las tra- 
diciones se perpetúan, emendóse con la ductilidad 
de la cera a todo aqueJlo que las pone en contradic- 
ción con la realidad, y es de este modo que pueden 
sobrevivir aún, bien que maltrechas, con una tenaci- 
dad pasmosa. Es admirable la vitalidad de todo pres- 
tigio tradicional. 

Resultan así fundamentalmente irreconciliables 
''la fe" y "la razón". La primera querría mantener 
en alto, intangible, la leyenda, y la razón, como que 
procede sin reatos, somete todo, incluso la propia 
leyenda, a un libre examen. El creyente transige, no 
obstante, en todo aquello que no puede dejar de 
hacerlo, no sin conservar cualquier despojo de su fe, 
y es por esto que también evolucionan las leyendas, 
si bien lo hacen con una lentitud desesperante. El 
proceso de rectificación es más admirable, pues, que 
el propio esfuerzo de resistencia tradicional. Si es 
sorprendente que lo sobrenatural, lo contranatural, 



[125] 



PFDRO FTGARI 



las revelaciones y los milagros hayan podido, como 
"tabús" arduseculares, imponerse a la conciencia hu- 
mana, no lo es menos que esa misma conciencia 
ofuscada por tanto destello sugestivo, haya podido 
libertarse hasta llegar a encarar la realidad como 
una serie de fenómenos regulares, sometidos a un 
ritmo normal. Este resultado del esfuerzo mvestiga- 
torio raya en lo prodigioso. En cuanto a los benefi- 
cios que se derivan de tal conquista, todos positivos, 
es difícil abarcarlos en toda su enorme extensión. 
Asistimos, puede decirse, a la iniciación del proceso 
científico. 

Antes de pasar adelante, conviene hacer un parén- 
tesis, a fin de aclarar un punto sobre el cual no son 
precisas, por lo común, las ideas Cuando se habh 
de la ciencia, de la religión, de la fe, de la razón, 
etc, parece que se hablara de cosas substantivas, y 
hasta se suele encabezarlas con una mayúscula, co- 
mo si fueran nombres propios. Hemos dicho ya que, 
a nuestro juicio, ésta es una ilusión, por cuando sólo 
se trata de modalidades de la misma mente de la 
misma conciencia humana, y no de entidades objeti- 
vas Es siempre el hombre el que acude a la ciencia 
por medio de sus recursos racionales, o a la religión 
por medio de su fe. Aquella ilusión, en cambio, hace 
pensar que podrían subsistir la ciencia, la religión, 
la razón y la fe fuera del hombre, lo cual es un es- 
pejismo psíquico, simplemente, según intentaremos 
demostrarlo más detenidamente en la segunda parte 
Hecha esta aclaración, sigamos adelante 

Mientras el sentimiento religioso ha prevalecido 
en el hombre, todo se ha librado a sus arbitrarios 
mandatos. No ha habido ninguna * razón" para de- 
terminar una conducta mejor que otra, en la obra de 



[126] 



_ ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



adaptación a que necesariamente está sometido todo 
organismo. Es así que Ja actividad humana ha toma- 
do direcciones antojadizas, sin obedecer a lógica al- 
guna, como no sea la de mantener enhiesta la auto- 
ridad de la palabra tradicional. 

La prueba de que las diversas civilÍ2aciones cono- 
cidas se han desviado de la mejor senda, para los fi- 
nes de la especie, la suministra el hecho persistente al 
través de los tiempos, de hallarse no sólo muchos pue- 
blos rezagados al lado de civilizaciones deslumbran- 
tes, sino que dentro de los mismos pueblos más civi- 
lizados, conviven todavía las clases populares más 
míseras y atrasadas, como si fueran ejemplares de 
una especie inferior Hay pueblos, por otra parte, 
que no han podido modelar aún una civilización pro- 
pia, ni tampoco asimilar los progresos de las demás. 
Aun cuando sólo bastaría un simple impulso, a veces, 
para determinar formas nuevas y mejores de acción, 
de ese impulso han quedado vírgenes muchos pueblos 
todavía, a los que se les desprecia, cuando no inspiran 
concupiscencias y se aprestan las naciones más senti- 
mentales a someterlos a su dominio, con toda bra- 
vura, y siempre o casi siempre en exclusivo provecho 
del colonizador. El colono poco o nada cuenta. ¿Có- 
mo podría cohonestarse semejante procedimiento con 
las consabidas proclamas líricas de igualdad y con- 
fraternidad? ¿Cómo se explica este afán de dominio, 
verbigracia, con las prédicas cristianas? 

Y no sólo se usa de crueldad para con los hom- 
bres de otras razas o de otras nacionalidades, sino tam- 
bién para con los mismos connacionales. A ellos tam- 
bién se les aplica la ley del vencido. Las propias cla- 
ses que producen y contribuyen hasta con su sangre a 
favor de la entidad nacional, en realidad son tan es- 



[127] 



PEDRO FIGARI 



clavas como antes los sometidos Sólo han cambiado 
las formas de esclavizar y el nombre del esclavo; en 
cambio, se han multiplicado las maneras de hacerse 
servir. No es que para muchos falte lo superfluo, al 
mismo tiempo que para los demás es cosa "muy ne- 
cesaria^ según se ha dicho, ni tampoco que falte para 
algunos lo propio necesario-perentorio, al extremo de 
producirse casos de muerte por hambre y por frío 
en las metrópolis más ricas, sino que los de abajo 
pagan toda clase de tributos — sin excluir el de la 
dignidad — y los de arriba los recogen, y los recogen 
con soberbia, todavía A nuestro modo de ver, tal 
anormalidad se debe a un error fundamental en la 
orientación de la actividad, originada por los falsos 
conceptos tradicionales. 

La causa de estas disparidades que se observan en 
los diversos pueblos, y entre las clases sociales de cada 
pueblo, hay que buscarla precisamente en la prevalen- 
cia que ha tenido el miraje religioso sobre la razón. 
Al descuidar como cosa secundaria lo terreno, y al 
encarar la suprema finalidad humana de un punto de 
vista tan individual, la actividad se ha dirigido hacia 
las formas suntuosas, opresivas, antes que a las formas 
igualitarias, cooperativas Cada cual ha buscado su 
propio lote, y de ahí que la lucha haya tenido que 
desarrollarse con ferocidad. Todos han aspirado a dis- 
frutar de los bienes desmedidos del dominador — 
sobre todo cuando esto facilita además el comercio 
con los dioses — , y en esta brega entre opresores y 
oprimidos, es claro que cada cual haya pretendido 
alistarse entre los primeros. Se ha empeñado la lucha 
en un campo disparatadamente arbitrario. 

Si se examina con libertad mental lo que ocurre, se 
verá que una serie de contrasentidos tienen carta de 



[128] 



ARTE, ESTÍTICA, IDEAL 



ciudadanía entre los hombres, y debido a que nos he- 
mos acostumbrado a considerarlos como cosas lógicas 
merced a la obra de la tradición, no percibimos su 
enormidad. Así, por ejemplo, al mismo tiempo que 
se hace la apología de la humildad, se ostenta la vani- 
dad llevada al máximum de la soberbia, como es el 
imaginar divinidades omniscientes y perfectas seme- 
jantes al hombre, preocupadas de la suerte de sus fie- 
les, aun en sus más pedestres y abominables gestos, y 
en tanto que hay dolores y miserias que demandan 
un remedio, se elevan los templos lujosos como es- 
pirales de incienso, amontonando riquezas para gran- 
jearse a los dioses, como si a existir éstos pudieran ser 
mistificados por esos ruegos y derroches, toda ve* que 
fueran tan sólo morales cuanto pueden serlo ordina- 
riamente los hombres de bien. Para justificar la ne- 
cesidad religiosa, se aduce, entre otras 'razones 0 , la 
de que debemos dar gracias a Dios, como autor de 
las bellezas y armonías del universo, de los bienes de 
que disfrutamos, en fin, y al propio tiempo se pro- 
clama el menosprecio de los bienes terrenos, cuya po- 
sesión habría de agradecerse a costa de tanto sacrifi- 
cio, desatendiéndose necesidades mucho más dignas de 
satisfacerse, por cierto. Vivimos así en pleno absurdo: 
las proclamas, por un lado, y los actos, por el otro. 
Este desconcierto perpetuo es el que mantiene a la 
humanidad en un estado de lucha perenne y cruel, en 
tanto que los demás organismos, por más que son in- 
feriores al hombre, sólo usan de la crueldad en cuan- 
to es menester para llenar sus necesidades naturales. 
Resulta así que el hombre procede con duplicidad: 
por un lado, sustenta ideales tan "superiores" que no 
acierta a realizarlos y, por el otro, sus actos son tanto 
o más inferiores que los de los demás organismos. 



[129] 



PEDRO FIGARI 



Esto no puede explicarse sino por un error funda- 
mental de orientación. En otras palabras, la mentali- 
dad humana vive de espejismos, mientras que el hom- 
bre, como organismo, vive en la realidad. 

Quien oyera las apologías de la gratitud, creería 
que el hombre se caracteriza por agradecido, y quien 
observa la conducta efectiva del hombre, llega a otras 
conclusiones muy distintas. Y lo mismo puede decirse 
del amor al prójimo, del desinterés, de la confrater- 
nidad, de la caridad, etc. 

Si observamos lo mas íntimo del sentimiento reli- 
gioso, se verá que el comercio con los dioses no obe- 
dece a una sentida gratitud por ios bienes disfrutados, 
sino al contrario, a las deficiencias de la supuesta 
creación, según nuestros anhelos* en todas las ''ple- 
garias" se pide algo más de lo que se posee. No hay 
un solo acto religioso que no este encaminado a con- 
seguir un nuevo bien. Los mismos que se dan a for- 
mar fieles, lo hacen con el desinterés con que el jo- 
yero enfila sus perlas, puesto que, según su creencia, 
a nadie ha de aprovechar su obra tanto como a ellos. 

Lo que hay en realidad es que los ilusos optan por 
los bienes de la otra vida, en la inteligencia de que 
son más estimables, pero lo hacen con un propósito 
tan practico cuanto aquellos que se apresuran a dis- 
frutar de los bienes terrenos por temor de que la 
vida les dure poco. 

Aquel error capital de la opción por la vida ultra- 
terrena es el que lo trastorna todo, y errores hay que 
se pagan más caros que los mismos delitos. Admitido 
que la vida actual es despreciable, es claro que no pue- 
den interesar los progresos positivos. Los que se forjan 
ilusiones sobre la nueva vida, tienen por fuerza que 
ser pasivos en ésta. Una vez que han hallado la ma- 



[1301 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



ñera de asegurarse un sitial en el otro mundo, no pue- 
den tener mayor empeño en mejorar su suerte terre- 
nal, ni la de los demás. Así es que se eternizan las 
prácticas más atrasadas, y, entretanto, quedan descui- 
dados los problemas sociales y económicos como asun- 
tos secundarios. Fuera de la caridad ineficaz, los * úl- 
timos" no pueden contar con más consuelo que el de 
ser los primeros en el reino de Dios, y quedan aquí 
definitivamente olvidados. 

Para la especie no puede ser tampoco eficaz ni con- 
solante un arbitrio tan dudoso en sí mismo, y tan 
contradicho. Si se salvan los cristianos, ¿dónde van 
los budistas, los mahometanos y los demás herejes? 
Si se salvan los mahometanos, ^qué es de la suerte de 
los otros creyentes ? No es posible que todos alcancen 
el reino de Dios por tan diversos y opuestos caminos. 

Es de tal modo arbitrario el sentimiento que nos 
trasmite la tradícicn como la mejor manera de cumplir 
nuestros deberes > de satisfacer nuestros anhelos, que 
lo que es para unos un salvoconducto, un sanalotodo, 
es para otros un? manera inequívoca de propiciarse 
los mas horrendo*; castigos, las más lamentables con- 
secuencias. ¿Quién está en lo cierto? Hoy mismo, 
el profesor BmoSanglé 1 atribuye las visiones de 
Jesús a causas psicopáticas, con un caudal formidable 
de antecedentes que resultan tanto más dignos de 
atención cuanto que proceden de los propios apolo- 
gistas del Maestre». Si lo que nos ha trasmitido la le- 
yenda cristiana fuera fruto de simples alucinaciones 
de un teomegalómano, como lo afirma dicho psicólo- 
go, ¿qué excusa podría aducirse para atenuar la enor- 



1 Dr. Bmet-San¿lé: La fohe de Jésus. Ed. A. Maloine, 
París 



[131] 



PEDRO FIGARI 



me responsabilidad de los que preconizaron como lo 
más acepto a la divinidad, las famosas cruzadas, no 
ya la penitencia perenne, el sacrificio, el suplicio mis- 
mo, durante veinte siglos? 

Se comprende que cueste un enorme esfuerzo 
admitir la conclusión de Bmet-Sanglé, porque desca- 
labra un mundo de idealismos, que el hombre mira 
todavía como algo soberanamente sublime y promi- 
sor; pero bastaría la simple posibilidad de ser vícti- 
mas de una falacia, en este caso, para caracterizar 
la completa arbitrariedad del sentimentalismo tra- 
dicional. 

Como quiera que sea. es indudable que el senti- 
miento ha conducido a la humanidad por las vías más 
arriesgadas, y aun más antinaturales. 

Desviados los hombres y los pueblos de sus fina- 
lidades más positivas, la mayor acción se encamino a 
ajustar cuentas con los dioses, y se descuidó lo pri- 
mordial. De ahí las inevitables decadencias, los fra- 
casos. Basta observar que cada civilización ha tenido 
un ciclo más o menos breve, para que se vea que no 
estaban bien encaminadas, por cuanto no hay razón 
para que se opere inevitablemente, inexorablemente, 
tal caída. Si las sociedades y los hombres se hubieran 
dedicado a atender sus necesidades naturales dentro 
de la realidad y, consiguientemente, en un terreno 
positivo, no habrían ocurrido tantos accidentes lamen- 
tables, tantas decepciones. 

La rebelión a la ley natural, la resistencia a reco- 
nocer la realidad como nuestro propio ambiente, ha 
hecho aplicar energías en un sentido quimérico, en 
vez de aplicarlas en un sentido positivo, como lo ha- 
cen todos los organismos terrestres, y de ahí que la 
mayor inteligencia del hombre no siempre haya resul- 



[132] 



Arte, estética, ideal 



tado una ventaja efectiva. El propio conocimiento, 
que es lo más conducente, ha sido reprobado, prefi- 
riéndose la ficción y la anfibología a la espontaneidad 
y el carácter. Hasta se ha intentado suprimir la liber- 
tad de pensar como si fuera posible o simplemente 
mejor ajustar a un cartabón uniforme, lóbrego ade- 
más, todos los pensamientos. 

Sólo porque el espíritu humano ha sido roturado 
por todo género de fantasías, por obra de la tradición, 
ha podido acordarse tanto prestigio a la religiosidad, 
que no aportó una sola verdad concreta utilizable, y 
que todavía reprueba sistemáticamente las formas de 
la investigación libre, con ser tan fecundas. Basta que 
lleve, como lleva en sí, virtualmente, una oposición 
al espíritu ínvestigatorio científico, para que no de- 
ba reputársela como elemento eficiente de civiliza- 
ción, de progreso. 

Las ideas positivas, las más positivas y comproba- 
bles, no encuentran ambiente en los espíritus acos- 
tumbrados a confiarlo todo en la acción de los dio- 
ses, de igual modo que no encuentra campo el es- 
fuer2o penoso entre los que acostumbran confiar sus 
destinos al azar. Dentro de esa falsa vía se ha desna- 
turalizado el esfuerza y se han enredado las ideas. El 
sofisma de que era preciso un "freno" para contener 
a las masas populares, en vez de darles medios para 
salir de la obscuridad misérrima, servil, abyecta y 
oprobiosa en que vivían, ha tenido una suerte mayor 
de la que merecía, y es así que se ha garantido su 
pasividad por la ignorancia, a favor de todas las ti- 
ranías, en vez de prepararlas para mejorar su situa- 
ción. Lo poco que se hizo por los religiosos en pro 
de las muchedumbres, no fue para instruirlas, sino 



[133] 



PEDRO FIGARÍ 



para convertirlas a su credo, a fin de extender el do- 
minio de su fe. 

Por otra parte, ¿es un freno la fe? Los que más 
creen en la misericordia divina, en cabalas y superche- 
rías son los más expuestos a pecar; los demás deben 
ceñir sus actos a la moral ordinaria, que toma en 
cuenta los efectos terrenos solamente para decidir de 
su licitud, y la experiencia aconseja la probidad como 
la mejor y más práctica regla de conducta. Con arre- 
glo a la moral positivista, deben temerse los efectos 
siempre o casi siempre funestos de toda mala acción 
, aquí, en la tierra, que refrenan mucho más, por otra 
parte, que los castigos de otra vida problemática, por 
tremendos que sean, los que sólo contienen, si acaso, 
a los tímidos, inofensivos por lo mismo. 

La tan proclamada necesidad religiosa es un miraje 
que ha desviado al hombre de sus fines naturales Así 
es que vemos determinar las formas de arte suntuoso 
para servirla, mientras que las más positivas necesi- 
dades quedaron relegadas, y el pueblo lo mismo. Es 
tal el desarrollo de las artes fastuosas durante los 
tiempos en que preponderó el espíritu místico, que 
quizá desde entonces se denominaron "bellas artes" 
las ramas destinadas más principalmente a la glorifi- 
cación de los dioses. De ahí que se haya considerado 
a la religiosidad único factor del florecimiento de 
estas artes, como las más honrosas y características de 
la cultura, sin advertir que ese mismo auge pudo 
producirse por otras causas. Así, por ejemplo, en la 
propia edad de la piedra hay también vestigios de 
estas mismas formas artísticas, lo cual demuestra que 
no es una privativa del espíritu religioso el culto de 
lo que se reputa belleza, con arreglo a las ideas co- 
rrientes. La vida fácil de los cazadores de renos, 



[134] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



también permitió un culto análogo. Con el mismo 
fundamento con que se atribuye el progreso del arte 
de boato al sentimiento religioso, podría atribuirse, 
pues, a la caza o a la holganza. Por lo demás, el 
paganismo griego, poco "religioso" como fue, tam- 
bién operó un extraordinario florecimiento en las 
artes suntuosas. 

Tan magnificada como fue la "necesidad" religiosa, 
el ingenio humano no podía dejar de satisfacerla, y 
es por eso que los más empeñosos esfuerzos artísticos 
se aplicaron a los fines del culto externo, y a dar pres- 
tigio a la autoridad temporal como delegada de la 
autoridad divina. Al lado de los templos, palacios, 
museos, bautisterios, conventos, parques y jardines lu- 
josos, el pueblo quedaba desprovisto de todo. Hay 
que pensar en que si ese enorme derroche de ener- 
gías y riquezas se hubiera aplicado a servir al hom- 
bre, positivamente, en vez de aplicarlo a la adulación 
de los dioses terribles; si el esfuerzo invertido en le- 
ves balbuceos de plegaria y en suspiros místicos, se 
hubiera dirigido a elevar la conciencia humana, por 
medio de la instrucción, en un sentido racional, se 
habrían podido obtener resultados sorprendentes. Con 
esas dos partidas, no más, dedicadas a facilitar la 
evolución y el mejoramiento humano, se habrían po- 
dido alcanzar progresos asombrosos y se habrían po- 
dido reducir considerablemente los males y las pla- 
gas que deslucen a las civilizaciones más brillantes 
como un borrón. 

Pero se comprende que no podía nacer en los 
cerebros de cuáquero, minados por la fe en lo so- 
brenatural, una iniciativa empeñosa en tal sentido, 
como se comprende también que dirigido el esfuer- 
zo a las regiones de ultratumba, no pudiera ser pro- 



[135] 



PEDRO FIGARI 



picio a los intereses terrenos. Supuesto que fuera 
verdad que los dioses existen en la multiplicidad de 
formas con que los conciben los creyentes, y que se 
interesan en nuestros asuntos, no valía la pena de 
tomar en serio lo terrenal, transitorio. Esto es lógi- 
co. Pero es que a medida que se progresa, los dioses 
se hacen cada vez más huraños y escatiman sus apa- 
riciones y sus milagros, por lo cual los hombres tien- 
den a servirse a sí mismos. Hace ya tiempo que 
Jehová no está en estrecha correspondencia con los 
hombres, y es así que éstos deben confiar en su pro- 
pio esfuerzo, en su propia inspiración. A tal cambio 
es que deben atribuirse los progresos operados. 

Si los dioses, como se ha dicho, se alimentan de 
nuestra fe — lo cual es verdad, por lo demás — , 
puede ya predecirse que perecerán. La fe evoluciona 
hacia la convicción, y la convicción es incompatible 
con la fe. ¿Qué son los dioses, pues? Son nuestra 
propia fe; son nuestra propia creencia, y ésta se des- 
vanece apenas razonamos. Hay que calafatearla bien 
esa fe para que flote, pues apenas se insinúa la ra- 
zón, sucumbe la fe. Así que nuestros sentidos, nues- 
tra conciencia y la razón despiertan a la realidad, 
así que rinden su homenaje a la verdad evidente, 
los dioses no dan señales de vida. Es preciso cerrar 
los ojos para verlos, porque de otra manera se disi- 
pan Ese es el secreto de la fe, y es la clave de la 
pasividad del espíritu místico, en lo terrenal 

Dice W. James: "El místico siente como si su vo- 
luntad se hubiera anulado, y a veces como si le su- 
jetara una fuerza superior". 1 



1 Wilham James Fases del sentimiento religioso, t. III, 
pág. 8. 



[136] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



Esa pasividad es contraria a los verdaderos intere- 
ses del hombre, que sólo mejora merced al esfuerzo. 

Las conquistas de la investigación científica van 
ampliando el dominio humano y emancipando las 
conciencias Esa obra positiva va escalonando, pro- 
gresivamente, una sene de perspectivas, todas pro- 
misoras, todas efectivas, por lo cual tiende a preva- 
lecer el culto del conocimiento aun en las mismas 
filas de los creyentes. 



V. ORIENTACIÓN RACIONAL 

Si el espíritu religioso tiende a sustraer al hom- 
bre de su ambiente natural, el espíritu científico, por 
lo contrario, tiende a adaptarlo a la realidad, ha- 
ciéndole conocer los secretos de su propia organiza- 
ción y las leyes que la rigen, así como las que ngen 
al universo, mejor dicho, a la parte del mundo ex- 
terior con que nos hallamos relacionados; le hace 
sentir y comprender las aspiraciones comunes a to- 
dos los organismos conocidos, y lo induce a descu- 
brir las causas que determinan las vinculaciones de 
solidaridad que ligan a los seres que conviven so- 
cialmente, lo cual facilita el dominio humano y en- 
cauza la actividad dentro de formas cada vez más 
racionales, mas eficaces y, por lo tanto, mejores. 
Bajo el imperio de esta acción progresista y progre- 
siva, es que van esfumándose en la conciencia hu- 
mana los viejos dogmas, los prejuicios y demás tra- 
bas pertinaces que la desviaban. Los fantasmas, los 
ángeles y serafines; los demonios y las brujas, como 
las hadas, las ondinas, las sirenas; como los corri- 

[137] 



PEDRO TIGARI 



ganes, esos impalpables moradores de los monumen- 
tos megalíticos, todos toman igual camino. 

La investigación encaminada en la vía que pro- 
clamara Bacon de Verulam, ha realizado ya una obra 
tan fecunda cuanto indestructible. En vano la apolo- 
gética intentará ajustar indefinidamente los relatos 
mosaicos a las conclusiones de la cosmología cientí- 
fica; en vano las viejas teosofías querrán seguir pre- 
ocupando como arduos rompecabezas, consumiendo 
estérilmente la savia cerebral; en vano se ingeniarán 
y se agotarán los macilentos filósofos de gabinete 
para encontrar la clave metafísica del misterio teop- 
néustioa Cada día se advierte más claramente que la 
tradición no puede darnos el gran secreto de la ver- 
dad integral, porque no lo tuvo nunca; cada vez se 
ve mejor que es más conducente escrutar el miste- 
rio en busca de verdades positivas. 

]Es incalculable la suma de energías que se han 
invertido para llegar a comprender una verdad tan 
sencilla! ¿Qué razones hay para suponer que nues- 
tros antepasados, con menos "elementos de juicio, 
pudieran saber más de lo que saben las generaciones 
posteriores? 

Felizmente la razón se impone ya en los domi- 
nios de la actividad como la más segura de las 
orientaciones. La propia filosofía especulativa, siem- 
pre idealista y soñadora, prendada aún de las visio- 
nes tradicionales, que atribuían al hombre, al pla- 
neta y al "universo" una misión capital en el cos- 
mos, a medida que se amplía el conocimiento, va 
tratando, cada día más, de estudiar las cuitas huma- 
nas con un criterio positivo; cuitas que, con ser tan 
pequeñas, son las que más nos interesan. La evolu- 
ción incita a la investigación directa de la realidad 



[138] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



en busca de verdades efectivas, abordables, en vez de 
agotamos en el falaz empeño de demostrar lo pro- 
digioso, lo milagroso, lo fabuloso con que la leyenda 
adormeció al hombre, como antes se adormecía a 
los niños con cuentos de brujas. 

El examen positivo de la realidad ha sido singu- 
larmente beneficioso. Se ha encontrado ya algo de 
io que se buscaba, y aun lo que no se buscaba. Ha 
resultado que las conquistas científicas tienden a 
realizar la igualdad, el gran desiderátum que parecía 
una quimera de los espíritus generosos, la misma 
que hacia sonreír a los "prácticos", en tanto que 
sólo se exhibía como un reclamo lírico en las pro- 
clamas. Ahora ya se formalizan, al ver que la igual- 
dad va tomando cuerpo. 

Resulta así verdaderamente curioso el contraste 
que ofrecen las dos "entidades" rivales: la religión 
y la ciencia. Si la aspiración igualitaria religiosa tu- 
vo efectos oligárquicos en su faz práctica, la inves- 
tigación científica instintiva y egoísta, como simple 
aspiración utilitaria al conocimiento, tiene, en el he- 
cho, efectos igualitarios sorprendentes, y esto nos 
hace pensar que muchos hombres que no han lo- 
grado siquiera la notoriedad, han hecho más por la 
especie, en la penumbra de sus laboratorios, que to- 
das las pompas celebradas a vuelo de campanas, y 
que todos los viejos dioses y sus enviados. 

Al preocuparse el investigador de descubrir las 
formas permanentes de adaptación y de selección, v. 
gr., tiende implícitamente a favorecer a la especie, y, 
por consecuencia, al individuo, en tanto que el cre- 
yente, como que encara su acción desde un punto de 
vista personal, aun cuando pudiera favorecerle su 
actividad, no trascienden sus beneficios a los demás. 



[139] 



PEDRO FIGARI 



Pero no es esto sólo, sino que está enteramente ex- 
puesto a error, ya que se basa en algo que no admite 
comprobación. De ahí que aparezca con tanta arbi- 
trariedad la acción fideísta 

Como toda acción descaminada, por su parte pro- 
mueve una reacción, necesariamente, a medida que 
retrocedemos en los tiempos, por lo menos hasta que 
el hombre inicip sus especulaciones, la historia seme- 
ja el continuo relato de acciones tendientes a desen- 
cadenar reacciones violentas. Esto mismo acusa la ar- 
bitrariedad de aquella orientación, por cuanto puede 
afirmarse, en tesis general, que toda vez que se ha 
producido una reacción de violencia, debe presumirse 
que ella es fruto de una acción mal encaminada. 

Nada es, pues, más seguro ni más favorable a los 
intereses de la humanidad que la ciencia. 

El conocimiento científico implica la sustitución 
de la fe tradicional por el resultado de la investiga- 
ción libre, de la leyenda por la verdad, de la plegaria 
por el trabajo, de la conversión por la convicción, de 
la imposición por la persuasión. El esfuerzo mvesti- 
gatono representa un cúmulo invalorable de bienes 
efectivos, que permiten ver el engaño en que vivió el 
hombre al pensar que podía conquistar un reino qui- 
mérico mediante el sacrificio de un reino positivo; la 
acción encaminada en la vía racional se dirige a fo- 
mentar y a desarrollar todos los elementos que han 
de operar la igualdad sobre una base de justicia efec- 
tiva, es decir, a realizar aquí en la tierra lo mismo que 
se confiara al expediente religioso, y que éste, im- 
potente, espera lograr por medio de la muerte, y por 
arriba del mundo. No es, pues, tan sólo un vano 
anhelo como éste: es una acción positiva. 

La selección natural, sin contar ya con las ' pana- 



[140 ] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



ceas'' de la candad y la filantropía, mediante la in- 
vestigación científica, tiende a verificarse dentro de 
la ley ordinaria, racionalizando la acción, y adoptan- 
do medidas previsoras. En vez del consuelo "verbal" 
con que se pretende confortar a los rezagados, a los 
vencidos y oprimidos, se trata de habilitarlos para la 
lucha; se trata de reducir las causas de malestar, las 
mismas que determinan el lujo social de la caridad, 
punto meaos que anodino, y de evitar la represión 
violenta, el castigo terrible, como formas también 
ineficaces de acción, trocando tales expedientes por 
medidas de profilaxia. Con arreglo al viejo régimen, 
quedan en pie las causas del mal, cuyo remedio se 
confía al paliativo' la miseria, la ignorancia, la im- 
previsión, el alcoholismo, etc., sin parar mientes en 
que es imposible dejar de sentir sus efectos pertur- 
badores en el organismo social, en donde los com- 
ponentes son por fuerza solidarios. Mientras que los 
tradicionalistas quieren contener por el terror, o 
remediar por la caridad los efectos perniciosos de 
una errónea organización social, los espíritus posi- 
tivistas tratan de evitar las causas de perturbación, 
haciendo de modo que las multitudes se conviertan 
en elementos útiles por la instrucción, y en tanto 
que aquéllos confían en que allá arriba se ha de 
realizar la igualdad, éstos tratan de implantarla aquí, 
seguros, por lo demás, de que este anticipo no habrá 
de acarrear perjuicio alguno en el propio mundo 
supuesto de ultratumba, a ser pasablemente ecuáni- 
mes los dioses 

Es preciso reconocer que la obra de los estudiosos 
de la naturaleza ha sido fecunda. Merced a su esfuer- 
zo, a las documentaciones acumuladas con tanta pro- 
bidad y tan paciente perseverancia por esos admira- 

[141] 



PEDRO FIGARI 



bles "ilusos" que viven olvidados en los laboratorios, 
— peor que olvidados, desconocidos, cuando no es- 
carnecidos o perseguidos — , es que la humanidad ha 
progresado tanto. Es esa misma ciencia que los orto- 
doxos motejaban con acerada sátira, esa ciencia * que 
cuenta las partículas de polvo, la ciencia que calcu- 
la, la ciencia atomística, hipotética, ininteligible, hie- 
ratica también'*, 1 es la misma que en el siglo "tan 
bobamente científico", ha hecho tributarios a todos 
los hombres, aun a los más reacios. 

Si comparamos nuestra libertad, en todos los or- 
denes, con la de nuestros antepasados, no será menes- 
ter que nos remontemos hasta el "pitecantropus ereo 
tus", para que veamos las ventajas alcanzadas princi- 
palmente por esa ciencia tan vilipendiada. En el or- 



1 Barbey DAureviily: XIX S tecle Leí ceuvres et ¡es 
bommes — Este fogoso escritor satirizaba con mayor acritud a 
la propia ciencia experimental que a la Filosofía, y para con 
ésta misma era tal su desprecio, que le parecía mejor "abofe- 
tearla" con los libros vanos de sus filósofos, que darle la savate 
con vieias chinelas (Pág 1H ) 

Así dice "M Renán a comraencé par níer le Dieu des 
chretiens, il finit par nier le Dieu des deistes, et, a sa place, 
il met la saence, Et non pas la science philosophique, — 
parce que la science philosophique raisonne ec que la vraie 
saence ne raisonne pas — , mais la science qui compte les grains 
de poussiére, la saence qui suppute r la science atomistique, 
hypothétique, amphigounque, hiératique méme, — les savants, 
pour M. Renán, étant les pretres de lavenir. Cese, au reste, le 
mot du diable, car M Renán, qui porte toutes les queues 
humaines, porte celle du diable par-dessus toutes les au- 
tres. "Quand vous aurez mangé de ce fruit-lá, vous serez 
comme les dieux'" Les dieux, pour M. Renán, ce snnt les 
savants C'est luí, M Renán! Cest M. Berthelot, son ami et 
son compere, qui a fait en collaboratíon le livre que voici — 
deux tetes d'athées dans le méme bonnet, de cotón — , hélas' 
de cotón". (Pág 119) 



[142] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



den económico, moral, intelectual, político y social 
es también asombrosa la acción de esa ciencia que 
cuenta los granos más chicos de la materia, A ella se 
deben los telégrafos, los ferrocarriles, tranvías, telé- 
fonos, automóviles, las modernas construcciones na- 
vales y hasta las aéreas. Si comparamos nuestra se- 
guridad personal, de todo punto de vista, con la de 
nuestros antepasados, nuestras comodidades, la ali- 
mentación, el aseo, el abrigo, etc , si pensamos que 
la producción actual ha mejorado y abaratado todo, y 
que lo que era un privilegio para unos pocos, hoy se 
va popularizando, — hasta las propias formas de 
solaz — », en que la divulgación del conocimiento se 
ha facilitado de tal modo que hasta es un lujo no 
contar más que un pequeño porcentaje de analfabe- 
tos, como lo era antes el de tener vasallos incondicio- 
nales como esclavos, y esclavos también; si pensamos 
en que los instrumentos de trabajo y los utensilios 
y adminículos requeridos por las variadas necesida- 
des modernas están al alcance de casi la totalidad de 
los hombres; si pensamos en que hoy ya pueden ad- 
quirirse por un precio ínfimo obras admirables, cien- 
tíficas y literarias, vertidas a todas las lenguas y en- 
viadas a todos los países, en la higiene, la antisepsia 
y la asepsia, la sueroterapia, etc., que, por sí solas, 
han prevenido, suprimido o aliviado tantos peligros, 
males y dolores; si atendemos a lo que se ha avan- 
zado en materia de garantías, y hasta de usos demo- 
cráticos, por más que critiquemos, — lo cual acusa 
también que nuestro anhelo está en marcha — , ve- 
remos que, aun cuando asistimos a la iniciación de 
la reforma racional, ya es positivamente proficuo y 
halagador el progreso debido a la ciencia que despre- 
ciaron y reprobaron los cultores de la tradición. 



L 143] 



PEDRO FIGAR1 



Dice Taine: "La multiplicación enorme de todas 
las cosas útiles, pone al alcance de los más pobres 
unas satisfacciones y unas comodidades que los ricos 
ignoraban hace dos siglos", 1 y podemos afirmar 
también que hace mucho menos que las ignoraban. 

Cuanro a nosotros, que por el solo hecho de ocu- 
parnos de estas cosas, ya se presupone que no forma- 
mos entre los más desheredados, es fácil que hallemos 
argumentos para sustentar la tesis del 1 sacrificio" de 
esta vida, y que hablemos de la insignificancia de los 
bienes materiales, pero aquellos que carecen de todo, 
de lo propio que es para nosotros despreciable, a 
fuerza de poseerlo, si hubieran de optar entre las ilu- 
siones ultraterrenales esplendentes que se les ofrecen 
a título de consuelo, y las comodidades materiales 
y los bienes morales y sociales de que disfrutamos en 
efectivo, se inclinarían por esto último. Es por este 
doble espejismo de nuestro instinto, que puede ofre- 
cérseles sin sonrojo a los más miserables un puesto 
de honor en el otro mundo, mientras en éste no se 
les da nada. Deberíamos pensar que los que come- 
mos todos los días, no somos los más indicados para 
hacer la apología del hambre 

Mas, c podría ponerse en duda la superioridad de 
la acción científica en este mundo, por lo menos, 
sobre la religiosa? ¿Podría compararse siquiera el 
resultado óptimo de la primera, con la esterilidad 
religiosa, que, al ocuparse de "la otra vida", se desen- 
tiende por completo de ésta? Mientras que el espíritu 
religioso querría cristalizar la acción dentro de los 
cánones tradicionales, el espíritu científico trata de 
rectificar los errores y vicios de constitución social, 



1 H. Taine Filosofía de! arte, z I, pág. 84 



[144] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



acumulados por la tradición, y como cada conquista 
lo transforma todo, aprovecha a todos, y muy par- 
ticularmente a los que han sido privados de esos be- 
neficios, a los desvalidos. 

Cierto que muchos espíritus religiosos, de todos los 
credos y de todas las sectas, han concurrido a la be- 
nemérita obra de la investigación científica; sin em- 
bargo, es preciso reconocer que en esa tarea han sido 
inspirados por la razón, y no por la fe. Así, por 
ejemplo, el gran Pasteur, que ha descubierto nuevas 
vías en pleno misterio, como lo haría un relámpago 
sobre tinieblas, actuó dentro de las sendas racionales, 
y no de las fideístas, vale decir que, para determinar 
su esfuerzo investigatorio, no lo guió su fe de cre- 
yente, sino su convicción de investigador racional. Y 
así todos los demás que han concurrido a la obra 
científica. Ni la cosmología, ni la biología como 
ramos fundamentales, ni las auxiliares: la geología, 
la paleontología, la astronomía, la antropología, la 
anatomía, la fisiología, la histología, la mecánica, 
la química, la física, etc , que más han hecho por el 
conocimiento humano y, consiguientemente, por el 
hombre, son tributarias de la fe, sino de la razón. 

Si la esterilidad de la ingenua fe religiosa es ma- 
nifiesta, no lo es menos la fecundidad del espíritu 
investigatorio-racionai. Pero esto que se ve todos los 
días, no se ve. Imbuidos todavía de las viejas ideas, 
se espera siempre lo prodigioso, la vara mágica. Es- 
tas verdades, dignas de M. de la Palisse, se discuten 
aún debido a que el metafisicismo idealista pesa 
sobre nosotros, tanto por la herencia cuanto porque 
instintivamente nos encandilan y seducen las suges- 
tiones de la leyenda que nos adjudica el abolengo de 
semidioses, y en lo más íntimo confiamos todavía 



[145] 



PEDRO FIGARI 



en el milagro. Ésta es la causa por la cual ao nos 
apeamos de una buena vez del prejuicio elaborado 
en la infancia de la humanidad, si así puede decirse, 
y hablamos aún con fruición de caballos alados, de 
centauros, de sátiros, sirenas, dragones, etc , cuando 
no de ángeles y querubines que no hemos visto jamás, 
ni una sola vez Pero lo peor es que a esas quimeras 
que no nos han concedido ningún beneficio palpa- 
ble, — fuera de halagar nuestra vanidad, lo cual no 
es por cierto un beneficio — , les atribuimos una im- 
portancia que no tienen, dado que son quimeras y 
no han podido, por lo tanto, hacer otra cosa que 
desviarnos del camino de la verdad. 

Si pudiéramos ver en toda su enorme magnitud 
la acción que por múltiples vías concurre a sustentar 
el prejuicio, comprenderíamos el poder de resisten- 
cia que el ofrece al razonamiento, mas nos asom- 
braría también la pujanza de éste en su esfuerzo de 
rectificación, que ha podido determinar el auge del 
espíritu científico moderno sobre ese mismo campo 
inundado de supersticiones, y se vería que hizo más 
por la humanidad uno solo de esos tantos investiga- 
dores mas desconocidos, que todas las genuflexiones 
de los siglos Esas dos tendencias, el culto tradicio- 
nal y el culto de la razón, de la verdad — ésas sí, 
antagónicas — son las que se han disputado y se 
disputan el dominio de las conciencias, si bien, co- 
mo antes dijimos, la primera se bate ya en retirada. 

Pasteur, en el discurso que pronunció en la Aca- 
demia de Medicina, decía. "En cada uno de nosotros 
hay dos hombres, el sabio, esto es, el que hace tabla 
rasa de todo y que, por la observación, la experi- 
mentación y el razonamiento quiere elevarse al co- 
nocimiento de la Naturaleza; y luego, el hombre 



[ H6 ] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



sensible, el hombre de tradición, de fe o de duda, 
el hombre de sentimiento, el hombre que llora a sus 
hijos que ya no existen y que no puede, ¡ay! probar 
que habrá de verlos, pero que lo cree y lo espera; 
que no quiere morir como un vibrión, que se dice 
que la fuerza que está en él se transformara'» 1 

En estas palabras se ponen bien de manifiesto 
las sugestiones e influencias tradicionales que ac- 
túan todavía sobre los espíritus más selectos ¡Quién 
sabe qué presiones tradicionales gravitan sobre cada 
célula, sobre cada individualidad, es decir, sobre cada 
mundo 1 Por fortuna prevaleció en Pasteur el hom- 
bre-razón sobre el hombre-sentimiento, que, de no 
ser así, el secreto de las fermentaciones, tan fecundo 
para la humanidad, estaría aún en el remo inmenso 
de lo desconocido tal vez. 

Causa estupefacción la pertinacia de los encantos 
que tiene para el hombre la leyenda tradicional. 
Todavía viven en nuestra mente los héroes de Ho- 
mero, después de treinta siglos, y rellenan una buena 
parte de la producción literaria moderna. No ya los 
grandes genios plásticos del Renacimiento, sino los 
de nuestros días, se complacen en magnificar las 
más infantiles mitologías y las escenas místicas, co- 
mo si fueran irreemplazables, todavía los filósofos 
más eminentes pagan el tributo de su ingenio a los 
devaneos más pretéritos, esterilizando su esfuerzo 
como gigantes empeñados en cargar balones de al- 
godón hacia las nubes Hoy mismo, que puede ya 
compararse la obra de la ciencia con la de Ja reli- 
giosidad, que está forjada a base puramente sentí- 
mental, hay quienes siguen pensando que nuestros 



1 Félix Le Dantec Ateísmo, pag 166, v c 



[147] 



PEDRO FIGARI 



antepasados tenían en su mano la verdad trascen- 
dente y el secreto de la belleza suma, aquellos mis- 
mos que proclamaban que "el mucho estudio aflic- 
ción es de la carne* V y que nada hay más digno de 
respeto que la fe en lo sobrenatural, la esterilidad 
de la fe. 

Si antes, cuando la humanidad no era más que 
un rebaño miserable dirigido por unos cuantos pas- 
tores opulentos, pudo seducir la fe, y fue permitido 
menospreciar la ciencia, la razón, ahora tal cosa es 
inexcusable, en medio del florecimiento terrenal a 
que asistimos, Gracias a la industria, que está ali- 
mentada por la ciencia, principalmente, el mejora- 
miento del hombre, como especie, es ya visible, y 
por ahí es que se va a la igualdad. Por ese esfuerzo 
colosal de las grandes y pequeñas industrias, se 
irradian las nuevas ideas y los demás bienes hacia 
todas las extremidades, como se irradia la sangre en 
el organismo por la sístole, y de ese proceso, secun- 
dado por el comercio, que abre innúmeros canales 
irrigatonos como una red, para satisfacer la deman- 
da siempre ávida, sedienta de progreso, — demanda 
que formulan esos mismos elementos que por tanto 
tiempo fueron olvidados — ; de ese proceso, deci- 
mos, es que resulta el descongestionamiento de los 
privilegios sociales, económicos y políticos que la 
tradición inerte mantenía a favor de unos pocos, 
con una crueldad de caníbales. 

Un espíritu más práctico, forjado en el yunque 
de la ciencia experimental, ajusta más y más la ac- 
tividad a las necesidades positivas. Las propias artes 
destinadas antes a fines suntuosos y, por lo mismo, 



1 Eclestastés, cap. XII, 12 



[148] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



impenetrables para la especie, por cuanto sólo dis- 
frutaban de ellas contados ejemplares, hoy se las ve 
insinuarse en todos los órdenes de la actividad y de 
la producción, divulgando así lo que era un irritante 
monopolio de las clases privilegiadas. Como un co- 
rolario de las conquistas científicas, ocurre así que 
todas las ramas artísticas se dirigen a servir las ne- 
cesidades naturales de la especie. Si bien la pluto- 
cracia, el estado y el clero estimulan todavía las 
manifestaciones suntuosas, no es menos cierto que 
esto declina cada día, y que se tiende a la sociali- 
zación de todas las formas artísticas, sin excepción, 
mvirtiéndose ya sumas considerables en obras de 
utilidad pública y en divulgar la instrucción. ¡Hasta 
se celebran concursos para resolver los problemas que 
ofrece la misma vivienda del obrero, tan olvidado! 
Es de este modo que, paralelamente a la descentra- 
lización política, social y económica, y a la difusión 
de la enseñanza, que, al informar y elevar la con- 
ciencia del pueblo, opera una acción convergente, 
las propias "bellas artes", de antiguo limitadas al 
servicio exclusivo de las clases dominantes, se pliegan 
a este movimiento divulgatono, concurriendo por su 
parte también, a la obra de la anhelada igualdad, 
antes anhelada tan sólo como una aspiración pla- 
tónica. 

El arte, así, bajo el dictamen de un criterio posi- 
tivo, vuelve a su cauce natural o, por decirlo con 
más propiedad, el hombre vuelve a la realidad al 
abandonar sus delirios sentimentales, y aplica sus 
medios de acción artística, como los demás organis- 
mos, a dar satisfacción a sus positivas necesidades y, 
por lo tanto, en un sentido favorable a la especie. 



[149] 



PEDRO PIGARI 



La etapa recorrida para llegar a este resultado, 
ha sido larga e instructiva. 

A medida que se ensancha el conocimiento hu- 
mano sobre el mundo físico y el psíquico, el hom- 
bre, antes sumido en una triste sucesión de visiones 
terroríficas, en una verdadera pantofobza, va recon- 
quistando esa serenidad saludable y digna que debe 
caracterizar al organismo superior del planeta. Lo 
que ostentan las especies inieriores a causa de su 
inconsciencia, será un bien mayor para el hombre, 
que lo conquista por su esfuerzo consciente. 

El formidable empuje del esfuerzo operado en la 
vía experimental, que parecía a los soñadores tan 
pequeño y deleznable, no sólo ha logrado ya precio- 
sas conquistas, sino que deja ver perspectivas her- 
mosas a ese mismo hombre, antes tan aterrorizado. 
Se entra con entusiasmo a estudiar las cuestiones 
que más interesan a la humanidad, y al hombre, 
consiguientemente Por el acopio paciente y tenaz 
de una pléyade de 'obscuros" trabajadores, no tan 
sólo se inmuniza al hombre contra los elementos 
que pueden desintegrarlo y contra sus dolores, sino 
que se le eleva en el orden moral e intelectual, y, 
por ende, en el orden social, político y económico. 
Libre de las cavilosidades ancestrales, despejada su 
mente de la obsesión del "gran secreto" que le opri- 
mió y lo torturó desde tantos siglos atrás, desvane- 
cida esa arruga que surca su frente, que es "lo que 
caracteriza al hombre", según Rodin, al primaz he- 
rido, abrumado por las insanias del pensamiento, y 
no por el pensamiento mismo, — lo cual sería un 
contrasentido — , el ser más inteligente reivindicará 
el gesto superior que le corresponde, y dejará de ser 



[150] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



una sátira la que formulan en su mirada desconcer- 
tante los animales inferiores. 

No debemos, sin embargo, forjarnos muchas ilu- 
siones acerca de lo que se ha alcanzado. Asistimos 
a la iniciación de una obra que aún no ha podido 
exhibir sus efectos más benéficos. Todavía la tra- 
dición se mantiene por demás con sus vicies funda- 
mentales; todavía hay castas, de hecho, como en la 
India. En las metrópolis más lujosas hay gentes des- 
provistas de todo, hay analfabetos, hay miserables a 
quienes les faltan los elementos indispensables para 
cualquiera forma de acción regular, los mismos que 
nos molestan necesariamente, hasta cuando nos co- 
deamos con ellos en la calle. 

La resistencia tradicional a mejorar la condición 
de estos seres injertóles — realmente inferiores — se 
debe principalmente a que, con arreglo a la con- 
ciencia que se nos ha trasmitido, la igualdad signi- 
fica una convulsión, un terremoto, y nadie es tan ab- 
negado para sacrificarse hasta ese punto. No se ha 
comprendido que la igualdad no puede ni debe ope- 
rarse de modo que bajen los de arriba, sino al revés, 
haciendo de modo que suban los de abajo; que, de 
no ser así, no sería tan despiadada esa resistencia. 
Lo propio ocurriría si se comprendiera que ese es- 
fuerzo igualitario se realiza a causa de una ley na- 
tural ineluctable, desde que el instinto egoísta, el 
mismo haría ver que, facilitando la evolución, se 
evitan sus rudezas y contragolpes. 

Después de la gran calaverada sentimental, vuelve 
a regir el mismo criterio que determinó el arte más 
incipiente de nuestros antepasados. El hombre, nor- 
malizado, toma de nuevo la vía natural de ajustar 
su acción a sus necesidades positivas, con una con- 



[151] 



PFDRO FJGARI 



ciencia mucho más informada, y trata de adecuar lo 
mas posible cada esfuerzo a su finalidad, como an- 
taño. Adaptar el medio al fin, es tan juicioso como 
afilar una hoja de acero o una flecha para que hiera 
mejor; y es singularmente instructivo que sean los 
espíritus que se precian de " prácticos los que 
se encogen de hombros, incrédulos — ellos que lo 
han creído todo — ante ese proceso irresistible de 
adaptación del esfuerzo a su finalidad natural, que 
es servir a la especie, así como que sean los propios 
filósofos los que consideran que el arte es una su- 
perfluidad, un juego, un lujo, ¡ese arte que produce 
la obra más genuinamente práctica que pueda darse! 
Debido a él es que las obras de boato y de lujo que 
se erigían a los dioses impalpables y a sus delegados 
tiránicos, tienden, como los viejos circos y anfitea- 
tros, a trocarse en documentación arqueológica más 
bien que en la exclusiva ocupación de los 'grandes 
genios del arte", objeto de nuestra sumisa e incondi- 
cional admiración. La variedad de recursos artísticos 
aplicados a diseminar las conquistas y bienes que 
apareja el conocimiento científico, realiza "el mila- 
gro" de la igualdad social, que parecía un postulado 
hecho de medida para embaucar a los ilusos, y que 
ahora, a medida que se perfila en la realidad, es- 
panta como una catástrofe a los mismos que la pro- 
clamaban más enfáticamente, como un vivo anhelo. 

Y es instrucüvo observar que esa obra que se 
realiza en lo que despectivamente se llama de *'or- 
den material", se opera precisamente elevando la 
conciencia en el orden moral e intelectivo, lo cual 
acusa que es una obra de mejoramiento integral. 
¿Podría dudarse, pues, de que es la orientación ra- 



[152] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



cional la que nos ha deparado los mayores bienes 
de que disfrutamos? 

La tradición, empecinada en mantener los viejos 
usos, arguye aún con el temor de que esta evolución 
puede extralimitarse y tiranizar, como lo ha hecho 
siempre toda fuerza, pero ésta, diluida como queda 
en todo el organismo social, es la que menos puede 
atemorizarnos, porque radica en nosotros mismos, 
queda en nuestras propias manos, y somos los únicos 
que, por lo mismo, no podemos temer su tiranía 

¡Oh ! ¡cuán equivocados estaban nuestros buenos 
antepasados, cuando decían. "Donde hay abundancia 
de ciencia, hay abundancia de malestar; el que acie- 
ce su ciencia, acrece su dolor!" 1 



1 Eelesiastés, cap I, 18. 

[153] 



PEDRO FIGARI 



IV 

EL ARTE Y LA TÉCNICA 1 



J. NATURALEZA Y FUNCIÓN DEL RECURSO TÉCNICO 
EN LA ACCIÓN ARTÍSTICA 

Lo que llamamos "el mundo exterior", es por 
completo indiferente a las cuitas humanas, pero el 
hombre, valiéndose de su ingenio, trata de utilizarlo 
en el sentido de satisfacer sus necesidades, siempre 
crecientes, progresivas. En ese esfuerzo constante de 
utilización de los elementos que descubre en el mun- 
do externo y dentro de sí mismo, se encuentra siem- 
pre limitado en sus anhelos. Es que siempre ese re- 
curso es de una eficacia incompleta con relación a 
las aspiraciones, las que todavía crecen a medida 
que se aumentan los medios de acción. La aspiración 
se trueca en necesidad, y siempre que los recursos se 
amplían, crecen los anhelos, crecen las necesidades, 



1 Llamamos técnica a la objetivación del esfuerzo artís- 
tico, es decir, a los recursos de que nos valemos para ejecutar 
una obra, para emitir un concepto o exteriorizar emociones, 
en otras palabras, para concretar la acctán artística 

Nuestro léxico no le da tal acepción a este vocablo, según 
creemos 



[15Í1 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



y avanzamos en la evolución. Es inextinguible en el 
hombre su sed de mejoramiento, que trata de apla- 
car por todos los medios imaginables, y la técnica 
stempre lo limita. 

La técnica, que concreta el pensamiento genera- 
dor de la obra de arte, integra y complementa la ac- 
ción artística. Sin recursos técnicos, no habría ma- 
nera de exteriorizar la idea que la engendra, y sin 
la idea generatriz, el recurso técnico carecería de sen- 
tido. Dos elementos son, pues, los que forman la 
acción artística: uno, subjetivo, y el otro, objetivo. 
El primero, como arbitrio de la inteligencia, es de- 
terminante; el segundo, el recurso de ejecución, téc- 
nico, es decir, externo, es complementario, inerte y 
pasivo. No hace más que aquello que el hombre - 
artista le obliga a hacer Asi, por ejemplo, cuando el 
pintor o el escultor han experimentado una emo- 
ción que consideran digna del lienzo o del mármol, 
se detienen a excogitar los mejores recursos de la 
paleta o del buril, para exhibir su emoción, para 
plasmarla; y lo mismo hace el músico, el poeta, el 
dramaturgo, el que idea una construcción naval, un 
vehículo, un instrumento de cirugía o una operación 
quirúrgica, un aeroplano, etc., — cada cual dentro 
de sus respectivos medios de acción, naturalmente — , 
y todos ellos pueden constatar que harían más de lo 
que hacen, a no ser tan inertes, pasivos o indóciles a 
veces, y limitados, por lo mismo, los recursos exter- 
nos de que echan mano. Ese es el escollo del arte. 

Si no se impusieran limitaciones técnicas a la in- 
teligencia, sería más ávida aún la aspiración del hom- 
bre. Si nosotros no nadamos como los peces, ni vo- 
lamos como las aves; ni usamos de la vara mágica 
de las hadas, ni visitamos a los astros, ni nos erigimos 



L 155 ] 



PEDRO FIGARI 



en dioses omnipotentes e inmortales, no es porque 
todo esto se halle fuera de nuestra aspiración poten- 
cial, sino simplemente porque nos faltan recursos téc- 
nicos para lograrlo. Debido a que el hombre se ha 
formado una conciencia adecuada a sus medios or- 
dinarios de acción, no advierte que por todas partes 
encuentran obstáculos sus anhelos, así como no perci- 
be en toda su latitud la indiferencia del mundo exte- 
rior respecto de sus necesidades y aspiraciones, — 
mareados como está por sus propios idealismos — ; 
pero siente todo esto, y ante tal realidad que lo abru- 
ma, ante la perpetua relatividad de sus recursos, ante 
esa limitación fatal, unos se rinden resignados y otros 
se enardecen y luchan . , . o declaman. Todos, sin em- 
bargo, aspiran por igual, ansian lo más posible. Es 
difícil imaginar lo que acontecería si los recursos que 
demanda el intelecto no nos fueran regateados. ¡Has- 
ta el salvaje aspira a la inmortalidad! 

No es por modestia ni por mansedumbre que el 
hombre no ambiciona más de lo que le permiten sus 
medios de acción, es porque la realidad permanece 
insensible a su demanda. Es ante esta indiferencia, 
ante esta inercia — que se la encara por los espíri- 
tus sentimentales como una adversa fatalidad — que 
tantos se humillan y oran; es ante la conciencia de 
esta realidad, que otros confían en el esfuerzo y tra- 
bajan. 

Desde que el anhelo va mucho más allá que el re- 
curso, y que si este evoluciona, también evolucionan 
las aspiraciones, el mejor plan artístico será aquel que 
tienda a obtener lo más posible con el menor esfuerzo 
posible. Esto no implica limitar aún más el recurso 
técnico, lo cual sería absurdo, smo que presupone la 
conveniencia de seleccionar los recursos. Tampoco 



[156] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



excluye la libertad de esfuerzos; por lo contrario, la 
presupone. 

Pero si es preciso seleccionar los recursos como re- 
cursos, — ya sea en la faz ideológica o en la faz téc- 
nica — , no es menos requerida la selección de la fi- 
nalidad a que aquél se aplica. 

Si pudiera dividirse el esfuerzo artístico, se vena 
que se descompone asi: opción de la finalidad; selec- 
ción de recursos intelectivos para alcanzarla; selec- 
ción de elementos y procedimientos técnicos para ob- 
jetivar el esfuerzo. 

Para verlo mejor, pongamos un ejemplo. 

Supongamos por un instante, que unos náufragos 
se amparan en una isla incomunicada con el resto del 
planeta. — Este ejemplo tiene la ventaja de ofrecer 
una gran similitud con la realidad. ¿Qué somos, des- 
pués de todo, sino habitantes de una isla, menos gran- 
de aún de lo que nos parece? — Volviendo a nues- 
tro razonamiento, pensamos que esos náufragos sen- 
tirían las añoranzas invencibles de su tierra — que es 
la tradición — y, probablemente, a ser juiciosos, ape- 
nas satisfechas sus necesidades más perentorias, deli- 
berarían acerca del plan fundamental de acción a 
ejecutar. Lo primordial sena tomar cuenta de los ele- 
mentos de que pueden disponer, a fin de saber si su 
obra debe encaminarse a procurar una jangada con 
qué emprender la travesía de regreso, o si someterse 
a la vida que les brinda la tierra en que se hospedan, 
regocijados por haber escapado a una catástrofe, sal- 
vo que, creyentes, se dieran a orar con aires de vícti- 
mas, esperando algún milagro para mejorar su condi- 
ción. Bien, pues: cualquiera que sea el ingenio de esos 
náufragos, se malograría su esfuerzo si yerran en 
cuanto a la finalidad a que debe ajustarse su acción, 



[157] 



PEDRO FÍGARI 



ya sea que resuelvan emprender el viaje de regreso, 
si no tienen materiales para construir la embarcación, 
o ya sea que resuelvan permanecer en la isla, si ésta 
no contiene elementos bastantes para vivir allí inde- 
finidamente. Ningún sabio-artista, por sumo que sea, 
podría hacer obra eficaz fuera de una orientación 
positiva; en cambio, si la finalidad está bien esco- 
gida, es posible llevar a cabo una u otra empresa. 

Aprovechemos de este mismo ejemplo para ver el 
desarrollo del esfuerzo artístico, dando por admitido 
que nuestros náufragos han tenido acierto en su de- 
terminación. Se podrán ver así los tres elementos a 
que nos hemos referido I o , la necesidad o aspira- 
ción a satisfacer, o sea la opción de la finalidad; 2 9, 
la selección de los recursos de ingenio aplicados a sa- 
tisfacer esa necesidad o aspiración, o sea el arbitrio 
de inteligencia en su faz subjetiva, y 3°, la selección 
de los elementos y procedimientos que se han de uti- 
lizar para objetivar y concretar el esfuerzo, o sea la 
técnica 

Entiéndase bien que nosotros, que hemos encarado 
el arte como un recurso de acción unitario e indivi- 
sible, al examinarlo bajo estas tres fases no podríamos 
pretender dividirlo, sino tan solo considerarlo en su 
desarrollo. Es tan indivisible, por lo demás, que 
nada contaría la finalidad ni la intensidad del con- 
cepto, cuando no pueden ajustarse a el los recursos 
técnicos, como nada cuentan estos si se yerra la orien- 
tación, la finalidad, y como tampoco cuentan los 
elementos técnicos si falta ingenio para utilizarlos, 
es decir, para aplicarlos en una dirección aprove- 
chable. 

Tomando, pues, la actividad artística en toda su 
extensión, es claro que no puede dejar de atenderse 



[158] 



-ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



a la dirección del esfuerzo, puesto que es un elemen- 
to capital. 

El concepto inspirador y determinante de la ac- 
ción, es lo que más cuenta. Es tan fundamental la 
opción de la finalidad, que un error sobre este punto 
puede esterilizar todo esfuerzo, por intenso que fuere. 
Ningún arbitrio intelectivo podría hacer valedero un 
esfuerzo desviado en cuanto a su finalidad. Claro es 
que, para cada cual, su orientación es la mejor. Este 
elemento, personalísimo como es, queda librado a 
nuestra propia conciencia; pero, afortunadamente, la 
realidad es una piedra de toque infalible para aqui- 
latar el valor del esfuerzo objetivado, y es en ella 
donde más tarde o más temprano se advierten sus 
efectos de un modo inequívoco. La historia, y la so- 
ciología, sobre todo, van estudiando esos efectos en 
el desarrollo de la actividad de los pueblos; y puede 
verse cuan inmensa es la suma de acción que se ha 
desviado de sa mejor senda, para no prestar más ser- 
vicio que el de documentar a las generaciones acerca 
de los efectos de los errores de orientación: efectos 
que no se aprecian con libertad mental, por causas 
que trataremos de explicarnos más adelante. 

El concepto medular del esfuerzo artístico está en 
su orientación; la calidad e intensidad del esfuerzo 
intelectivo-técnico viene en segundo lugar. Así, por 
ejemplo, si alguien descubriera una substancia con 
la cual pudiera arrasarse al hombre del planeta, y 
otro descubriera el medio de prolongar la vida hu- 
mana y de reducir sus penalidades y dolores, ambos 
podrían haber realizado un esfuerzo artístico de un 
grado igual como esfuerzo, pero nadie negaría la 
superioridad de la significación del último sobre el 
primero. 



[159] 



PEDRO FIGARI 



Si es verdad que el arte es un arbitrio de la inte- 
ligencia para dar satisfacción a las necesidades y as- 
piraciones del organismo, sería estólido prescindir 
de la dirección en que se empeña el recurso de la in- 
teligencia que lo determina, puesto que es un elemen- 
to capital Supongamos que Darwin o Pasteur, en 
vez de dirigir su acción al conocimiento, a resolver 
cuestiones de fundamental interés para el hombre, 
hubieran aplicado iguales energías en el sentido 
plástico, verbigracia: ¿puede dudarse de que los re- 
sultados de su obra tendrían menor importancia 
para el hombre ? No obstante, fuera de lo que atañe 
a la orientación, habrían realizado una serie de es- 
fuerzos geniales de igual intensidad; en otras pala- 
bras, habrían puesto una suma equivalente de ingenio 
a contribución para realizar un esfuerzo de igual pu- 
janza, excluida la dirección, naturalmente; y si esto 
es así, ✓cómo podría negarse que la orientación es 
un elemento capital en la actividad artística? A 
nuestro juicio, por lo contrario, es precisamente la 
selección de orientaciones lo que más importa al apre- 
ciarse el valor y la entidad de la acción artística. 

la orientación del esfuerzo es lo que ha de deci- 
dir, en primer término, de su valimiento. 

El arbitrio intelectivo, en segundo término, se 
aplica a relacionar los recursos técnicos con la fina- 
lidad de la acción. Esa es su misión en la obra artís- 
tica. En cuanto a la técnica, ya sea que se la consi- 
dere como elemento material o procedimiento de 
ejecución o de exterionzación, en ese doble carácter 
que suele deslumhrar a los espíritus superficiales y 
que también seduce a los refinados, su papel es de 
simple adaptación — sumisa e incondicional — a la 
obra de consecución a que se consagra el esfuerzo 



[160] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



artístico. Si la técnica, es el elemento de que nos va- 
lemos pora la acción, mejor dicho, el elemento que 
objetiva el concepto artístico ideológico t resulta un 
instrumento, una herramienta, o sea un artificio que 
utilizamos para llenar un fin, para satisfacer una ne- 
cesidad u otro propósito cualquiera, ya sea la emi- 
sión de un pensamiento, la exteriorización de un 
estado psíquico o la obtención de una cosa. La téc- 
nica no es arte, pues, sino un elemento integrante, 
complementa* to del arte, y si es absurdo cultivar el 
arte — que es un medio — como finalidad, lo es doble- 
mente erigir en finalidad el recurso técnico, siendo 
apenas, como es, un complemento del recurso artís- 
tico. Esta subversión, no obstante, es muy frecuente. 

Permítasenos una breve digresión, que nos parece 
oportuna para mejor fijar nuestro pensamiento. 

El 'arte por el arte", esto que ha sido materia de 
discusiones, más bien que una cuestión, semeja un 
contrasentido. En el orden de ideas comentes, equi- 
vale a decir: culto impersonal de la belleza, pero, 
en realidad, siendo el arte una forma de consecución, 
racionalmente no se concibe que ella, por sí misma, 
pueda ser erigida en finalidad. Si el arte es un medio 
de acción — cosa que me parece axiomática — no 
puede juiciosamente considerarse como finalidad. Si 
se adoptara este recurso como fin, se caería en una 
aberración semejante a la de los gastrónomos, que 
entienden que el fin de la vida es comer. Sería trocar 
el fin en medio, y el medio en fin. Un esfuerzo cons- 
ciente, vale decir, inteligente y deliberado, no debe 
ser innocuo, gratuito, porque esto acusaría falta de 
conciencia, de inteligencia. Un acto así, no puede 
ser deliberado, bien deliberado por lo menos. To- 
davía si se dijera: "el arte por el solaz". . . 



[1611 



PEDRO FIGARI 



Cierto que aun los esfuerzos que menos parecen 
ser utilizables, se utilizan. Ocurre con esto como con 
el matrimonio, que, según se ha dicho, sí bien no 
está generalmente determinado por la idea de la 
perpetuación de la especie cuando se celebra, no 
por eso deja de propender a ella. Llega un día en 
que las propias obras más desviadas, sirven de pre- 
ciosa documentación al arqueólogo, por lo menos. 
Mas, tan deleznable fundamento no debe adoptarse 
como una característica permanente, esencial Sólo 
el desconcierto general de opiniones acerca del arte 
y la belleza, ha podido hacer de esto un lema, que a 
nosotros nos resulta de pura afectación. 

Pero es más extraviado aún cultivar la técnica 
como finalidad, lo cual tiende a emplear energías 
estérilmente 

La evolución, guía certera, va señalando invaria- 
blemente como mejores las formas de acción posi- 
tivas, que se afirman en el conocimiento Podrá su- 
ceder que lo que agrada o favorece al hombre, como 
individualidad, no sea agradable o favorable a los 
intereses de la especie, pero la inversa es imposible. 
Esa es la razón, el hecho, mejor dicho, por el cual 
van ganando teneno las aspiraciones positivas sobre 
las sentimentales. 

Volvamos al punto en que interrumpimos nuestra 
exposición. 

La actividad artística, a nuestro modo de ver, será 
tanto más fecunda cuanto más estrictamente se halle 
subordinada al concepto a que responde la obra, y el 
concepto será tanto mas apreciable cuanto mas se 
apoye en el conocimiento. Siendo los recursos técni- 
cos más limitados que los artísticos, y éstos, por su 
parte, más limitados que nuestras aspiraciones, e 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



incompletos e ineficaces siempre para satisfacerlas, 
no se concibe otra forma mejor para ordenar el es- 
fuerzo. 

La relatividad de los medios de expresión y de 
ejecución siempre cercenan el concepto y el esfuer- 
zo, tal como se plantean en su faz ideológica. Esta 
relatividad comienza en el propio lenguaje y se ma- 
nifiesta en todos los órdenes de la actividad artística. 
De ahí ha nacido la necesidad de encarar la obra de 
arte, dentro de la unidad, para acentuar su eficacia, 
siempre relativa, según puede verse mas claramente 
en la música, verbigracia, y en las artes plásticas. 
Esto, que es de por si un artificio impuesto por la 
limitación de nuestros recursos técnicos, deja ver el 
papel que desempeña la técnica en la obra de arte. 
Si es aceptable, pues, que nos valgamos de ella para 
subrayar, diremos, para destacar un concepto, es im- 
perdonable que exhibamos puros recursos técnicos. 
Eso es tan poco juicioso como que una carantoña 
pretendiera despertar nuestra admiración con puros 
postizos, 

Este criterio rige fundamentalmente todas las for- 
mas artísticas, vale decir, todas las manifestaciones 
activas de la inteligencia. 

Si tuviéramos que prevenirnos de un peligro per- 
sonal, y se nos ofreciera un arma damasquinada, 
con sutiles y delicados mecanismos, bastará que no 
dé fuego o que no corte, para que la rechacemos. Es 
que el fin del arma está frustrado, y ningún recurso 
técnico de ingenio puede reemplazar esa condición 
capital del arma. Si observamos el juego armónico 
de un linotipo, nos llena de admiración. Vemos 
allí un conjunto de piezas que, desempeñando mo- 
vimientos diversos, concurren a un resultado preciso 

L 163] 



PEDRO FIGARI 



de composición tipográfica, punto menos que per- 
fecta; mas si al examinar ese mecanismo advirtiése- 
mos que muchos o algunos de sus movimientos, o 
de sus piezas o engranajes, son inútiles, o aun que 
pueden ser simplificados, de inmediato formulamos 
nuestra censura. Lo propio ocurre en todas las mo- 
dalidades artísticas, porque este criterio es constante 
y rige en todo. 

Cuando se construye un laboratorio físico o quí- 
mico, por ejemplo, como que es una obra de arte ra- 
cional, ya se puede ver más fácilmente la necesidad 
de adecuar la forma y la calidad de los materiales a 
su fin natural. Salimos de lo que "parece ser" arbi- 
trario, porque es más difícil de concretar. 

En la pintura, la escultura, la poesía, la música, 
etc., destinadas a exteriorizar conceptos menos preci- 
sos, estados psíquicos complejos que no obedecen a 
leyes conocidas, y que son personalísimos, puede 
ocurrir que no se vea tan fácilmente si el recurso 
técnico se subordina al concepto, mas no por eso 
sera menos requerida tal subordinación; y, precisa- 
mente, la inacabable discusión que promueven las 
obras de este orden, se reduce a apreciar: primero, 
la entidad y la efectividad del concepto, y luego, la 
mayor o menor adecuación de los recursos técnicos 
empleados. En cualquier caso, si fuera posible explo- 
rar los factores que intervienen para determinar cada 
esfuerzo, se llegaría a establecer cuál es el máximum 
que pudo alcanzar cada uno, con arreglo a su indi- 
vidualidad, es decir, a su temperamento, y se juzga- 
ría, en primer termino, la conceptuosidad del mismo, 
y en segundo lugar, la mayor o menor adaptación 
del medio técnico empleado, a su finalidad. 

En la actividad artística de índole racional, nadie 



l 164 j 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



pone en duda que la técnica desempeña un papel 
de perfecta subordinación al fin de la obra. Si un 
cirujano, verbigracia, revela una gran destreza ma- 
nual, no nos merecerá por eso solo confianza ni 
aprecio, al contrario, preferiremos al que tome gro- 
seramente el bisturí, si salva a sus enfermos. Cuando 
vamos al teatro, en cambio, ya no somos tan lógicos. 
Desfilan a veces personajes faltos de toda verosimi- 
litud, y a condición de que nos digan "bellas cosas", 
con "esprit", se les aclama El vulgo, más práctico, 
— en cuanto pueda entender — , se considerará de- 
fraudado si la acción no tiene realidad capaz de 
emocionarlo; pero los intelectuales, más refinados a 
causa de su propia preparación, propensos a consi- 
derar la filigrana exterior antes que la substancia, 
se creerán en el caso de manifestar su complacencia, 
sin advertir que hubieran podido saborear mejor ese 
vano deleite por medio de un libro, y cómodamente 
repantigados en un buen sillón casero. La filigrana 
técnica es un lujo, simplemente, y en materia dd lujo, 
parece que lo arbitrario es la regla. Así, por ejemplo, 
los famosos gobelinos, tan preciados, no agregan un 
ápice a su valor artístico por el hecho de que se 
hayan tejido con una paciencia de benedictinos, de 
igual modo que una obra arquitectónica no aumen- 
taría su mérito por el solo hecho de haberse cons- 
truido con pequeños guijarros, en vez de hacerlo con 
granito en bloques u otro material. Si el fin de la 
obra es el concepto que la informa, ese diminuto 
punto de tapicería no le agrega otra cosa que la 
ostentación suntuosa, si el concepto que expresan esos 
puntos microscópicos pudiera expresarse de igual 
modo por un medio más simple. 

Se dice, para demostrar la excelencia de esta for- 



[165] 



PEDRO FIGARI 



ma artística, de este derroche de prolijidad inútil, 
el cual consume energías tan considerables, que 
pueden obtenerse así matices muy delicados, pero 
se verá que, en realidad, lo único que la inspira es 
un propósito fastuoso. No hablemos de lo inconsulto 
que es invertir energías innecesariamente, cuando 
hay tantas maneras de hacerlo con provecho, pero 
aun dentro de ese mismo afán suntuoso, no es re- 
comendable la posposición del concepto a la exte- 
rioridad técnica. De igual modo que no se crian 
músculos para mostrarlos vanidosamente a los ve- 
cinos, no se adquieren conocimientos técnicos para 
ostentarlos fuera de una finalidad racional. 

En cualquier orden de manifestaciones de arte, el 
mayor mérito técnico dependerá de la 'adecuación'' 
del recurso, y tanto es así, que cuando juzgamos una 
obra, tomamos en cuenta su finalidad, para saber 
si el recurso se ha subordinado a ella conveniente- 
mente. 

Si bien es cierto que en el campo emocional es 
menos visible la sumisión o la insumisión del medio 
a la finalidad, no por eso deja de ser igualmente 
obligada. Si se dispusiera, por ejemplo, la erección 
de un templo a la fortuna, a la poesía, a la gracia, 
al cálculo o a cualquiera otra entidad abstracta, pare- 
cería caerse en lo arbitrario, porque, en tal caso, no 
hacemos más que exteriorizar nuestro propio con- 
cepto acerca de estas abstracciones. Se dirá que es 
lo mismo que ella se plasme en la piedra, en el 
hierro o en el bronce, etc., puesto que, en resumidas 
cuentas, sólo se trata de exponer la idea subjetiva, 
intangible e inconcreta pues, que nos havamos for- 
mado al respecto, y lo propio se dirá en cuanto a 
si ha de simbolizarse con una aguja, un arco, una 



[166] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



torre, una cúpula, o sí los materiales que se em- 
plean han de ser cincelados como filigranas de or- 
febrería, con incrustaciones o engarces de piedras 
preciosas, o bien presentados toscamente. Peto, a 
pesar de esa aparente arbitrariedad, la mejor solución 
es siempre la que define más eficazmente el con- 
cepto de la obra, y ciñe más sumisamente el recurso 
técnico a ese concepto. 

En la propia obra musical, verbigracia, sea cual - 
fuere su entidad, podrá verse que poco nos interesa 
que el compositor o el intérprete exhiban respec- 
tivamente su erudición, su destreza manual o su 
vocalidad, o sea sus recursos técnicos, si no nos emo- 
cionan. El auditorio, en ese caso, se considerará bur- 
lado, con toda razón, y en cambio, se complacerá 
tanto más cuanto menos se advierta el esfuerzo téc- 
nico, puesto que así se emocionará más hondamente 

Los conceptos superiores y más estimables ni re- 
quieren el realce de la técnica, al contrario, sólo 
exigen que se les pulimente y se precisen, a fin de 
exhibirse en toda su desnudez. Los detalles e inciden- 
cias, si no concurren a prestigiar el concepto, re- 
sultan incómodos. En las obras consagradas, puede 
verse que los maestros sacrifican todo aquello que 
es innecesario para emitir su concepto, — el cual, 
naturalmente, sobrevive por sí mismo, porque es su- 
perior — , y es así que se obtiene la mayor intensidad 
y la mayor eficacia; los adocenados, por su parte, se 
pierden y se marean dentro del detalle, incapacitados 
como están para descubrir las líneas más generales 
y más amplias de la síntesis. Son pocos, es cierto, 
ios que pueden empinarse lo bastante para verlas, 
mas no por eso debe dejarse de intentarlo, por cuanto 
es lo que realmente interesa. Los más se malogran 



[167] 



PEDRO FIGARI 



deslumhrados por el brillo falaz del recurso técnico, 
y pierden la senda que, por lo menos, habría de 
hacerles producir el máximo esfuerzo de que son 
capaces. 

En la literatura pueden verse los efectos de tai ex- 
travío más fácilmente. Si el dempo que se invierte 
en aderezar frases sonoras se aplicase a cultivar la 
idea, a ahondar la observación y ordenar los pensa- 
mientos, es indudable que se produciría mucho menos 
en cantidad, pero la producción mejoraría en calidad. 
Se trabaja mucho, demasiado quizá, no obstante, en 
cualquier orden de esfuerzos puede advertirse que la 
producción ni tiende siquiera a ser efectiva, lo cual 
deja ver que no podrá ser duradera. Las ideas quedan, 
como quedan los huesos, mas esos pacientes recamos 
y alamares técnicos, los tejidos del culteranismo lite- 
rario que pretenden sobrevivir por sí mismos, fuera 
del concepto, están perdidos irrevocablemente Ni son 
perdurables, aun cuando parezcan de buena calidad y 
aptos para sobrevivir. 

Son muchos los que han incurrido en el error de 
suponer que hay un "arte de escribir", el que, por cir- 
cunstancias accidentales, logra hacerse camino, sin ad- 
vertir que en materia literaria no puede sustituirse el 
arte de pensar que sólo acude al recurso técnico pa- 
ra precisar, para fijar las ideas, dado que no es lógico 
erigir la faz técnica — que es y debe ser accesoria — 
en asunto principal. 

En la obra teatral ocurre otro tanto. Los dramatur- 
gos, y sobre todo los comediógrafos, explotan casi ex- 
clusivamente el "truc** escénico, los efímeros juegos 
de palabras, el simple "esprit", no ya la nota afrodi- 
síaca, banal y bufonesca, en vez de observar un am- 
biente tan lleno de conceptuosa comicidad como es 



[163] 



ARTE, ESTÉTICA» IDEAL 



el nuestro, hoy que nos hallamos en la línea de tran- 
sición entre una influencia sentimental que decae, y 
una influencia positivista que surge vigorosa. 

No se escribe ni se habla con sinceridad/ Por eso 
es que no se lee ni se escucha con recogimiento. Pre- 
pondera el aparato técnico, dirigido a menudo a pro- 
piciar intenciones que no se manifiestan, y de ahí no 
puede esperarse la observación sincera, aleccionadora, 
fecunda. La ficción exige el oropel técnico; sólo la 
sinceridad puede desdeñarlo, y ésta, muy a menudo, 
más a menudo de lo que se piensa, se halla excluida 
como cosa inferior, en la falsa inteligencia de que el 
recurso técnico suple o puede suplir el concepto 
substancial. Por eso es tan raro ver expuestos con 
franqueza juicios íntimos, o estados de conciencia. Se 
queda uno perplejo al constatar que los hombres, en 
vez de encaminarse a concretar la verdad, — que es 
lo que más nos interesa, por cuanto es insuperable 
— , creen ser más prácticos adoptando convenciona- 
lismos inveterados y arbítranos, que concluyen por 
esclavizar dentro de una desolante unilateralidad. Se 
comprende que al decir esto nos referimos a la ma- 
yoría, no por cierto a los espíritus clarovidentes, los 
que, por el solo hecho de serlo, están libres de ese 
vicio tan deplorable. 

La vanidad, la admiración de sí mismo, dentro de 
una desviación del instinto, hace que se viva y se 
prefiera vivir en la ilusión, que es engaño, antes que 
en la realidad, que es, y que, por lo mismo, es supe- 
rior e incomparable. No es la vanidad un hallazgo de 
ayer. Ella debió desequilibrar al hombre desde los 
tiempos más primitivos, y acaso las más incipientes 
conquistas técnicas ya lo envanecieron Desde que 
construyó los primeros silbatos o flautas con huesos 



[169] 



PEDRO FIGARI 



de aves, y aun antes quizá, ha debido enorgullecer lo 
su técnica, y ha sentido el deseo de exhibirla como 
cosa superior. No fue menester que se llegara a la 
época 'métrica** de la evolución musical, 1 que pa- 
rece ser la más avanzada de nuestros días, ni si- 
quiera al tetracordio y la cítara infantiles, para que 
pensara el 'virtuoso" que hacía prodigios artísticos. 
La pedantería "académica" debió florecer desde los 
albores de la vida humana. Ese alarde con que se 
exhibe el recurso técnico, hoy todavía, desde muy 
temprano ha debido desviar y malograr energías in- 
apreciables, que pudieron aprovecharse positivamen- 
te a haber habido un criterio más claro acerca de la 
misión del arte y la de la técnica. 

El recurso técnico apenas se excede, desnaturaliza 
el fin de la obra, trocando el arte en ficción, presen- 
tando el mejor medio de acción que tiene el hombre 
en un simple aparato insubstancial, de puro efectismo, 
de tal modo que para nosotros no hay tema para ca- 
ricaturar más cáusticamente la vanidad humana, que 
el de exhibirlo en el apogeo de su orgullo cuando ha- 
ce sonar un pífano o una flauta 

Por más compleja que sea una obra artística, todos 
sus elementos deben ordenarse de manera que el con- 
cepto inspirador prevalezca y triunfe por encima de 
todo. Para ello es menester que haya un concepto 
efectivo, es decir, una finalidad real, porque, de otro 
modo, es una obra sin objeto, un esfuerzo perdido. 
¿Podría lógicamente haber un esfuerzo inteligente sin 
finalidad efectiva? ¿Sería acaso una finalidad plausi- 
ble la simple ostentación vanidosa de conocimientos 
penosamente adquiridos y a menudo no asimilados, o 



Vmcent Díndy Curso de composición musteal 
[170] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



de cualquier otra habilidad técnica? ¿Se concibe un 
instrumento, por complicado que sea, que no tenga 
una aplicación práctica^ Lo mismo es manifestar una 
habilidad técnica fuera de todo concepto. 

Al par que se admira como cualidad superior la 
sinceridad, la sobriedad, la sencillez que acompañan 
a las más grandes obras del ingenio humano, se ad- 
mira también la pura exterioridad técnica, como se 
admiraría el músculo de un paralítico, y se supone 
que el ropaje técnico puede sustituir al concepto. 
Desde luego, el que finge, por mucho talento que 
tenga, no puede ser sincero, ni sobrio, ni sencillo, 
ni eficaz, porque se coloca, mejor dicho, pretende 
colocarse fuera de la realidad. El técnico, por hábil 
que sea, no puede prescindir del concepto, porque sin 
él no hay más que simulación, ficción, absurdo. Es 
siempre infructuoso ese intento, y es así que la afec- 
tación técnica concluye por engañar al mismo que 
la emplea. Debido a que no se ha precisado el papel 
de la técnica en el arte, es que se vive en un perpetuo 
embrollo, el cual comienza a acusarse en la admira- 
ción de cosas tan antagónicas como son la sinceridad, 
la sobriedad, la sencillez y el artificio técnico , — tan 
contradictorios como son — , y concluye por manifes- 
tarse en apologías de la honestidad artística, dentro 
del propio humo y chisporroteo de la simulación del 
concepto, con la misma conciencia con que un piro- 
técnico o un prestidigitador proclamarían la substan- 
cialidad de su obra y su amor a lo substancial 

El presentar recursos técnicos fuera de toda estre- 
cha subordinación al concepto, a que ellos deben ne- 
cesariamente responder, es siempre condenable. 

De lo que antecede se deduce que la condición 
superior de un esfuerzo artístico es su eficacia, y ésta 



[l-ll 



PEDRO FIGARI 



depende de que, por un lado, sea efectiva la necesidad 
o practicable la aspiración que el esfuerzo tiende a 
satisfacer, y de que, por el otro, los recursos que se 
emplean sean adecuados a dar satisfacción a aquella 
necesidad o aspiración. 

Una línea de conducta ideal artística sería, pues, 
aquella por la cual se tratara de definir, en primer 
término, la mejor orientación, y. luego, de aplicar el 
ingenio lo más estrictamente que sea posible, a pro- 
ducir en ese sentido. Se verá más claro en adelante, 
que nosotros no excluimos el solaz. Sólo tomamos en 
cuenta aquí la importancia de la selección de finali- 
dades del esfuerzo y la conveniencia de someter a éste 
a la consecución más directa de las finalidades con- 
sagradas como mejores. 

Lo expuesto nos permite deducir, por lo menos, las 
siguientes conclusiones 

1* Que siendo siempre mayores las necesidades y 
aspiraciones que los recursos de acción, el esfuerzo ar- 
tístico debe encararse de modo que se obtenga un 
máximum de resultado con un mínimum de esfuerzo. 

2 a Dado que la eficacia es una condición funda- 
mental del esfuerzo, éste ha de ser lo más adecuado 
posible a su finalidad, 

3 a Que el esfuerzo artístico presupone necesaria- 
mente una deliberación y, en consecuencia, una se- 
lección de recursos. El esfuerzo será tanto más esti- 
mable, pues, cuanto más victorioso resulte: de ahí 
que la simplicidad sea una de las características de la 
obra de arte. 

4 a Que el esfuerzo artístico debe encararse dentro 
de la mayor unidad posible, para adquirir su mayor 
intensidad. 



[172] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



5 a Que siendo ineficaz el artificio, por sí mismo, 
se impone la sinceridad como medio más efectivo de 
acción. 

6 a Que siendo siempre limitados, si bien progre- 
sivos, los recursos técnicos, para la consecución de un 
ideal más progresivo aun, es inconsulto restringir las 
iniciativas bajo una reglamentación definitiva, desde 
que siempre es posible esperar un mejoramiento. 



II LA OBRA DE ARTE 

Se explica que un nuevo elemento, un nuevo agen- 
te que se agrega a los medios usuales de acción, des- 
pierte una multitud de anhelos virtuales, latentes, 
que no podían mostrarse siquiera, no ya prosperar, 
comprimidos por falta de ambiente, y que, entonces, 
surgen y pululan alrededor del nuevo recurso como 
enjambre, como las hormigas en una planta de bro- 
tes tiernos* Los más animosos se aprestan a deducir el 
mayor número posible de aplicaciones útiles para 
aplacar la demanda, siempre insaciable, siempre con- 
tenida por impotencia; los demás, la masa humana — 
tan esceptica en lo que se refiere a las conquistas po- 
sitivas como crédula en lo que atañe a las promesas 
de la leyenda tradicional — sólo se decide a aprove- 
char de la conquista apenas palpa sus excelencias. 

Esta utilización de cada agente, de cada elemento, 
es una obra incesante, interminable. Un nuevo filón 
técnico representa a veces una honda transformación 
de la actividad general. El bronce, el hierro, la pólvo- 
ra, el vapor, la electricidad, etc., han convulsionado 
las formas de acción, y podemos ver hoy mismo, que 
asistimos a una etapa tan fecunda en descubrimientos, 



[173] 



PEDRO FIGARI 



por un lado, que todavía se utilizan los recursos más 
primitivos — en su faz práctica, que es la única des- 
tinada a perdurar — y, por el otro, que los nuevos 
descubrimientos se abren camino cada vez más fácil- 
mente y operan cada vez más rápidas modificaciones 
en eí modo de actuar y en el modo de vivir. Sólo el 
descubrimiento de la causa de las fermentaciones y el 
de Ijs ondas hertzmnas, en brevísimo tiempo han de- 
terminado un proceso admirable de aprovechamiento 
Rs cierto que sus proyecciones incalculables, apenas 
se vislumbran. 

Una consecuencia natural de estas trasmutaciones 
de la acción, es un avance en el orden de las ideas. 
Sm embargo, es preciso reconocer que es lenta la 
evolución ideológica en la. multitud humana Hoy 
mismo, que disfrutamos de tantos beneficios de que 
carecían nuestros antepasados, hay muchos ilusos que 
llegan a envidiar su suerte, causa de una evocación 
incompleta, sin advertir que la vuelta a ese pasado 
que seduce, implicaría la perdida de mucho y de lo 
mejor que poseemos, de lo mismo de que no podría- 
mos privarnos sin lamentarlo. Las conquistas se insi- 
núan de tal modo en nuestros usos, que casi nos es 
imposible dejarlas de lado en nuestras meditaciones, 
identificados como estamos con ellas. Las múltiples 
aplicaciones industriales de la imprenta, del vapor, de 
la electricidad, de la asepsia y la antisepsia, etc., han 
determinado ya un número tai de necesidades, y están 
de tal modo asimiladas, utilizadas y ligadas a nuestra 
manera de vivir, que su supresión conmovería aún 
más que un fenómeno sísmico. 

Si es cierto que la mayoría es pasiva , no lo es me- 
nos que hay un espíritu ávido de investigación entre 
los selectos, los cuales en tanto que se operan mnu- 



i n4] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



merables derivaciones y aplicaciones de las nuevas y 
viejas conquistas, procuran alcanzar otras victorias so- 
bre lo desconocido, sobre lo inexplorado, y así como 
la resistencia a lo nuevo obstaculiza los mayores be- 
neficios que podrían obtenerse, por la divulgación de 
los progresos realizados en las avanzadas, la pasión 
de lo nuevo impone el progreso y obliga a evolucio- 
nar hasta a los más recalcitrantes. Basta un descubri- 
miento, en cualquier orden de actividades, para que 
se avance un paso, y para que nazcan nuevos anhelos 
e iniciativas de radiaciones indefinidas e indefinibles 
por su extensión y variedad. 

En ese proceso vivido de avance, la humanidad 
aprovecha, sin detenerse a indagar de dónde viene la 
idea inicial; y no aprovecha tanto como pudiera, de- 
bido a las trabas de la propia tradición que venera 
En ese batallar perpetuo en pos de la idea, que man- 
tienen a su costa, casi siempre, los investigadores, 
la mayoría asimila difícilmente, y no todos asimilan. 
Los mismos favorecidos, diríase que disfrutan del be- 
neficio de las conquistas científicas como las muche- 
dumbres gozaban del espectáculo de los circos, sin 
conceder más que un leve palmoteo y, a veces, ni 
eso mismo. Hasta parece que se avanzara cuando no 
es ya posible dejar de hacerlo, y todavía a regañadien- 
tes ¡Tan inerte es la pasta humana! En esa obra de 
arte inmensa, y tan compleja como inmensa, ni se 
conoce la procedencia de los más importantes apor- 
tes. ¡Tal es la incuria del hombre y tanta su ingra- 
titud! 

Por fortuna, no es todo masa inerte y negligente. 
Hay siempre alguien que brega por el conocimiento, 
y éste, como una panacea, dondequiera que se maní- 
fiesta, ensancha los medios de acción y eleva y pon- 



PEDRO FIGARI 



dera la conciencia. Cada paso en ese proceso, cuyo 
punto de mtra necesariamente es el hombre, produce 
un semillero de consecuencias beneficiosas. Ellos son 
los grandes propulsores del progreso. 

La anatomía comparada, la paleontología, la em- 
briología, la histología, han permitido al biólogo sus- 
traer el problema de la vida de la especulación aprio- 
rista, — en la que estérilmente se debatía el filósofo, 
pretendiendo encontrar dentro de las estrechas pare- 
des que encierran su magín, como si allí por fuerza 
tuviera que hallarse, la clave de la verdad integral 
— , para llevarlo al campo abierto de la observación 
de la naturaleza en un terreno mucho más firme y 
promisor. Aun cuando no se hubiera obtenido más 
provecho que el de librar al hombre de la miserable 
condición de zozobra en que vivió, esto solo haría de 
la ciencia la cultura superior y más fecunda de la ac- 
tividad humana. ¡Qué distintos son los horizontes 
abiertos a la inteligencia! 

Tan fecunda es la obra de la investigación cognos- 
citiva, que sus efectos son progresivos. Es ya conside- 
rable el resultado de la obra de los zoólogos, que pa- 
recían dedicados, a una tarea de pura curiosidad in- 
fantil. Merced a su acopio de observaciones, se des- 
cubre una identidad esencial entre todos los organis- 
mos y en las manifestaciones vitales. Lamarck induce 
la teoría de la descendencia, y Darwin la de la selec- 
ción y la herencia Surge de ahí la soberbia teoría de 
la evolución; por otro lado, Schleiden funda la teoría 
celular, Neumeister considera el protoplasma como 
una noción química, y surge de ahí una nueva orien- 
tación en medio del inquietante laberinto, una serie 
de simplificaciones que dejan vislumbrar la propia 
analogía de los animales y vegetales, de constitución 



n 7 6] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



celular también. En vez del "surmenage" filosófico 
estéril de los aprioristas, que han llegado hasta a con- 
siderar la vida como una adversidad, aparece el mo- 
derno monismo vigoroso y optimista. 

Basándose en la obra de sus predecesores, desde 
Aristóteles a Arquímedes, a Galileo y Newton, por 
otro lado Huyghens, Leibniz, Mayer, Prescott y 
Helmholtz constatan que, además de la conserva- 
ción e indestructibilidad de la materia, ya observa- 
da por Lavoisier, hay que reconocer también la in- 
destructibilidad de la energía. Los propios alecciona- 
mientos que dejó la comprobación de la insolubi- 
lidad del apasionante problema del movimiento 
continuo, sirvieron para alcanzar este admirable re- 
sultado, y más tarde se supo que había sido descu- 
bierto también por el gran Sadi Carnot el llamado 
"segundo principio", el cual quedó en la sombra por 
mucho tiempo, hasta que se exhibe triunfal y com- 
pletado por Thomson y Clausius, De esta suma de 
esfuerzos nace la teoría moderna del equilibrio, 
también apta para dar un sentido racional y optimista 
a la vida. 

Pero, lo desconcertante es que los más grandes 
artistas, los más eminentes benefactores de la huma- 
nidad, permanecen casi ignorados, en tanto que 
otros, cuya obra no podría soportar siquiera el honor 
del parangón, son aclamados y recompensados con 
munificencia, y a algunos hasta se les deifica» Éste 
es el efecto del error que campea acerca de la misión 
del arte. Y ¿cómo podría aquilatarse la contribución 
efectiva de cada artífice, el mérito de cada concurso, 
si todavía no se ha precisado qué es el arte y cuál 
es su misión? Es tal el desorden en las ideas sobre 
este punto, que, por lo común, se vierten frases a 



[177] 



PEDRO FIGARI 



a cambio de juicios, y en esa vaguedad en que se vive 
sobre cosa tan fundamental, ha podido sustentarse el 
concepto falso, falsísimo, de que los más eximios 
artistas son los que descuellan en la cultura de las 
"bellas artes", siendo asi que todo lo que poseemos, 
en cuanto a bienes ajenos a nuestra propia estruc- 
tura, lo debemos a los que han ampliado el domi- 
nio científico, que son artistas incomparables. 

Cuando se habla de la "obra de arte", todos ima- 
ginan un cuadro, una estatua, un poema, una so- 
nata, un monumento arquitectónico. Este es el con- 
cepto tradicional; y es tan oscuro este concepto, que 
no tenemos un vocablo para distinguir la obra de 
arte superior, ni se han fijado las ideas sobre este 
punto. Cada cual piensa a su manera, no obstante, 
si se medita un momento, se ve que no hay obras 
de arte tan características como las que se realizan 
en el orden del conocimiento, que son las que recti- 
fican y mejoran las formas primitivas de acción, 
adaptando más racionalmente el hombre al mundo 
exterior y facilitando su evolución natural. La gran 
obra de arte es, pues, la civilización; obra en la que 
no se sabe con certeza — en medio del desacuerdo 
general de las ideas — quién ha hecho algo, ni quién 
ha hecho más Los artistas descollantes en ese mo- 
delado inmenso, colosal, inabarcable, se ofrecen co- 
mo sucesores de otros, que acaso lanzaron la chispa 
inspiradora desde la obscuridad del anónimo defini- 
tivo, i Quién descubrirá jamás el nombre de esos 
grandes iniciadores? En la gran colmena humana, 
donde algunos, solo algunos pocos, se contraen con 
ahinco a inducir, a deducir y utilizar ese pensamiento 
cuyo engendro tan a menudo no se sabe de donde 



[178 j 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



viene, los desconocidos beneméritos son tal vez más 
que los olvidados. 

Si el arte para todos los organismos es el mejor 
medio de satisfacer sus necesidades y sus aspiracio- 
nes, si las tienen, ¿por que no ha de ser así para el 
hombre, organismo superior? ¿Por qué no ha de 
tener precedencia en la obra humana el arte que más 
eleva y dignifica al hombre y a la especie > , Puede 
haber algo de mas claro que el arte "humano" mejor 
es el que sirve más eficazmente al hombre? t Y hay 
algo más evidente, acaso, que lo que conduce mejor 
y con más segundad al artista, es el conocimiento? 

Para nosotros, no hay obras superiores a las que 
se producen en las vías científicas, y en el sentido 
de esparcir el conocimiento por la divulgación. La 
obta de arte, en su acepción más elevada, es un paso 
victorioso sobre lo desconocido; es un nuevo recurso 
que puede utilizarse para satisfacer la necesidad de 
mejorar, que es ingénita en los organismos, y que es 
orgánica en el hombre; en otras palabras, la obra 
más estimable es la más beneficiosa, y como nada 
es más beneficioso ni prolífico en bienes que el co- 
nocimiento y la diseminación del conocimiento, la 
obra de arte superior es, naturalmente, la que se 
realiza en esas vías, listo, por lo demás, esta sen- 
cilla verdad casi perogrullesca, está en todas las con- 
ciencias, impresa por la acción orgánica secular. 
Apenas se nos pide opinión acerca de una obra 
cualquiera, vienen a los labios estas preguntas — - 
,Que nos dice de nuevo?, o bien, ¿qué nuevo ser- 
vicio nos presta^ Esto es instintivo. Sin embargo, el 
espejismo del 'más allá" — también instintivo — 
ha hecho pensar que puede haber algo superior y 
mas estimable para el hombre que la realidad, y de 



PEDRO FIGARI 



ahí, de esa ilusión ha podido nacer el contrasentido 
de apreciar en más lo que sirve menos. 

La falta de precisión en las palabras denuncia 
confusión en las ideas, esa arbitrariedad flagrante que 
se advierte en todas las disquisiciones sobre tópicos 
artísticos. Las sugestiones tradicionales y las divaga- 
ciones pragmatistas metafísicas, — que son su con- 
secuencia — , han mantenido ese miraje, como un 
prejuicio tenaz, a través de los siglos. Convengamos 
en que los cerebros no siempre se abren a la evi- 
dencia con la espontaneidad con que se abren las 
flores al sol 



III. LA ENSEÑANZA 

Los efectos de tanto error como hay en todo lo 
que se refiere al arte, se hacen sentir especialmente 
en la enseñanza Casi siempre se la encara del punto 
de vista técnico, en la falsa inteligencia de que la 
técnica y el arte se confunden. 

Los que creen haber descubierto las mejores for- 
mas de acción artística de un modo definitivo, están 
en una condición análoga a la de aquellos que juz- 
gan del planeta por el pequeño rincón en que viven. 
Pensar que se conocen las mejores reglas de pro- 
ducción, cuando éstas de continuo evolucionan, es 
prescindir de un hecho tan evidente como es la in- 
cesante renovación que se opera en todas las ramas 
de la actividad. 

Los espíritus formalistas, sin embargo, siempre 
tratan de ceñir la técnica a un cartabón uniforme, 
que, a su juicio, es inmejorable. Fuera de que esta 
enervante ilusión no se tiene en pie, por cuanto 



[ 180 j 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



basta un nuevo factor para que todo se conmueva 
y deba reformarse; fuera de que es más exacto y sa- 
ludable pensar, al contrario, que siempre puede 
haber recursos más adecuados y eficaces que em- 
plear, esta idea resulta particularmente perniciosa en 
la enseñanza, porque limita la libertad del esfuerzo, 
hace tabla rasa de la personalidad y, al intentar la 
consagración definitiva de los medios de acción co- 
nocidos, atenta a la ley del progreso. 

No hay ni puede haber una fórmula artística o 
técnica inquebrantable, porque nadie sabe qué nue- 
vos elementos y agentes podrán acrecer el dominio 
humano. Sería interminable enumerar las trasmu- 
taciones operadas en las formas de la actividad ar- 
tística. Toda conquista, por lo común, señala una 
nueva etapa en la evolución. Cualquier novedad 
hace que se trastornen los formularios de la técnica 
rutinaria, más o menos hondamente; pero el error 
se basa, casi siempre, en la suposición de que cada 
conquista es la última 

El prurito conservador induce a la reglamenta- 
ción, a la mecanización del esfuerzo, porque no 
toma en cuenta la evolución, por un lado, y, por el 
otro, no advierte que en la realidad, como en las 
clínicas, hay más bien "casos", es decir, antes enfer- 
mos que enfermedades, y que no hay, pues, necesi- 
dades ni aspiraciones constantes y uniformes, sino, 
al contrario, cambiantes, particulares, por lo cual lo 
más juicioso es considerar que no hay dos soluciones 
igualmente oportunas en cada caso. Esto es lo que 
mejor caracteriza el verdadero concepto del arte. 

La técnica consagrada es al arte lo que la escuela 
es a la vida, vale decir, un aprendizaje inicial, una 
preparación a completarse, porque siempre es in- 



[181] 



PEDRO FIGARI 



completa No obstante ser tan clara esta verdad» Jos 
centros de enseñanza vierten sus fórmulas como in- 
superables, cultivan la erudición más que el razona- 
miento» descuidando las facultades superiores del 
alumno, si acaso no se condenan como una rebelión. 
Lo que se llama enseñanza, se reduce casi siempre 
a preconizar los recursos de acción más conocidos, 
y aun las propias formas pretéritas, con un espíritu 
admirativo antes que analítico, reaccionario más bien 
que conservador. Todavía en los centros de enseñan- 
za se hace la apología de lo viejo antes que su crí- 
tica, y de este modo es que tanto cuesta reconocer 
la excelencia de lo nuevo Puede decirse que se da 
a los alumnos una colección de "instrumentos*', en 
vez de ideas y orientaciones para que puedan des- 
arrollar y utilizar su individualidad lo más posible, 
y es así que tan a menudo se confunde la "herra- 
mienta" para actuar, con la acción misma. 

Aun admitiendo que los medios técnicos no hu- 
bieran podido evolucionar desde que florecieron las 
artes de la antigüedad, — lo cual es inexacto, por 
Jo demás — , aun así serían inadecuados para nues- 
tros días en la forma en que entonces se aplicaron, 
desde que no es posible desconocer que ha cambiado 
el concepto general de la existencia, que otras son 
Jas necesidades y aspiraciones humanas, y que tam- 
bién, a la inversa de lo que intenta el conservausmo 
académico, debe siempre optarse por el concepto y 
no por la habilidad técnica, puesto que aquél es 
más esencial y estimable. En vez de desequilibrar,' 
pues, al alumno por una hipermagmficación del 
pasado, como ideal inmejorable de producción, de- 
bería inculcársele un espíritu de independencia, de 
observación, de investigación libre, de inventiva, que 



L 182] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



lo habilite, si no para acrecentar, para asimilar, por 
lo menos, las conquistas de lo porvenir, Lo antiguo 
debe servirle de documentación, mas no de punto de 
mira para encaminar su esfuerzo. 

Si el arte es un medio de acción y la técnica un 
elemento complementario del arte, nuestro esfuerzo 
debe tender a procurar lo que se anhela por el re- 
curso más directo y eficaz, y no en el sentido de lo 
que se ha hecho hasta entonces. De la relación de 
la armonía y proporción entre el medio empleado 
y el fin propuesto» dependerá el mérito, la juste- 
dad 1 de la obra Fuera de ese equilibrio, se entra 
en lo arbitrario, que no puede fundar un criterio 
positivo y razonado, como es el que impera en de- 
finitiva, y debe imperar, en la acción artística. 

Si se observa lo que ocurre, se verá que siempre 
se repite este fenómeno- el innovador aporta nue- 
vas orientaciones y recursos; todos los elementos ac- 
tivos se dan a aprovecharlos, deduciendo las con- 
secuencias posibles, y el espíritu conservador formula 
sus pautas, en la inteligencia de que ya se ha dado 



l Empleamos este vocablo anticuado de la lengua, como 
el más equivalente, a nuestro entender, de la locución fran- 
cesa "justesse", esto es, la calidad de lo que es apropiado, 
adaptado, exacto, tal como debe ser, etc , y dado que ya he- 
mos debido y deberemos emplear aún, en adelante, algunos 
americanismos, galicismos, anglicismos v neologismos, quere- 
mos, una vez por todas, dejar constancia de que, preocupados 
pnncipalmenre de precisar nuestras ideas de la mejor manera 
que nos sea posible, más que de la pureza del lenguaje, usa- 
mos de él como de un recurso por completo subordinado a 
las exigencias del pensamiento, y en la persuasión de que todo 
lector a quien pueda interesar este libro, comprenderá fácil- 
mente el significado de esas palabras Sólo nos detendremos, 
pues, a fijar el sentido de ciertos neologismos, si fuera ne- 
cesario. 



[183] 



PEDRO FIGARI 



el último paso de avance. Este proceso es constante 
y, sm embargo, a pesar de ese aleccionamien to, hay 
una tendencia, bastante acentuada aún, a desconocer 
la ley invariable de evolución, cuando no se mani- 
fiestan aspiraciones regresivas. 

En las escuelas de arte, como en todas las demás, 
debería» pues, según comienza a hacerse, preocupar 
muy principalmente la idiosincracia del alumno, 
para mantener en él un espíritu optimista, creador, 
más bien que someter a todos a iguales disciplinas, 
que desvían a los más de su mejor senda. De ese 
modo se operaría ía selección de aptitudes en una 
forma racional y provechosa, multiplicando la va- 
riedad de los recursos de acción, en vez de unifor- 
marla conventualmente. Sería saludable hacer pro- 
paganda, en las filas escolares, en el sentido de que 
comprenda cada cual, por un lado, que por todos los 
medios raaonales, y en todas las vías, hay siempre 
la posibilidad de mejorar lo existente, y, por el otro, 
que nadie ha de dar mas de lo que puede > y que ese 
máximum en cantidad y calidad lo obtendrá cada 
uno solamente dentro de las inclinaciones y peculia- 
ridades de su propia individualidad, y nunca fuera 
de ajií. Las escuelas, por lo general, hacen confiar 
demasiado en el recurso técnico y en la eficacia del 
enseñamiento, como si ello bastara para formar ai 
productor óptimo, no ya para hacerle producir lo 
más posible Los alumnos, así mistificados, van a la 
caza del diploma antes que a procurarse los cono- 
cimientos de que han menester para dar amplio 
campo a sus aptitudes personales. 

Es tan cierto que predomina la ambición del di- 
ploma, que en nuestras propias universidades oficia- 
les, hasta hace poco, por lo menos, se ha considerado 



[184] 



ARTE, ESTÉTICA» IDEAL 



una adversidad el que sean demasiado frecuentadas, 
lo cual sería un colmo de absurdos si la enseñanza 
tendiera al conocimiento, es decir, a dar una prepa- 
ración racional. Si fueran lo que deben ser, centros 
destinados a suministrar la información, el conoci- 
miento, la documentación requerida para que el 
alumno pueda hacerse un productor competente y 
concienzudo, entonces se miraría como una promesa 
auspiciosa el que fueran muy frecuentados tales 
centros. Simples almácigas de proletarios profesio- 
nales, en cambio, se comprende que su frecuenta- 
ción se la considere una amenaza 

No basta que el alumno escoja una carrera más 
o menos cómoda y halagadora, ni que se aplique a 
ella, para que pueda descontar sus triunfos futuros: 
es preciso también que se compulsen debidamente 
sus condiciones, para determinar la dirección en la 
cual será más espontáneo y proficuo su esfuerzo. 
Aun cuando alguna profesión goce de mayor pres- 
tigio, tal cosa no debe ser decisiva para señalar la 
vía a seguirse, dado que la vía mejor será siempre 
aquella en la cual la personalidad sea de por sí una 
ventaja más bien que un inconveniente; pero con 
la falsa idea de que el estudio lo vence todo, se 
piensa que la elección de carrera es una cuestión 
baladí. Al contrario, desde que comienza la instruc- 
ción más elemental, debe preocupar el examen de 
la individualidad del alumno, a fin de que mediante 
una preparación adecuada, pueda resultar idóneo 
para producir lo más y lo mejor de que es capaz En 
las escuelas industriales, especialmente, debería pro- 
curarse con esmero la más acertada selección d¿ ap- 
titudes, encaminando la acción del alumno desde los 
tanteos iniciales, y dentro de la mayor libertad po- 



[185] 



PEDRO FIGARI 



sible, a fin de encau2arlo hacia sus vías naturales, 
dentro de sus inclinaciones más espontáneas, resuel- 
tamente, en vez de exigirle el sacrificio de su per- 
sonalidad, o de seducirlo con los halagos de una 
senda que no es la suya, en la que por fuerza habrá 
de malograrse. El que hace lo quu le es permitido 
hacer dentro de sus aptitudes naturales, concurre de 
la mejor manera posible a los fines sociales y a los 
propios, — a la vez que aprovecha más de sus ener- 
gías — , en tanto que aquel que sale de esa vía nor- 
mal, desnaturaliza su esfuerzo, y, al perjudicarse, 
perjudica a la comunidad social. 

Cargar con un diploma y un bagaje técnico inade- 
cuado a la personalidad del alumno, es preparar 
fracasados que, aturdidos por el brillo de estos enga- 
ñosos caudales, naufragan en la acción y se dan 
aires de víctimas, cuando no de genios no compren- 
didos. Es difícil que caigan en la cuenta de que han 
errado su camino, y aun así, casi siempre es tarde 
para rectificarlo convenientemente. 

En cualquier orden de producción, no basta, pues, 
la armazón técnica: es preciso, además, una con- 
ciencia directriz, para que haya sinceridad, esto es, 
probidad De otro modo tan sólo se exhibe una 
exterioridad, la que, por atildada que sea, no com- 
pensa las condiciones intrínsecas más estimables de 
la producción. Esos hombres pertrechados de cono- 
cimientos y habilidades técnicas que no se avienen 
a la índole de su individualidad, quedan así defini- 
tivamente desviados e incompletos. Recuerdan a 
esas aves de hermoso plumaje, tanto más vistoso, 
por lo común, cuanto menos expresivo es su canto. 



[186] 



Arte, estética, ideal 



L-A CRÍTICA 



1. NATURALEZA Y FUNCIÓN DE LA CRÍTICA 

Si eí arte es una forma "deliberada 1 de acción, 
presupone necesariamente la intervención del elemen- 
to crítico, porque el está siempre implícito en toda 
deliberación, es la Jeltbaaaón misma. 

Así como la técnica integra el esfuerzo artístico 
— indivisible, por lo demás — como elemento ob- 
jetivo indispensable para exteriorizarlo, la crítica 
íntegra el arbitrio generador del esfuerzo, como 
complemento subjetivo, y no porque esta función 
se desempeñe a veces por terceros, accidental o per- 
manentemente, deja de ser idéntica en su esencia a 
la autocrítica que acompaña a todo razonamiento, 
a toda manifestación consciente de la inteligencia. 

Si consideramos este elemento en su instante 
inicial y en su faz mas simple, veremos todavía más 
claramente que es imposible disociarlo del razona- 
miento, de la deliberación. Al decidir un acto no 
mecanizado por el hábito, hemos juzgado ya de sus 
consecuencias, por medio de un concurso crítico. El 
labrador, v. gr„ cuando resuelve hacer un plantío, 
ha considerado las circunstancias que a él se refieren, 



[18 7 1 



PEDRO flGARl 



el pro y el contra, y sólo cuando, según su razona- 
miento, todas o las más de las probabilidades se in- 
clinan hacia lo primero, es que se determina. Hasta 
en actos más simples aún, puede verse lo mismo. Si 
tomáramos la vida humana en sus aspectos incipien- 
tes, en la tribu, por ejemplo, o en el propio clan, 
se podría advertir otro tanto. Supóngase que allí 
donde cada cual procura los utensilios y armas usua- 
les de que ha menester, alguno de entre ellos pro- 
pone la adopción de otros materiales que los ordi- 
narios, un cambio de ubicación o un ataque a la 
tribu vecina: de inmediato se determina la crítica. 
Los más expertos exponen las ventajas o inconve- 
nientes que a su juicio ofrece el cambio propuesto, 
y el mismo innovador, que al aconsejar el nuevo ar- 
bitrio ya había integrado su deliberación con ele- 
mentos críticos, redarguye, o se rinde a las nuevas 
razones que se aducen. 

Pero, en otros actos, más simples aún, también 
puede verse la necesidad del elemento crítico. El 
caballo o el perro que se aprestan para saltar una 
zanja, movidos por su instinto, —que puede defi- 
nirse como la conciencia de la especie — , antes de 
saltar comparan su medios de acción, la elasticidad 
de sus músculos y su vigor con la distancia a sal- 
varse; el león, que se asocia para procurar su ali- 
mento, ha debido advertir la mayor eficacia de una 
acción conjunta, el ave, al ubicar su nido en un sitio 
poco frecuentado o difícil de frecuentar, cuando no 
inaccesible, ha debido apreciar las ventajas del es- 
condrijo para la prole. Todo esto presupone, en 
principio, una intervención critica. 

Donde haya una manifestación de inteligencia, 
pues, hay crítica necesariamente, y ésta es insepa- 



[188] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



rabie de aquélla, lo mismo que se trate de la más 
incipiente como de la más conceptuosa. 

Si no se requiere una previa intervención crítica 
en las formas mecanizadas por la rutina, es porque 
ella ha actuado ya, a su respecto; y si se resiste tanto 
la revisión de una costumbre, es porque para ello se 
requiere una nueva deliberación, un esfuerzo que 
contraría en medio de la displicencia ordinaria que 
caracteriza a todo organismo y a la misma masa hu- 
mana. 

El origen de la función crítica hay que buscarlo, 
entonces, en el propio instinto vital, que fundamenta 
la actividad orgánica. Si bien es más fácil verlo así 
en las formas inferiores, simples, no deja de subsistir 
en todas las demás formas activas, inclusas las más 
complejas de la vida civilizada. Lo que nos confunde 
y no nos deja ver a ese soberano regulador de la ac- 
tividad, es nuestra mentalidad artificiosa, labrada por 
las leyendas maravillosas, por un lado, y por el otro, 
nuestra mayor complejidad, que nos ha hecho evo- 
lucionar más; pero no por eso puede negarse que el 
punto de mira fijo es el hombre, en todas las formas 
de la actividad humana, y que, aun en el ejemplar 
más evolucionado, persiste el instinto capital orgá- 
nico, que hace amar la vida por la vida misma, así 
como que la deliberación trata de ajustarse a sus 
mandatos, a sus conveniencias. 

Por un extravío en las ideas, se ha llegado hasta 
a dudar de la utilidad de la crítica, como si fuera 
un elemento no esencial en cualquier forma delibe- 
rada de acción, sin pensar que apenas se le pudiera 
excluir, se sentirían las consecuencias deplorables que 
subsiguen a toda aberración. Felizmente, no deben 
alarmarnos las protestas despectivas contra este 



[189] 



PEDRO FIGAR1 



precioso elemento, mientras haya un adarme de in- 
teligencia en el celebro, y la crítica siempre nos 
acompañará, pues, en todos los planos de la acción 
consciente; mas aún. cada vez se perfilará más y 
más eficazmente, a medida que avancemos en la 
evolución, y tanto más solícita así que se acuse una 
conciencia superior, es decir, más informada. 

Es verdad que a esta función integrante de todo 
esfuerzo deliberado, artístico, se la ha considerado 
como destinada a prestar servicios tan solo en lo que 
atañe a las manifestaciones artísticas que caen bajo 
la denominación de "bellas artes", y solo en esa 
parte, por un vicio de dirección, es que se desempe- 
ña profesionalmente, diremos; mas no por ese des- 
vio accidental y artificioso de la actividad inspirada 
en la tradición (decimos accidental, si bien es secu- 
lar, porque lo consideramos del punto de vista de 
las líneas más amplias y generales de la evolución ) 
habrá de desconocerse que actúa asimismo de una 
u otra manera en todas las demás formas artísticas, 
sin excluir ninguna, ni la industria, ni la política, 
ni el comercio, ni la náutica, ni nada; y donde más 
claramente puede verse esto, es en la investigación 
científica o en las aplicaciones de la ciencia, todo lo 
cual no se concebiría sin ese concurso esencial Por 
otra parte, es fácil inducir que habrá cada día mayor 
número de lectores interesados en el desarrollo de 
las formas científicas, que es tan favorable a los 
fines del hombre y de la especie, y con ello se verá 
costeada también la crítica profesional científica, 
como lo está hoy la que se refiere a las artes sun- 
tuosas. Y esto mismo empieza a verse ya. 

Según el concepto consagrado por la costumbre, 
la crítica tiene por misión apreciar los méritos y de- 



ARTE, ESTÉTICA, 1DEÁL 



fectos de las obras artísticas y literarias, entendién- 
dose por artísticas las que son "bellas 0 , según la 
creencia tradicional. Ésta es la acepción léxica del 
arte y de la crítica. Por lo demás, se han expuesto 
los juicios más contradictorios acerca de este ele- 
mento, entre otros, el de suponer que su papel es 
resistir a toda innovación, desnaturalizando así su 
función complementaria del esfuerzo, y presentán- 
dola como su rival, su adversaria, cuando es, al con- 
trario, su auxiliar, ya sea que se la considere pro- 
fesional, es decir, ejercida por terceros, o no. En 
cualquier caso, no tiene otra función natural que la 
de la autocrítica. Es cierto que más de una vez la 
crítica profesional, inconsciente de su misión, se ha 
excedido, faltando a sus deberes primordiales, pero 
esto no debe imputarse a la crítica, sino a los críticos. 

Negar la utilidad de la crítica, es negar la utilidad 
de la inteligencia. Una y otra dejarán de actuar tan 
solo cuando cese el esfuerzo, y es asi que la inteli- 
gencia, y la crítica, que es una de sus modalidades, 
sólo dejan de ejercitarse cuando se ha concretado una 
verdad, — respecto de esa verdad — , persistiendo en 
todo lo demás, incluidas sus propias aplicaciones. 
El esfuerzo investigatorio termina donde se ha ope- 
rado una conquista, la crítica termina donde termina 
el esfuerzo deliberado 



II LA MISIÓN CRÍTICA 

Antes de haberse fijado cuál es la naturaleza del 
arte, es imposible determinar la verdadera función 
de la crítica, no ya su misión positiva. De ahí el 
desacuerdo reinante acerca de este punto, En medio 



L191] 



PEDRO FIGARI 



de ese desacuerdo, no obstante, la opinión más acre- 
ditada es que la crítica debe costearse principalmente 
con un gran bagaje de erudición, antes que con los 
recursos de lo que llamamos "buen sentido", o sea 
estricta racionalidad Dice Taine que la obra de arte 
debe ser encarada del punto de vista de las peculiari- 
dades del ambiente que la engendró, o sea del de la 
mentalidad dominante a la sasón, de las costumbres, 
etc Naturalmente, sólo así es que puede ser com- 
prendida; pero esto no obsta a que la crítica, pueda 
y deba también encararse de un punto de vista más 
positivo y más amplio. 

Del modo que la considera este filósofo, no bas- 
taría la critica para apreciar la obra, por ejemplo, 
del punto de vista más general del influjo que tuvo 
tal o cual tendencia en la evolución, para los fines 
' sociales y los de la especie, con ser los que ofrecen 
un mis alto interés. Tal forma crítica de simple 
erudición, reduce su cometido Para nosotros tiene 
precisamente una misión mucho más fundamental 
que llenar. 

Si el arte es el mejor medio de que disponemos 
para atender a la satisfacción de nuestras necesidades 
y aspiraciones, la crítica, como elemento integrante 
y complementario del arte, debe acompañar al es- 
fuerzo en esa ría. Una de las funciones primordiales 
que incumben a la crítica, es la de estimular la se- 
lección de propósitos en la acción, de modo que el 
esfuerzo se dirija dando precedencia, por lo menos, 
a las necesidades más imperativas y a las aspiracio- 
nes más positivas, antes que a las demás. Esto im- 
plica el propender a la rectificación de los errores y 
desvíos en que nos ha colocado la tradición, tra- 
tando de renovar racionalmente las formas ordina- 



L192j 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



rías de la actividad, de manera que concurran lo 
más eficazmente a nuestro mepramiento> fin irredu- 
cible de toda organización consciente. 

Si el fin primordial del arte es adaptar lo más 
posible el organismo a la realidad, que es su am- 
biente natural e insustituible y, por lo mismo, el 
que le ha de deparar mayor suma de bienes, la crí- 
tica debe encaminar el esfuerzo en esa dirección. 
De otro modo, será una función suntuosa, de pura 
ostentación técnico-eruditiva, y muy poco o nada 
eficaz. 

Es preciso constatar este hecho* las aspiraciones 
humanas son inextinguibles. Más se obtiene, más se 
aspira. Los hechos inconmovibles, como éste, siem- 
pre son respetables, porque representan el cumpli- 
miento de una ley ineluctable A medida que se 
evoluciona, las aspiraciones se transforman, como 
el horizonte a medida que se avanza. ¿Cómo po- 
dríamos, pues, permanecer impasibles ante las exi- 
gencias nuevas ? 

Nosotros somos el metantropo respecto del hom- 
bre de las cavernas, que hemos dejado tan atrás. De 
edad en edad, de época en época, de centuria en 
centuria, el hombre ha realizado progresos más o 
menos sensibles, pero siempre sensibles, ¿Qué ra- 
zones podrían aducirse, pues, para negar que la ac- 
tividad tiende naturalmente a mejorar la condición 
humana y a fundamentar la suerte de las genera- 
ciones subsiguientes? Si bien todavía hay pueblos 
que han quedado inmovilizados, petrificados, podría 
decirse, con respecto a los más reformados por la 
civilización, este hecho no contradice la conclusión 
antedicha. Y esa misma inmovilidad es más aparente 
que real. Acaso la consideramos así a causa de una 



[ 193] 



PEDRO FIGARI 



ilusión semejante a la que experimentan los que 
avanzan con respecto a ios que marchan menos a 
prisa, y aun cuando fuera completo el estanca- 
miento, no sería definitivo, ni puede reputarse tam- 
poco como una negación de la evolutividad humana. 
Tomando a la humanidad en sus lincamientos ge- 
nerales, siempre puede verse que el progreso es su 
ley fundamental. A pesar de todos los diques y tra- 
bas que la tradición ha pretendido oponerle, el 
hombre avanza incesantemente, y lo hace cada vez 
con mayor conciencia de que es ésa su vía mejor, 
y vemos así que sus guías mentales, siempre que 
preconizaron el estancamiento como lo mejor, por 
más acreditados que estuviesen, fueron desoídos hasta 
por sus propios prosélitos, debido a que la ley na- 
tural impera a pesar de todo y por encima de todo. 

Desde la más remota antigüedad, sin poseer docu- 
mentaciones que permitieran fundar una sola sín- 
tesis racional, nuestros antepasados se han aventu- 
rado a todas las hipótesis, a todas las afirmaciones, 
suponiéndose adueñados de la verdad integral, y 
como la creencia es tanto más fácil cuanto mayor 
es la ignorancia y la supersticiosidad, así como 
cuanto más extraordinaria es la afirmación, cada 
conductor de almas ha encontrado adeptos a granel. 
Incitado como está el hombre por la impaciencia de 
explicárselo todo de una vez, espoleado por su ins- 
tinto, ha ido construyendo el misterio en vez de ex- 
plicarlo, con igual fruición, diríase, con que se tejen 
tramas novelescas, para tomarse el trabajo de des- 
tejerlas. En esta obra está empeñada la humanidad 
hace ya tiempo. Por eso es que el progreso siempre 
supone una rectificación de los errores tradicionales. 

La función crítica, como que consiste fundamen- 



[194] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



talmente en ajustar el esfuerzo a la necesidad y en 
ajustar la necesidad a las exigencias de adaptación 
del organismo al mundo exterior, — que, al fin, ni 
es exterior, desde que contiene al organismo — , va 
llenando su misión a despecho de todas las metafí- 
sicas, invariablemente. 

Se comprende que no es fácil ni breve la tarea. Se 
requiere un esfuerzo formidable para independizar- 
nos de tantos prejuicios acumulados por la tradición, 
con los cuales nos sentimos compenetrados, identifi- 
cados; pero con una tenacidad inquebrantable va 
operándose tal esfuerzo, y merced a él es que pro- 
gresamos indefectiblemente. Si es tenaz el prejuicio, 
no lo es menos el empeño rectificador. 

Ésta es, a nuestro juicio, la misión fundamental de 
la crítica, o sea la de la inteligencia; en cuanto a las 
mejores orientaciones que debe tomar para realizar 
más eficazmente esa acción, ya hemos avanzado algo 
en uno de los capítulos anteriores, y más detenida- 
mente expondremos nuestro modo de pensar, en la 
tercera parte de este libro. 



III. OBSTÁCULOS QUE ENCUENTRA LA 
ACCIÓN CRÍTICA 

Si consideramos que todas las conquistas alcanza- 
das se deben al renovamiento de las formas de acción, 
sólo a su renovamiento, y nunca al esfuerzo conser- 
vatista, se verá más claramente que nuestra propia 
estructura nos compele al progreso, de igual modo 
que nuestro interés. No es por un azar, pues, que el 
hombre procura constantemente bienes mayores, no 
obstante las resistencias que a ello se opongan: es 



r 195] 



PEDRO FIGARI 



porque está regido por su propia complexión, como 
los cuerpos por la ley de gravedad. 

La mayor resistencia que se encuentra para avan- 
zar, es la que oponen los ilusos que piensan haber 
hallado la clave del arcano total, y los que, por una 
u otra razón, creen haber llegado ya a la meta defini- 
tiva inmejorable, sin contar con que, en el orden de 
actividades racionales, lo que es una meta a alcan- 
zarse para el más avanzado "modernista" actual, se- 
rá una meta conquistada para el hombre de mañana, 
quien, a su vez, irá buscando otras conquistas en cam- 
pos que no conocemos ni vislumbramos siquiera, y así 
incesantemente. 

Esa accjón bienhechora que realiza el espíritu de 
reforma y rectificación, se halla obstaculizada por un 
desmedido culto al pasado. 

Hay dos tendencias fundamentales en el espíritu 
humano la defensiva-pesimista y la combativa-opti- 
mista, que, acaso, corresponden a diferenciaciones 
operadas en la evolución. Si no son estructurales, son 
debidas a una diversa dirección o a un diverso grado 
evolutivo de la cerebralidad Los primeros se mani- 
fiestan apegados a lo existente, como insuperable, — 
cuando no nostálgicos del pasado — , y los otros se 
hallan más o menos estimulados por un afán de re- 
forma y de avance. 

Fuera de los matices que caben en la generalidad 
de esta división, podría denominarse a los del primer 
grupo avoluttvos o mvoluttvos, y a los del segundo, 
evolutivos. En el primero forman los que piensan 
que no pueden obtenerse más bienes y conquistas que 
los alcanzados en cada actualidad, — no porque no 
lo deseen, naturalmente — , y los que lamentan no 
poder reconstruir el pasado; en el segundo grupo, los 



[196] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



esperanzados en que un avance prudente, razonado, 
puede ser benéfico, así como los que están aguijonea- 
dos por un impaciente anhelo de avance, a cualquier 
precio. Estos grupos podrían subdividirse así: el pri- 
mero, en conservadores y reaccionarios, y el segundo, 
en ponderados y radicales o avancistas. 

Los avolutivos querrían cristalizar la actualidad en 
que viven, como la mejor, en tanto que los involuti- 
vos, prendados de los relatos tradicionales, querrían 
determinar una retroevolución, una evolución inver- 
tida. Unos y otros, misoneístas, usan de la crítica a 
manera de oposición sistemática. 

Los ponderados no dejan de confiar en el avance, 
si bien, conscientes de que los intereses creados por 
la costumbre pueden, en su esfuerzo de resistencia, 
malograr o neutralizar los beneficios del avance in- 
consulto, usan de la crítica como de un regulador, 
sin dejar de ver la necesidad de tender resueltamente 
al mejoramiento; y los ultra-avancistas, en cambio, 
desdeñan el análisis crítico, en la inteligencia de que 
cualquier reforma, por irreflexiva que sea, mejorará 
lo existente. Es claro que no hay una línea precisa de 
separación entre ninguno de los grupos, y que el pon- 
derado, a fuerza de ser tímido, puede desempeñar la 
acción conservatista, por lo que es preciso contar con 
alguna dosis de radicalismo avancista, para sustraerse 
a la presión de las resistencias conservadoras; pero 
de ese esfuerzo total, en donde las fuerzas reacciona- 
rias y aun las propias conservatistas desempeñan el 
papel de rémoras, — acaso por esto mismo estimulan- 
te para los combativos — , surge el progreso. Resul- 
taría, en verdad, inexcusable que teniendo facultades 
para avanzar, renunciáramos a ese privilegio, perma- 



[197] 



PEDRO FÍGARI 



naciendo estacionarios como parecen estarlo las espe- 
cies inferiores. Sería tener alas y no volar. 

Se comprende que el espíritu de avance requiere, 
más que nada, el contralor crítico. Así como el in- 
novador propone cambios más o menos audaces, el 
hombre criterioso debe examinar las proyecciones de 
Ja empresa, para medir sus consecuencias, sus ven- 
tajas y desventajas, mas no por cierto para determi- 
nar una oposición a lo nuevo, sólo por nuevo. Si 
bien es imposible predecir todas las proyecciones de 
una reforma, ni aquilatar todas sus consecuencias de 
antemano, no por eso habrá de resistirse al anhelo 
de avanzar, — como fuera necesario si se quisiera 
preestablecer todo eso prolijamente antes de intentar 
cualquier ensayo — , porque tal cosa implicaría re- 
sistir la evolución y negar sus beneficios en el ins- 
tante mismo en que hay pruebas inequívocas res- 
pecto de que el hombre ha mejorado su condición, 
lo cual supone un reconocimiento virtual de su ap- 
titud para lograrlo. ¿Por qué no confiar, pues, en 
que también habrá de cumplirse esa misma ley en 
adelante? 

Dentro de lo viejo, todavía no se ha operado el 
completo bienestar humano, ni se han colmado las 
aspiraciones que agitan al hombre; dentro de la ac- 
tualidad, sí bien hemos avanzado, pueden compro- 
barse deficiencias y aun iniquidades. ¿Por qué no 
esperar que una serie de reformas razonadas miti- 
guen, por lo menos, los graves inconvenientes que 
palpamos? 

Hay que convenir en que es un misérrimo anhelo 
el de conservar lo existente, tal cual está, sobre todo 
cuando se formula por aquellos que han conquistado 



[198] 



ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



posiciones envidiables debido a causas que, a menu- 
do, ni son siquiera todas meritorias. 

Si no hubieran de esperarse mayores bienes que 
los alcanzados, podría rechazarse juiciosamente todo 
conato innovador. Entonces sí que sería fácil la crí- 
tica, según decía Destouches, y, por lo demás, no 
sería menos fácil el arte; pero como todo nos impele 
a avanzar, es preciso tomar las mejores vías, a fin 
de que no se malogre el caudal de energías aplica- 
das a ese propósito, y ahí comienza la dificultad. 

Ningún prejuicio es definitivo, y si pudo ser útil 
alguna vez, no puede serlo definitivamente. 

En todos los órdenes del pensamiento, todas las 
discusiones giran, puede decirse, alrededor de la 
mejor orientación a adoptarse: si la consagrada por 
la costumbre o la más racional que fundamentan 
las conquistas científicas En ese enorme palenque, 
donde se despliegan las tendencias que caben entre 
la resistencia sistemática reaccionaria, y el incon- 
sulto, a veces inconsulto empuje avancista radical, 
es que se debate el gran pleito de la humanidad per- 
petuamente. Allí se escalonan todas las iniciativas y 
todas las resistencias; pero puede verse, por un lado, 
que el prejuicio conservador-reaccionario y el anhelo 
innovador-avancista siguen una línea de evolución 
diametralmente contraria: la primera es tanto más 
prepotente a medida que se retrocede en los tiempos, 
y la otra es tanto más vigorosa así que nos acercamos 
a la actualidad. ¡Cómo no confiar en el proceso de 
mejoramiento, si cada día son más estimables y be- 
néficas las conquistas alcanzadas, y menos eficaces 
las resistencias retardatarias! 

A medida que se informa la conciencia, va per- 



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PEDRO FIGARI 



diendo terreno el terco propósito, tan terco como 
poco generoso, de mantener en pie una organización 
tan viciosa como es la tradicional — aun cuando 
esto no parezca así a los favorecidos — y va ga- 
nando terreno el espíritu liberal Es tan ascendente 
en nuestros días el liberalismo, que las mismas aspi- 
raciones que se exhiben hoy como legítimas, habrían 
escandalizado pocas décadas ha, por atentatorias y 
disolventes. La propia estólida oposición sistemática 
de antaño, que se esgrimía con cualquier motivo y 
de cualquier manera, ya se ha humanizado en la 
evolución, siguiendo su ritmo infranqueable, por lo 
cual podemos esperar que la función crítica, al evo- 
lucionar, tienda a ser, como debe ser, un aliado del 
esfuerzo, en vez de un adversario, influyendo de 
modo que toda obra sea lo más razonada, es decir, 
lo más adecuada a los fines naturales del hombre, 
de la especie. 

Para ver mejor lo arbitrario de la resistencia al 
progreso, bastaría recordar las batallas que debieron 
librarse para consumar los avances cuyos beneficios 
disfrutamos. Bastaría recordar lo que eran los haci- 
namientos humanos, sin dignidad, ni instrucción, ni 
conciencia, ni derecho, ni honor, ni aire, ni luz, para 
descubrir la íntima naturaleza del espíritu reaccio- 
nario-conservador, el que todo lo confiaba a la ac- 
ción de los votos religiosos y a la de los arcabuces 
y cañones imperialistas, como factores inmejorables 
de civilización, cuando no a las más negras y crue- 
les torturas. Querríamos ver si los conservadores de 
hoy, reniegan de las conquistas de ayer. 

Todo cambio lesiona intereses; luego, determina 



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ARTE, ESTÉTICA, IDEAL 



resistencias conservatistas; pero es el cambio precisa- 
mente el que va dilatando el círculo de los "excep- 
tuados", y es así que muchos de los privilegiados 
de ahora pertenecen a las extracciones sociales en 
donde gemían los oprimidos de antes. De ese modo, 
es decir, con el "sacrificio" de los favorecidos, es 
que se ensancha el radio de los que gozan de los be- 
neficios sociales. Por eso es que el intento innovador 
semeja una agresión. Ante el espíritu egoísta del 
beneficiado, nada es más digno de respeto que los 
intereses consuetudinarios de que disfruta, intereses 
que se le antoja son indispensables para la paz so- 
cial, sin advertir que representan casi siempre una 
detentación a título precario, consagrada por la ru- 
tina más que por la naturaleza o por alguna razón 
positiva. El statu quo social reposa sobre una serie 
de convenciones, principalmente tradicionales y mu- 
chas veces artificiosas, que tratan de mantener los 
favorecidos y de conmover los desheredados con 
igual derecho, por lo menos, si no con mayor suma 
de razones. Si los reaccionarios y conservadores se 
aprestaran a ceder lo que ha de arrebatárseles, cesa- 
ría la violencia, como tiende a cesar en las cuestiones 
sociales modernas, iniciadas a base de violencia, al 
ofrecérseles un campo de debate razonado, en vez 
de una resistencia cerrada, como fue la que recibió 
los primeros mensajes de la aspiración al mejora- 
miento del obrero. 

Desde que el hombre es un ser sociable, no puede 
lógicamente adoptar un criterio moral individualista. 
Ese egoísmo salvaje que hace aspirar al propio bien 
con exclusión de otro cualquiera, tan infecundo y 



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PEDRO FIGARI 



aun contraproducente como es, evolucionará hacia 
las formas racionales que hacen compatible la con- 
vivencia social con las aspiraciones del individuo, 
definiendo mejor y más eficazmente que lo ha hecho 
el sentimentalismo tradicional, los derechos, obliga- 
ciones y deberes del hombre para con la sociedad y 
la propia especie. 



Fin del tomo I 




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